editorial

Cambios en Medio Oriente

No hay día que no haya noticias relevantes que provengan de Medio Oriente. Y muchas de ellas, por lo general, tienen consecuencias en los equilibrios entre potencias que afectan al orden internacional. El ejemplo más relevante en este sentido lo dan las distintas posiciones estadounidenses en los varios escenarios que conforman la trama de esta conflictiva región.

El recordado discurso de El Cairo del presidente Obama en 2009 abrió un tiempo de esperanzas. Luego, con la primavera árabe de 2011, en particular en Egipto, se dio una pequeña democratización. Ella terminó en 2013-14 como sabemos, con la mano de hierro militar que hoy conduce ese país que es el principal aliado de Washington en la región. Se acabaron las primaveras apoyadas por Estados Unidos en el norte de África: en Libia, dejó un terrible caos social, político y económico; y en Túnez, hay una democracia frágil y boicoteada por numerosos episodios de ataques terroristas vinculados a fundamentalistas religiosos.

Pero la apertura mayor de Estados Unidos ha sido hacia el viejo enemigo iraní de predominio chií y tradición persa. Ha tenido ya varias consecuencias en Medio Oriente. Primera y razonable, la desconfianza del gobierno de Israel que ve con preocupación que la comunidad internacional sea capaz de hacer cumplir efectivamente el acuerdo con Teherán que involucra nada menos que las posibilidades de armamento nuclear. Segunda y previsible, la reacción de Arabia Saudita, también viejo aliado de Estados Unidos, que constata cómo gana terreno la influencia persa y chií en la región, y actúa en consecuencia interviniendo militarmente en su desestabilizado vecino del sur, Yemen, en favor de sus aliados y bombardeando a los grupos apoyados por Teherán en ese país. Tercera y más sorprendente, la naturalización de una cooperación militar clave entre Washington y Teherán para frenar el avance del Estado Islámico en toda la zona de influencia suní en Siria e Irak.

Es que en toda esta región Estados Unidos maneja alianzas delicadas y que, de lejos, parecen a veces hasta contradictorias. Es aliado de Pakistán, pero sabe del doble juego de Islamabad con relación al apoyo hacia los grupos talibanes en la frontera con Afganistán. Instruye y apoya militarmente a kurdos y a ciertos grupos rebeldes en Siria, pero no ha podido evitar que su esencial aliado en la OTAN, Turquía, haya sido factor principal para dejar crecer al Estado Islámico en Siria, a la vez que ahora Ankara ataca militarmente a unos y a otros por igual. Coopera con Irán para enfrentar al Estado Islámico, pero quiere hacer caer la dictadura de Bashar Al- Asad en Damasco, que ha sido sostenida en todo este tiempo por el apoyo de Teherán.

Finalmente, Estados Unidos apoya al gobierno mayoritariamente chií de Irak, a pesar de ser él una pieza clave en la influencia de Irán en la región que se extiende, incluso, hacia el grupo terrorista chií en el sur del Líbano, Hezbolá, enemigo jurado de Israel. Un gobierno de Bagdad que, además, ha llevado una política de exclusión de la activa minoría suní que ha sido el caldo de cultivo del tremendo avance del Estado Islámico en territorio iraquí: este grupo terrorista gobierna hoy en día, entre zonas sirias e iraquíes, una superficie mayor que la de toda Gran Bretaña.

Es claro que la situación para Washington no es sencilla. Si se excluye a Israel, el resto de los Estados aliados de Estados Unidos en la región violan los derechos humanos de forma cotidiana. Sean ellos de mayoría chií —como en Irán o en Irak—, o suní —como en Arabia Saudita—, o pretendan hacer avanzar la causa del gobierno laico —como lo fue en su momento el aliado Saddam Hussein en Irak o lo es hoy el general Abdelfatah Al-Sisi en Egipto—, lo cierto es que todos ellos presentan enormes déficits democráticos. Ni cerca están de vivir en democracia plena. En este contexto no hay "buenos" para apoyar ni "malos" para castigar como en los fáciles tiempos de la Guerra Fría y sus alianzas en bloque en torno a Washington o Moscú.

¿Qué escenario prever en este enredo de alianzas a veces contradictorias? Muchas veces la prioridad de lo más urgente, que es hoy liquidar la barbarie del Estado Islámico, contradice objetivos de largo plazo. Pero es claro que en la lista de interlocutores claves de Estados Unidos para la región, a Egipto, Arabia Saudita y Turquía debe sumarse ahora Irán. Y también lo es que Israel, el aliado de Washington más importante en Medio Oriente, tiene derecho a vivir en paz y seguridad.

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