Editorial

Los cambios en el sistema de partidos

La vorágine electoral de 2014, con su colofón de mayo de este año, no ha dejado mucho espacio para un análisis electoral de más largo aliento, en particular la metamorfosis que ha experimentado nuestro sistema de partidos. Quedando aún por disputar las elecciones municipales, claves en particular en algunos departamentos, la serie de 7 elecciones desde el retorno a la democracia permite visualizar aspectos de nuestra democracia en que vale la pena detenerse.

Al analizar las series electorales por partido del período 1984-2014 saltan a la vista dos períodos claramente diferenciados. El que va desde el comienzo a 2004 muestra cómo el Frente Amplio crece desde el 21.3% hasta el 50.5% mientras la suma de los partidos fundacionales pasa en el mismo período de 76.2% a 44.7%. La gráfica es matemáticamente sorprendente, son dos rectas que caminan inexorablemente a cruzarse como finalmente ocurrió en las elecciones de 2004 en que el Frente ganó por primera vez.

A partir de 2004 comienza la segunda etapa, ya no corre más el modelo de las rectas y la votación de los dos bloques se estabiliza. De hecho, el Frente cae en 2009 al 48% y prácticamente se mantiene igual en 2014 con 47.8%. Mientras tanto, la suma de blancos y colorados sube en 2009 a 46.1% y cae en 2014 a 43.8%.

Por tanto desde 2004 cambiaron sustancialmente las tendencias y el juego entre los dos bloques. Si bien en las tres elecciones el oficialismo ganó con mayoría absoluta en el Parlamento, la competencia es abierta entre dos mitades bastante similares.

Al interior del bloque de los partidos tradicionales también se observan cambios de importancia. Mientras que en el período 19842004 se alternaron blancos y colorados en el primer lugar, a partir de este último año el Partido Nacional es ampliamente mayoritario. Parece consolidarse por tanto un liderazgo de los blancos en el bloque opositor que tiene un origen cultural y político profundo basado en la pérdida de la tradicional base electoral colorada a manos del Frente Amplio, como han señalado destacados analistas y también políticos del partido de Rivera.

Mientras el Partido Nacional mantiene una identidad clara, amén de las discusiones sobre estrategias partidarias, el Partido Colorado tiene dificultades para afirmarse en la cancha.

El talante liberal conservador de los blancos afín a su propia esencia los posiciona en un espacio político propio, mientras los colorados en los hechos han asumido una posición similar mientras retóricamente reivindican a la socialdemocracia de sensibilidad centro izquierdista que voló al Frente hace tiempo.

Este es el dilema de hierro del partido de la defensa, asumir que ha adoptado una posición similar a su rival histórico o reconvertirse para intentar conquistar al electorado que votó al oficialismo. Sus actuales votantes, lo demuestran todas las encuestas y el propio resultado del último balotaje, ya eligieron, pero es una estrategia que los condena al tercer lugar, mientras la otra posiblemente sea una batalla imposible de ganar, lo que da cuenta de su incómoda situación.

El Frente Amplio mientras tanto enquistado en la posición política más cómoda en el Uruguay, la que otrora ocupó el batllismo, estatista, gradualista y conformista, tiene un rumbo claro y definido. Su gran triunfo fue haber logrado colocarse culturalmente en ese espacio que le asegura medio país y, en las últimas tres elecciones, triunfos claros. Ahora en la modorra del statu quo "uruguayensis" continuará disputando o ganando el poder sin procesar, naturalmente, las reformas que el país necesita y que solo pueden provenir del otro bloque.

Ahora bien, la última elección llama a la oposición a replantearse su estrategia, porque en 2009 estuvieron a 1.9 puntos del Frente mientras que en 2014 estuvieron a 4 puntos.

Vale decir, pese al yerro de las encuestadoras la realidad es que los partidos tradicionales estuvieron más lejos de reconquistar el poder en la última elección que en 2009. En particular el Partido Nacional que ejercerá el liderazgo de la oposición en los próximos 5 años deberá encarar una etapa en que lo electoral debería postergarse ante aspectos más importantes.

En particular, la llave de la victoria en 2019 pasa más por cómo convencer a más uruguayos de que sus posiciones históricas respecto al ser humano, la convivencia social y nuestro lugar en el mundo son las mejores para el país que por intentar demostrar que puede ser una continuidad mejorada de quienes hoy gobiernan.

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