EDITORIAL

La década del Iphone

Este aniversario se presta para pensar en algunos de los desafíos que esta revolución tecnológica nos está planteando. Y que no parecen estar siendo tomados con la seriedad que merecen por parte de los sectores políticos globales.

Está bien, sí. Este es un editorial político, en una página política. Y la idea no es escribir una de esas notas empresariales tecnofílicas que plagan hoy los medios de comunicación. Pero el hecho de que se cumplan 10 años de la salida al mercado del primer teléfono inteligente, merece un comentario por su impacto en las relaciones sociales entre los seres humanos.

Es que el primer Iphone cambió todo. Cambió el vínculo entre las personas, cambió industrias enteras, cambió hasta los equilibrios de poder. Parece mentira que solo hace 10 años que tenemos esta herramienta entre nosotros. Alguien comentó hace poco que un campesino africano de hoy, con un teléfono inteligente promedio y una conexión a internet digna, tiene más información en su mano que la que tenía a su disposición el presidente de EE.UU. hace apenas 25 años. Hoy, "gracias" a que cada persona tiene una cámara en su bolsillo, ya no hay evento que no quede registrado por alguien. Hoy, gracias a los sistemas de ubicación satelital, se puede circular sin problemas por cualquier megalópolis del planeta al primer día de llegada. Hoy el banco, los amigos, la oficina pública, todo está literalmente al alcance de la mano. Bueno, lo de la oficina pública en Uruguay no tanto, pero en fin.

Como todo cambio, también ha traído sus problemas. Las relaciones personales se han enfriado, hay sectores enormes de la economía y muy demandantes de mano de obra, que ven su futuro en riesgo, y por momentos resulta frustrante caminar por la calle y ver a todo el mundo con el pescuezo encorvado, cara de adicto y los ojos fijos en la pantallita titilante. Al punto que da para preguntarse cuándo llegará la próxima innovación con la que al ver las fotos de estos tiempos a la distancia, nos haga pensar "mirá aquellos abombados cómo pasaban todo el día mirando el telefonito".

Pero este aniversario se presta también para pensar en algunos de los desafíos que esta revolución tecnológica nos está planteando. Y que no parecen estar siendo tomados con la seriedad que merecen por parte de los sectores políticos.

El primero, sin dudas, es el que se refiere a la escala que están tomando algunas empresas globales. Sin ir más lejos, la propia Apple, que por estos días recibe toneladas de publicidad gratis, es un emblema de este problema. La empresa canaliza buena parte de sus actividades a través de una filial en Irlanda, donde recibe enormes beneficios impositivos, lo cual ya ha despertado el enojo y una importante multa por parte de la UE.

También en EE.UU. ya que se calcula que la empresa tiene la friolera de 1.7 trillones de dólares en beneficios fuera del país, y que no los ingresa, ya que de hacerlo debería pagar un 35% de impuestos. Se comenta que hay en marcha negociaciones con el gobierno americano de Apple y otras mega empresas tecnológicas, para lograr algún beneficio que les habilite ingresar ese dinero al país, algo que como es obvio no parece justo con el empresario de a pie que paga en regla.

Pero el tema no solo es de plata. Empresas globales como Facebook, Google, no solo están destruyendo complejos sistemas de valor construidos durante décadas y que dan muchísimo trabajo (por ejemplo la publicidad) sino que manejan una cantidad de información sobre la gente que en algún momento deberá llamar la atención de los poderes públicos. Sobre todo porque lo hacen en carácter casi monopolio, o duopólico.

Es que con sus incalculables valores de mercado, y colchón de dinero bursátil, se dan el lujo de comprar todo lo que se mueve, así Facebook es dueño de Whatsapp, Google de Youtube, Amazon acaba de comprar la cadena de supermercados Wholefoods, y su principal accionista, el Washington Post. Imagínese el lector la información de cada persona que pueden generar estas empresas cruzando sus bases de datos, y el impacto político y social que ya tienen.

Si la economía mundial se concentra cada vez más en 3 o 4 empresas, ¿qué país va a estar en condiciones de cobrarles impuestos? ¿Con qué van a sostener los países sus sistemas sociales, cada vez más afectados por el desempleo que genera el cambio tecnológico? ¿Quién va a controlar el manejo del debate político que hacen con sus algoritmos?

Son todas preguntas candentes al día de hoy, y que nadie parece estar abordando. Porque si hay un sector que no parece haberse dado cuenta de estos cambios, es el político. Salvo a la hora de las campañas, es poco lo que se escucha a los dirigentes globales hablar de estos temas realmente serios que nos están afectando. Y que ya generan resultados, como un Donald Trump, señal inequívoca del malestar social incluso en la mayor potencia global. En algún momento, alguien va a tener que hundir el bisturí en este tema trascendente.

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