Editorial

Cataluña en un brete

En estos días, Cataluña o Catalunya ha vuelto a estar en el tapete y es motivo de seria preocupación, no solo en España, sino en toda la Unión Europea.

El riesgo más serio es que luego de agitar tanto las expectativas de algunos, no vaya alguien a encender una mecha que haga volar por el aire todo lo que se ha construido y corra la sangre. También es a tener en cuenta que las elecciones de setiembre demostraron que es mayoritario el número de catalanes (53%) que no desea la separación de España. Sin embargo, los impulsores del separatismo siguieron adelante con su prédica, como si las urnas no hubieran dicho "basta ya", con esto del independentismo.

Algo a lamentar profundamente, ya que esas posturas que en el fondo se dan de bruces con el racionalismo y la practicidad características del ser catalán, lograron embarcar a un 48% de la población en esa maligna ficción. Bien sabemos que esta clase de obsesión, la del nacionalismo, ha sido causa de las mayores cantidades de muertos y de dolor en la historia.

No es lo mismo patriotismo que nacionalismo. Lo primero es bueno y entrañable, se trata de la relación emocional con la tierra donde uno nació, con el suelo de sus padres, a veces con generaciones de antepasados detrás, otras por tratarse del país que los acogió. El lugar en el que se crió a los hijos o simplemente, donde uno mismo creció. Lo segundo en cambio es negativo porque es radical, es el rechazo al otro. Tiene de peligroso que suele encararse como si se tratara de una ideología o un acto de fe, la pertenencia a un cierto colectivo con aspiraciones de nación.

Y lo más censurable es alimentar espíritus subyacentes desde tiempos históricos, fácilmente inflamables en épocas de dificultades económicas como las que ha atravesado España y media Europa en los últimos años, por intereses personales. No es secreto para nadie, que después de los escándalos descubiertos alrededor de los negociados y las cuentas secretas de Jordi Pujol, quien estuviera al frente de la Generalitat durante 23 años , y de sus familiares más cercanos, a lo que se suman las denuncias sobre su sucesor, Artur Más, su partido Convergencia quedó malamente afectado. O sea, que después de tanto hablar de que el gobierno central español robaba a Cataluña, resultó que eran sus propias autoridades las que estafaban a los catalanes.

Pero de tanto frotar la lámpara con las reivindicaciones secesionistas para distraer la atención y a la vez conseguir que en el futuro, la justicia no dependa de Madrid sino de Cataluña, el genio que estaba allí agazapado se les disparó. No se sabe por donde anda ni que podrá hacer.

Así las cosas, ya van dos derrotas que sufre Artur Mas en el Parlament, dado que volvieron a darle la espalda los integrantes de la CUP, al no acompañar a la insólita alianza Junts pel Sí, (Convergencia y Esquerra Republicana) creada con la ilusión de ganar en los recientes comicios. El grupo anarquista, anti europeísta y antisistema, que poco tiene que ver con la gente de Mas, le está haciendo tragar bilis al candidato, quien no ha podido obtener el respaldo suficiente para convertirse en el próximo Presidente. A pesar de que los dos grupos sumados obtuvieron la mayoría de los escaños, el 8 % de la CUP lo convirtió en el fiel de la balanza. Situación que está obligando a Más a hacer concesiones, como el ofrecimiento de recortar sus atribuciones delegando en tres vicepresidentes y el someterse a un voto de confianza dentro de 10 meses. La falta de acuerdo interno está debilitando notoriamente la moción votada el lunes, donde se proclamó la soberanía del parlamento regional por sobre las instituciones españolas, supuestamente dando por iniciado el proceso de independencia. En Madrid, el gobierno de Rajoy que ha recibido singulares muestras de apoyo por parte del Rey y de su principal adversario político, el líder socialista, Pedro Sánchez, observa atentamente el desgaste de los independentistas, quienes en el caso de tener que llamar a nuevas elecciones tener menos votos.

Sin perder el tiempo, Rajoy hizo la denuncia ante el Tribunal Constitucional, fruto de una reforma constitucional votada solo por el PP (no reconocido por los separatistas) cuyos representantes volaron a Barcelona. Llevaban con ellos 21 notificaciones personales, entre ellas al Presidente Más, a la titular del Parlament y a otros 19.

Por detrás están las demandas de orden fiscal, ya que por la Constitución de 1978, el estado español recauda los mayores impuestos y luego los coparticipa con las regiones. Solo el País Vasco y Navarra administran sus propios tributos.

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