EDITORIAL

La diplomacia presidencial

La defensa del interés nacional no puede mostrar grandes fracturas y menos quedar reducida a expresiones personales que en nada se identifican con la percepción que un Estado debe proyectar.

La Política Exterior de un Estado se alimenta de aspectos institucionales básicos, tanto los que se relacionan con el Ministerio competente como los que conforman la estrategia de una diplomacia presidencial. Ambos, al complementarse con la debida coordinación en planteos y posiciones que el país define, fortalecen la capacidad de su diálogo externo. En los últimos años el protagonismo teatral y desprolijo del expresidente Mujica sustituyó la imagen del Uruguay, por un despliegue de contradicciones y declaraciones que lo alejaron de la opinión de parte de su propia fuerza política, como del resto de los partidos políticos. El personaje sustituyó al Jefe de Estado y aquel se erigió en una referencia con aspectos anecdóticos que hicieron que el país como "nación" se devaluara para hallar su significado más en el sentimiento que en la razón.

La diplomacia de cúpula en su acepción más precisa, se relaciona con el poder interno para priorizar temas de la política exterior y el poder externo que justifique las expectativas que se crean con la participación directa del primer mandatario cuando sale del país.

Todo lo contrario hizo el Sr. Mujica y las consecuencias todavía se sienten a pesar del esfuerzo que el presidente Vázquez ha venido realizando. Desde la vuelta de la democracia varios presidentes han tenido presente en toda su extensión la enorme responsabilidad que se asumía cuando viajaban al exterior, asumiendo que no se trataba de protagonismos aislados sino de una representación institucional ajustada a los desafíos globales.

Puede decirse sin hesitar, que desde los orígenes del Estado Nación soberano, la diplomacia presidencial ha sido utilizada en las grandes encrucijadas de la Historia. Mucho más en estos tiempos en que ha pasado a ser una rutina para abordar los asuntos de mayor trascendencia entre los estados, presidentes como Donald Trump, Vladimir Putin o la propia canciller de Alemania Angela Merkel, por nombrar algunos, recurren a ella para darle más consistencia a sus posiciones.

Más allá de los opiniones que puedan despertar las acciones de muchos Jefes de Estado, la diplomacia presidencial no es solo una exigencia de la diplomacia moderna sino un instrumento esencial para operar en sintonía con el Ministerio de Relaciones Exteriores, las fuerzas políticas domésticas e incluso con países vecinos, socios en emprendimientos conjuntos.

La defensa del interés nacional no puede mostrar grandes fracturas y menos quedar reducida a expresiones personales que en nada se identifican con la percepción que un Estado debe proyectar.

Es por eso que cuando una visita presidencial al exterior tiene un fuerte componente empresarial con el fin de aumentar el volumen de negocios entre el sector privado y atraer inversiones, todo un país se siente representado sin perjuicio de las discrepancias de que se nutre la democracia.

Afortunadamente, en estos aspectos el presidente Vázquez se ha sustraído a la "patología cultural" del Sr. Mujica, que desprendido de la fuerza institucional que lo respaldaba llegó a sostener que lo político está por encima de lo jurídico como si la Constitución solo sirviera para ganar las elecciones y defender solamente los derechos de una parte de la ciudadanía.

La oposición debe ejercerse para controlar, discrepar y también para coincidir con los gobiernos que el pueblo ha elegido, pero sobre todo, para que con su apoyo crítico la imagen del país no se debilite. Esa es la mejor forma de hacer creíble a toda fuerza política. Aportando ideas, discrepando con respeto, pero fundamentalmente apoyando todo lo que fortalezca la capacidad de diálogo del país en el exterior.

Y si esto se ejerce como corresponde las líneas de entendimiento que puedan surgir volverán a hacer presentable y respetado al país.

Lo de adentro es otra cosa, y si no sabemos distinguirlo del instrumento de la diplomacia presidencial bien usado, le estaremos negando al Uruguay el necesario consenso social que temas de tanta importancia reclaman para su implementación.

Mientras convivamos con el correcto concepto de "nación" su contenido racional hará posible visualizar un horizonte con perspectiva de futuro para las nuevas generaciones. Los errores que el Sr. Mujica cometió tienen que ser superados y toda rectificación en materia de política exterior merece el reconocimiento de la ciudadanía. Y eso no puede confundirse con visiones que justifican otras preferencias electorales.

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