EDITORIAL

La dualidad de la política exterior

En un escenario global donde campea el terrorismo, los desastres ambientales y los horrores de las guerra con sus secuelas de muertos, heridos y desplazados, nuestro país pudo exhibir una posición firme y principista. El problema es que la dualidad del FA no lo deja.

Desde 1945 por iniciativa de Osvaldo Aranha, figura notable de la diplomacia brasileña, Brasil tiene a su cargo cada año la apertura de la Asamblea General de Naciones Unidas; solo con la limitación de que si el Presidente de los EE.UU. quiere dar su discurso, le corresponde inaugurar las sesiones.

Sucedió así en estos días. Donald Trump marcó la agenda al pronunciarse sobre problemas globales como los que provoca el demente presidente de Corea del Norte o el alcance del acuerdo con Irán y otros países en relación con las inspecciones en materia nuclear. Se refirió también a la situación de Venezuela y Cuba, pero más que dejar algo nuevo, en realidad lo que dijo no fue nada bueno.

Los temas son tan delicados que el presidente Trump antes de amenazar con destruir una nación y millones de sus habitantes debería negociar permanentemente con las potencias del bullente "caldero asiático" cuyas preocupaciones comparte.

Lo cierto es que Trump no contribuye con esas bravatas a preservar la paz mundial. Ello no significa que se descuide la gravedad de las conductas de otros gobernantes, atentados terroristas y conflictos que han instalado, por lo menos, una gran incertidumbre en la comunidad internacional.

Por tanto, lo primero que se espera del presidente Trump es que no utilice el podio de la Asamblea de la ONU para agredir a otros gobiernos en forma unilateral; un estilo que despierta más confrontaciones que coincidencias; acompañado de insultos y amenazas que no tienen otro efecto que dar a esos gobiernos a los que se dirige la excusa para rechazar toda intervención del imperio de Occidente y confundir al pueblo respecto de los verdaderos problemas que sufre.

Más preocupante es cuando al amenazar a Cuba y Venezuela ignora el esfuerzo y la presión que ejercen cada día más varios Estados y organizaciones en rechazo de la violación sistemática de los Derechos Humanos que se produce en esos regímenes caribeños. Negociaciones difíciles que podrían naufragar si el locuaz vecino del Norte insiste en mencionar una intervención directa inaceptable.

Trump no toma en cuenta la experiencia vivida con el bloqueo de los EE.UU. a Cuba contra el régimen de Fidel Castro. Este encontró el justificativo durante décadas para mantener una revolución destinada a fracasar mucho antes por lo inviable de su modelo marxista. Y que podría repetirse si el siniestro y caricaturesco Maduro, amparado en el discurso antiimperialista, termina con lo poco que queda de la economía venezolana y de los derechos de su gente.

A todo esto, nuestro gobierno que integra el Consejo de Seguridad seguramente volverá a recorrer el insulso camino de la dualidad. No sería posible otra definición en una Política Exterior donde coexisten dos posiciones inconciliables dentro del gobierno del Frente Amplio.

Es bueno recordar que en 1965 el gobierno del Partido Nacional designó al embajador Carlos María Velázquez para representar al Uruguay en el Consejo de Seguridad. De allí el principio de no intervención desde el sistema interamericano fue incorporado a las Naciones Unidas por decisión de la Asamblea ante la invasión por fuerzas de los EE.UU. a Santo Domingo sin respetar el Derecho Internacional. Una propuesta que contó con el debido respaldo político tanto interno como externo.

Cincuenta y dos años después el Uruguay ocupa esa misma posición en un escenario global acuciado por el terrorismo, impactos ambientales y los horrores de la guerra con millones de muertos, heridos y desplazados. Debió aprovechar esta oportunidad para lograr el consenso en temas de importancia global. Pero, ni la probada profesionalidad de nuestros representantes pudo suplir la ausencia de ideas capaces de encauzar resoluciones basadas en un activo principismo y en el realismo político.

La condena a la dictadura en Venezuela se evita, el apoyo al régimen cubano se viste como siempre de una indisimulable hipocresía, de tal modo que lo que puede y debe expresar el gobierno ante las declaraciones del presidente Trump no se verá ni serio ni consistente; agregado además a la actuación del Secretario General de la OEA Luis Almagro, hoy abanderado de una posición que no hubiera podido ni esbozar cuando era Canciller de José Mujica.

No es con buenas intenciones solo que un país elabora su política exterior. Después hay que llevarlas a la práctica y es donde Nin Novoa hace agua a borbotones. Está bien inspirado, pero la política exterior uruguaya, la que se aplica, es un desastre porque de esa inspiración nunca se usa nada.

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