EDITORIAL

El desafío electoral

Es por eso que la alternancia es tan importante en un sistema democrático, porque permite cambiar estructuras y refrescar organizaciones, que con el tiempo y el sentir de impunidad que dan las mayorías absolutas, naturalmente se relajan y abusan de su poder.

Cuando todavía faltan casi dos años para las elecciones, las encuestas empiezan a calentar el clima electoral. Y a eso se suma la debacle programática de un gobierno que no muestra un rumbo claro, y cuya actitud de estos días frente a la inversión de UPM, por momentos al límite de lo digno, deja en evidencia que se trata de la única apuesta por algo que se asemeje a un legado.

Ahora bien, lejos de marearse con algunos resultados optimistas en los sondeos de opinión, la oposición en general debería definir una estrategia inteligente de cara a este duro período que se acerca. Y que le permita seducir de manera racional a un porcentaje del electorado que si bien parece desencantado con las gestiones del Frente Amplio, no se termina de decidir por una opción diferente.

Sin pretender disfrazarnos de estra-tegas electorales, cosa para la cual ya hay gente especializada, hay un par de conceptos que parecen notorios pa- ra quien analiza la realidad política desde la convicción que debe tener un medio de prensa, pero sin el compromiso cotidiano que suele enfrentar un dirigente político.

El primer concepto que parece emanar del sentir popular y que la oposición en general debería leer y aprovechar, es el hastío con los signos de decadencia administrativa que está mostrando el gobierno por varios flancos. Por no hablar directamente de problemas de ética.

El dulce pica los dientes, reza el dicho popular, y la verdad es que tres gobiernos consecutivos de un mismo partido político, tres administraciones con la misma gente gestionando recursos públicos, inevitablemente termina generando el ambiente propicio para los desbordes éticos. Desde los más grandes y notorios, como lo que ha ocurrido con Sendic o en ASSE, hasta aspectos menos escandalosos pero igual de irritantes para el ciudadano de a pie, como son las pequeñas prebendas, los contratos a amigos, los beneficios a "compañeros", y los empleos a familiares. En un país donde todo el mundo tiene a algún pariente o amigo cercano trabajando de alguna manera con el Estado, es un secreto a voces que este tipo de cosas son moneda corriente en la administración pública, y eso genera buena parte del desencanto y enojo con una fuerza política que siempre hizo gárgaras con la ética, y que se autoerigió en paladín y juez de la moral pública.

Es por eso que la alternancia es tan importante en un sistema democrático, porque permite cambiar estructuras y refrescar organizaciones, que con el tiempo y el sentir de impunidad que dan las mayorías absolutas, naturalmente se relajan y abusan de su poder. Ese fue, por ejemplo, un factor clave en la caída de la Concertación en Chile.

Pero hay un segundo aspecto que debería ser explicado al votante de a pie. Y es que por una razón generacional, y de edad promedio de la dirigencia, el Fren-te Amplio ha dejado hace tiempo de ser el gran imán para los jóvenes mejor preparados y con condiciones de administrar la cosa pública. Si alguna vez lo fue, realmente.

En los últimos años el país ha generado varias camadas de profesionales de primer nivel, muchos de los cuales se encuentran en universidades del primer mundo, que no consiguen entender o tener empatía con el rumbo que han impreso al país las administraciones de Vázquez y Mujica. Gente que se ha formado ya en otro tipo de visión de país, con una perspectiva más moderna y global, y a la que le resulta muy difícil entender la visión de esa camada octogenaria que hoy reina en el oficialismo.

Para quien mira la realidad política sin los desbordes pasionales típicos de esa actividad, parece claro que hoy buena parte de la elite intelectual, de los "cuadros" de renovación más preparados, no están en filas del oficialismo, y los que sí se mantienen allí, son los principales descontentos por la marcha de un país que no parece decidido a encarar los desafíos urgentes que tiene por delante, y que vive enfrascado en discusiones estériles y polémicas ideológicas propias de hace medio siglo.

La gran responsabilidad de la oposición es por un lado lograr la confianza de estos sectores desencantados de que lo que vendrá busca ser una construcción sedimentaria sobre lo bueno que se puede haber hecho, y no una tabla rasa refundacional como se ha visto en tantos países. Y por otro mostrar estos hechos claramente a la población, comunicar de manera efectiva que más allá de definiciones ideológicas, el país necesita un refresque urgente de caras en la administración pública, como única forma de poner fin a los excesos que tienen a tantos enojados. Ahí se juega buena parte del partido de la próxima campaña.

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