Editorial

Deshielo tropical

El presidente cubano Raúl Castro tuvo una reunión privada con el Papa Francisco, que duró unos muy significativos 55 minutos. Luego, Castro destacó la "sabiduría, la modestia y todas las virtudes" del pontífice y dijo: "Leo todos los discursos del Papa y si el Papa continúa hablando así volveré a rezar y regresaré a la Iglesia, y no lo digo en broma".

Es difícil determinar con certeza las causas y la profundidad de ese florecimiento del fervor religioso. Quizás contribuyan factores personales, como su edad, nació en 1931, la educación recibida por los jesuitas y, tal vez, lo estén inquietando los cadáveres o tal vez los espíritus, de todas esas personas que mandó a morir en el paredón.

Esa visita a Italia y la llegada del presidente francés François Hollande, a La Habana, coinciden con las negociaciones para la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Lo que vemos apenas son los signos más visibles de un proceso en el que intervienen muchos actores, algunos en forma más abierta que otros, para encontrarle una salida al régimen comunista cubano.

El presidente Obama definió el objetivo de esa estrategia en su discurso del 17 de diciembre. Básicamente, Obama reconoció el fracaso de la estrategia aplicada durante décadas, de separar a Cuba. Además, continuó, esa política aisló a los Estados Unidos de sus socios en la región y fuera de ella, limitando su capacidad para influir en los procesos dentro del hemisferio occidental y el empleo de todos los instrumentos de que disponía para promover un cambio positivo en Cuba. Y agregó: "Aunque esa política ha tenido sus raíces en las mejores intenciones, ha tenido pocos resultados. Hoy, como en 1961, Cuba es gobernada por los Castro y el Partido Comunista".

Para Obama, no sirve al interés de los Estados Unidos ni al del pueblo cubano continuar empujando a Cuba hacia el colapso. La experiencia enseña que es mejor alentar y apoyar las reformas internas, en lugar de pretender imponer desde afuera políticas que pueden terminar convirtiendo a un país en un Estado fallido proclive a caer bajo otras influencias. Esta es una de las lecciones impartidas por los acontecimientos en África del Norte y Oriente Medio en los últimos años.

La aproximación entre La Habana y Washington ha tomado su tiempo. En el año 2000, Clinton y Fidel Castro se dieron la mano y tuvieron una breve conversación en ocasión de la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Durante el sepelio de Nelson Mandela, en diciembre de 2013, Obama saludó a Fidel Castro. En noviembre de 2013 Obama declaró: "Hay que tener en cuenta que cuando Castro llegó al poder yo recién había nacido, por lo que no tiene sentido la noción de que las mismas políticas que implementamos en 1961 serían de algún modo tan efectivas en la era de Internet, Google y los viajes mundiales". Los acontecimientos de la década de 1960 son apenas ecos lejanos. Lo mismo sucede en América Latina".

El mundo cambia rápidamente y no precisamente a favor de la cruel gerontocracia que gobierna Cuba. Este país depende de la beneficencia de otros países (incluyendo la de Uruguay). Su principal protector, la URSS, desapareció hace décadas. Su sucesor, Venezuela, se encuentra en medio de una difícil crisis causada, entre otros factores, por la caída del precio internacional del petróleo. La otra única dictadura comunista tradicional que persiste es Corea del Norte y no es un ejemplo que pueda inspirar a nadie. La economía cubana continúa respirando, aunque con mucho esfuerzo, gracias (el colmo de la ironía histórica) al oxígeno que le suministra las remesas que envían a sus compatriotas en la isla los exilados en los Estados Unidos.

En general, las reacciones ante el proceso de normalización de las relaciones bilaterales han sido positivas.

También se han levantado críticas. Por ejemplo, se ha opinado que el resultado del proceso, en lugar de culminar en una transición hacia la democracia republicana como sucedió en Europa oriental, conduciría al fortalecimiento de un modelo neocomunista comparable al que se produjo en China.

Es un riesgo.

Pero es importante tener presente las diferencias fundamentales entre ambas sociedades: los cubanos no son chinos, tienen una sólida base cultural cristiana y occidental, y mantienen un estrecho contacto con la comunidad cubana en el exilio, a pocas millas de distancia. Ellos saben qué hacer. Lo que necesitan es la oportunidad de poder elegir libremente su camino. Y, quizás, este deshielo pueda contribuir a abrirles ese camino que tanto merecen.

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