EDITORIAL

Brasil y nosotros

Es mucho lo que se ha hablado y escrito sobre el proceso de impeachment contra Dilma Rousseff que avanza a paso firme en el Congreso tras la contundente votación del pasado domingo.

Pero tal vez no se ha profundizado lo suficiente sobre un aspecto inquietante de esto: la reacción de histeria y embanderaniento de buena parte del oficialismo local, frente a la debacle del partido de Lula da Silva.

Las reacciones ante el voto legítimo y democrático del Parlamento brasileño, tan legítimo y democrático como el gobierno de Dilma, han sido estruendosas y exageradas. Muchos legisladores y dirigentes del Frente Amplio han hablado sin titubeos de golpe de Estado, han denunciado una especie de complot internacional contra el PT, y han llegado a reclamar que el Mercosur aplique la "cláusula democrática" en caso de que haya un cambio de gobierno en el país norteño. Algo parecido a lo que se hizo con Paraguay, con el bochornoso lema patentado por José Mujica de que "lo político está por encima de lo jurídico". Lema que bien podrían haber recogido por estos días los legisladores opositores brasileños, pero ahí entramos en otro asunto.

El primer comentario que merecen estas reacciones, es una manifestación de asombro ante el nivel de ignorancia histórica y doble discurso de buena parte de la dirigencia frentista. Por un lado, porque los parlamentos, desde los tiempos de la Carta Magna, son el lugar donde ha residido la verdadera voluntad popular, es el cuerpo que siempre se ha considerado más representativo de la sociedad, y el gran contrapeso destinado a evitar los abusos de gobiernos monárquicos o republicanos. Por ello, que una fuerza que se dice popular, salga a defenestrar la autoridad de un parlamento en defensa de un partido y de un presidente, luce al menos contradictorio.

Sobre todo porque buena parte de la dirigencia frentista, cuando es consultada sobre qué tipo de reforma política aspiraría ver en la Constitución uruguaya, siempre se vuelca a defender las maravillas del parlamentarismo y la atomización de la autoridad presidencial. Algo que choca de frente con su discurso por estas horas. ¿Hay algo más típico del sistema parlamentario que la caída de un gobierno que no cuenta con apoyo en el Congreso?

Un segundo comentario asombrado que genera este alineamiento de dirigentes del FA con el PT brasileño, es que no tiene razón de ser por lo radicalmente distinto de nuestros sistemas políticos. Todo el entramado de partidos en ese país está marcado por una escasa relevancia ideológica, donde abundan pequeños grupos regionales, de escasa tradición histórica, donde los liderazgos son mucho más personales que basados en profundas convicciones doctrinarias. ¿Qué tiene esto que ver con Uruguay?

Pero además, la verdad es que si el sistema político brasileño tiene una diferencia estructural con el nuestro, es porque está estructuralmente corroído por la corrupción. Un drama del que de ninguna forma se salva el PT, y con un agravante muy significativo. Cuando llegó Lula al gobierno, lo hizo en base a un discurso y con un mandato contundente de cambiar las estructuras de poder en Brasilia. Tuvo todas las herramientas, toda la legitimidad, para dar un golpe de timón y transformar la política de su país en algo más sano, más digno. Las evidencias de estos años muestran que en vez de hacer eso, Lula se adaptó a las reglas de juego de una manera inmoral y convirtió a su partido en un enorme esquema de tráfico de influencias, de compra y venta de voluntades en base a dinero sucio, casi siempre extraído además de las empresas públicas como Petrobras. Más allá de los juicios y acusaciones que enfrentan tanto Dilma como Lula, casi toda la cúpula histórica del PT está presa, o en vías de serlo. Y nadie que conozca un mínimo de la política norteña sería capaz de sostener que todas esas condenas son parte de una megaconspiración global contra ese partido.

Entonces, ¿qué gana el Frente Amplio o los dirigentes de ese partido en asociarse de manera acrítica con el PT brasileño? Es verdad que ha habido una vinculación histórica, que tienen similitudes como el vínculo con el poder sindical, y que el PT ha sido muy generoso con gobiernos del FA. Pero eso no debería llevar a sus dirigentes a sentir como propia una causa que a estas horas parece indefendible. Se podrá discutir si sacar a Dilma ahora se justifica o si es la medida más inteligente para enfrentar la crisis política y económica que vive el Brasil. Pero que el PT se volvió una maquinaria corrupta e ineficiente a esta altura no lo niega nadie. ¿Es lógico consustanciarse de esa forma con un partido que ha caído tan bajo?

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