EDITORIAL

Cien años de comunismo

Así estaba el mundo hasta 1989 cuando, con la caída del muro de Berlín, todo se vino abajo. Países empobrecidos, medio ambiente destruido, industrias obsoletas, institucionalidad y garantías inexistentes.

Durante un siglo la doctrina y la acción del comunismo han marcado el desarrollo económico, social y político del mundo como ninguna otra fuerza lo pudo hacer, con eco en todos los continentes y con resultados que, más allá de los fracasos generalizados, han condicionado la marcha de naciones en todos los rumbos. Lo que sigue solo pretende recordar las experiencias concretas que la aplicación de las ideas de Marx vivieron docenas de países, incluido el nuestro. Es un balance negativo y siniestro pero está incrustado en el pasado y ha marcado nuestro tiempo de manera indeleble.

Rusia fue el país donde la semilla de la revolución marxista se implantó, logró crecer y multiplicarse. Sobre una sociedad apenas industrializada, gobernada autocráticamente, con base pastoril en su economía, se produjo la experiencia de ingeniería social más brutal e inhumana, llevada adelante por Stalin mediante el terror, la tortura y la muerte.

Las purgas, los destierros, la colectivización de las tierras y la lucha contra la religión cristiana ortodoxa costaron millones de muertes. El pacto con la Alemania de Hitler —el tratado Ribbentrop- Molotov— mostró el cruel pragmatismo que sería una característica perenne de esta ideología. Traicionado por el mandamás alemán, el régimen soviético tuvo que apelar al fuerte sentimiento nacional ruso para lograr la magnífica resistencia que llevó a vencer a los nazis como había ocurrido antes con Napoleón. De la Segunda Guerra Mundial surgieron dos vencedores, los Estados Unidos y el comunismo, que procedieron a repartirse casi todo el mundo en Yalta y Potsdam. Entretanto en la China, la figura siniestra de Mao lograba la victoria interna contra Chang Kai-shek y sometía a otra antigua nación al nuevo modelo imperial. Churchill definió la frontera oeste de Europa como la "Cortina de Hierro", que partía en dos al viejo continente. Desde allí, con el centro en Moscú, se desarrolló una de las empresas políticas más exitosas de la historia de la humanidad, que ocupó un territorio más grande que cualquier otro imperio. En su momento de mayor esplendor "la marea roja" llegó a extenderse desde Cuba hasta la Europa del Este, llegando a las orillas del Pacífico.

A este enorme imperio hay que agregar otra dimensión universal, la de la cultura comunista convertida en una red de intelectuales distribuidos por el mundo, agentes de una manera de pensar "políticamente correcta", que ejerce aun hoy una suerte de policía intelectual que premia y sanciona en función del pensamiento marxista. Desde Moscú se alentaron movimientos revolucionarios en Asia, América y África. Detrás de la "descolonización" estuvo el comunismo aprovechando una causa justa. Detrás del anti "imperialismo" yanki estuvo el soviético. Detrás de los "no alineados" estuvo la diplomacia comunista.

Un gran paso adelante fue el de la adhesión de Fidel Castro a esa órbita. A la sombra de una causa que despertó adhesiones de toda nuestra generación, se coló la subversión y la conversión de una lucha por la libertad y la soberanía en una agencia de terror que marcó medio siglo de historia latinoamericana, llevando la guerra terrorista a todos nuestros países. El saldo lo conocemos. Toda la estructura de poder edificada desde el tiempo de Stalin incluyendo los satélites, nunca pudo encontrar una base económica sustentable y sólida. Con tremendos avances científicos y bélicos no pudo sostenerse por carecer de una institucionalidad que no fuera la de la dictadura. Apenas pudo eliminar el hambre crónica en China y mantener en la pobreza a los demás pueblos, mientras la "nomenklatura" se constituía en la nueva oligarquía o la vieja clase nobiliaria.

Todo intento de aliviar esas sociedades en materia de libertades individuales, de información o de opinión encontró una sola respuesta, la de los tanques rusos en Praga o Budapest. Todos estos atropellos fueron justificados y defendidos por la estructura cultural que se había montado. Literatos, cineastas, artistas , sindicalistas y los integrantes de los partidos comunistas locales aplaudían y justificaban. Nunca ningún imperio tuvo, junto a la propia fuerza, un coro de afiliados tan importante y tan determinante para que se amplificara en cada país lo que se ordenaba desde Moscú.

Así estaba el mundo hasta 1989 cuando, con la caída del muro de Berlín, todo se vino abajo. Países empobrecidos, medio ambiente destruido, industrias obsoletas, institucionalidad y garantías inexistentes. Asoladas, esas sociedades aún pugnan por revivir, por encontrar una formulación política que respete los derechos humanos y logre gobiernos legitimados por la voluntad popular.

A pesar de todo esto hay quienes aún defienden esta manera de gobernar.

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