editorial

El "Chapo" y la ética

La imagen que transmitían no podía ser más distinta. Por un lado el traficante más famoso del mundo, Joaquín Guzmán Loera, el "Chapo", fugado de una cárcel de máxima seguridad y buscado por medio planeta, posaba con su mejor camisa tropical, bigote riguroso, peinado cuidado, pelo de sospechoso color negro, y un rictus entre la empatía y la suficiencia.

Del otro, Sean Penn, el millonario actor de Hollywood, el que cambia de novia modelo/actriz/cantante cada dos semanas, con aspecto desarreglado, barba de días, camiseta negra de rigor, y el pelo agitado como quien acabara de salir de una trinchera.

El encuentro entre actor y traficante, la entrevista publicada por la revista Rolling Stone, y lo funcional que esta "reunión" fue para que la Policía mexicana pudiera finalmente echar el guante a Guzmán, serán insumo para la historia. Pero, sobre todo, permiten una reflexión interesante sobre la ética de la castigada profesión periodística, y sobre el papel y el lugar desde el cual muchas de estas figuras del primer mundo se paran para analizar la realidad de nuestros países "periféricos", como gustan decir los teóricos de la izquierda.

Desde un punto de vista profesional hay que aclarar que el 99% de los periodistas hubieran dado un riñón con tal de poder entrevistar a Guzmán. Figura mítica no ya del narcotráfico, sino de la cultura popular mexicana, el "Chapo" se ha elaborado a balazos y billetes una aureola de notoriedad, que su palabra en directo de por sí constituye una promesa capaz de hacer caer la saliva por la comisura de cualquiera que palpite con la profesión periodística.

El resultado deja en claro que Penn, como periodista, es un buen actor de Hollywood. Ni una pregunta a fondo, ni un momento incómodo, simplemente una plataforma para que Guzmán diera aire a su victimismo, a su perfil de pretendido Robin Hood, y para que Penn pudiera salir ratificado en su ideología de que la pobreza, y en especial la supuestamente causada por los Estados Unidos, es el origen de todos los males del mundo.

La entrevista tiene un conflicto ético básico desde el punto de vista profesional. Penn aceptó todas las condiciones del entrevistado, nunca lo llevó a los terrenos escabrosos, pero, sobre todo, aceptó que el entrevistado leyera el producto antes de publicarse, y le hiciera correcciones y cambios. Cosa que va contra las reglas básicas de la profesión y del género.

Además, se hace en México, uno de los países donde más periodistas son asesinados cada año, más de sesenta en la última década, donde quienes ejercen esa profesión son o verdaderos valientes, o padecen las más crueles formas de autocensura y amedrentación, o se convierten en mercenarios de la pluma. Que Penn haya aceptado entrevistar a Guzmán sin hacerle una pregunta sobre esto, o sobre la crueldad homicida con la que este traficante maneja su imperio desde hace décadas (el que tenga curiosidad y estómago puede darse una vuelta por el sitio elblogdelnarco.com), parece una objeción ética demasiado grande como para dejarla pasar.

Pero es tal vez en lo ideológico donde lo del actor deja en evidencia más incoherencias. Penn es un conocido militante de las causas "de izquierda", amigo cercano de Hugo Chávez, ha sabido sacarse fotos con Cristina Kirchner, con Maduro, con José Mujica. Incluso ha escrito varias veces para el San Francisco Chronicle, diario emblemático de la ciudad más rica y más "progre" de ese país.

La gran pregunta que deja todo esto, es la misma que nos hacemos cada vez que algún personaje de estos del primer mundo viene a sacarse fotos a la chacra de José Mujica: ¿por qué esta gente festeja tanto este tipo de liderazgos, este tipo de notoriedad y actitudes en nuestros países, cuando no lo harían ni por un momento en los suyos?

Porque parece muy lindo ir a festejar la maravillosa revolución bolivariana en Venezuela, cuando después se vuelve a San Francisco y se puede ir a hacer el surtido a WholeFoods y comprar el café indonesio de 700 pesos la onza, o pagar 500 pesos por medio kilo de pollo orgánico, en vez de lidiar con las góndolas vacías. Despotricar contra Bush porque hacía ostentación de no leer libros, pero festejar a un Mujica que desprecia a quienes fueron a la universidad.

La palabra más fácil sería hipocresía. Pero hay algo peor. Es un tipo de imperialismo más esclavizante que el de la United Fruit o el de los marines. Es el que se basa en una condescendencia que implica que somos tanto menos, que en el fondo ese es el tipo de liderazgo, de sistema, que nos merecemos. Colonialismo "new age" o "constanzamoreirismo" de primer mundo. Como mejor guste llamarlo.

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