EDITORIAL

Derechos por naranjas

Los cantinfleos y chambonadas del expresidente Mujica ya no sorprenden a nadie. Sabemos que un día puede salir con una posición firme sobre un tema y luego con total impunidad afirmar lo contrario sin que a nadie le pase factura.

Sin embargo sus declaraciones de estos últimos días respecto de los exreclusos de Guantánamo que había acogido por razones humanitarias y que ahora nos venimos a enterar formaban parte de una negociación comercial, resultó un duro golpe para quienes creían en la bondad sin límites del “presidente más pobre del mundo”.

La llegada de los exreclusos de Guantánamo fue una noticia que conmocionó al país. La polémica decisión del gobierno del entonces presidente Mujica provocó las más diversas posiciones, ya que aunque existía un importante consenso respecto a la ilegitimidad de la prisión yankee en tierras cubanas, no se daba la misma situación respecto a recibir en nuestro país a cinco personas de antecedentes casi desconocidos.

En su momento formó parte de la estrafalaria campaña que seguía Presidencia de la República detrás del premio Nobel para “el Pepe”, en la que también entró la llegada de los refugiados sirios sobre los que el expresidente también tuvo duras expresiones posteriormente. Cuesta creer que se dedicara tanto tiempo y esfuerzo en una campaña destinada al fracaso, ya que Mujica no tenía ningún mérito para ser Premio Nobel (ni para recibir ningún premio) pero en esa desatinada empresa se gastaron recursos más dignos de haber sido empleados en problemas reales del país.

El jueves pasado el ahora senador itinerante -que ni renuncia como había anunciado ni concurre asiduamente a su trabajo en el Senado-, dijo en la ciudad de Córdoba, República Argentina, que “para venderle unos kilos de naranja a Estados Unidos” se tuvo que “bancar a cinco locos de Guantánamo”. Vale decir, la otrora gestión humanitaria resultó ser una mera maniobra mercantil. Parece que ya no quedan buenos samaritanos en el mundo: hasta ese símbolo internacional de la bondad que es nuestro ilustre expresidente canjea derechos humanos por cuotas comerciales.

Esta curiosa concepción del más recio cuño mercantilista no es nueva en el expresidente, se pueden mencionar entre sus antecedentes cuando cambiaba el voto de Uruguay en el Mercosur por pedirle “unas chapas” a Dilma o su celebérrima sentencia de que lo político está por encima de lo jurídico, con lo que ya confesaba que para él los derechos humanos o el interés nacional siempre pueden ser negociables.

El Uruguay entero ha comenzado a cobrar conciencia desde que Mujica dejó la presidencia del enorme daño que le hizo al país, particularmente en términos culturales y de valores. Episodios novedosos como sus expresiones en Córdoba vienen a reafirmar el nefasto período de la historia nacional que atravesamos cuando tuvimos como presidente de la República a un hombre que piensa que las vidas de unas personas (más allá de sus antecedentes y méritos) entran en el juego de las negociaciones comerciales. Es difícil de cuantificar pero en términos de prestigio internacional y de nuestro tejido social interno, el expresidente ha sido un verdadero desastre de dimensiones colosales.

Curiosa paradoja para un país en el que las paradojas abundan. Mientras que la imagen que proyecta Mujica al mundo es la de un presidente pobre y generoso interesado por la paz mundial como el Papa Francisco, que promovió la reconciliación nacional como Mandela y se preocupó por los pobres como la madre Teresa, la realidad viene a ser bien diferente. Todo fue un tinglado montado hacia el exterior, donde primó el infinito egoísmo de Mujica y su inmenso ego cuando en realidad nada hizo por la paz en el mundo, no tuvo un solo gesto de reconciliación nacional, por el contrario, azuzó odios de todo tipo y color entre los uruguayos y, ahora, también sabemos, utilizó las desgracias de los sirios y los reclusos de Guantánamo para la más rampante realpolitik. El Mujica “pop star” internacional no se sostendrá mucho más en un tiempo en que la información fluye por las redes sociales a la velocidad de la luz.

La historia va acomodando los zapallos en el carro y Mujica irá teniendo el lugar que le corresponde como uno de los peores presidentes de la historia del Uruguay. Ya no solo porque su gestión fue desastrosa y dañó aspectos sagrados de nuestra comunidad espiritual, sino también porque a la imagen de Cenicienta que vendió al mundo le está llegando la medianoche por la contundencia irredimible de sus propias confesiones.

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