EDITORIAL

Dos bolillas pendientes

Nuestro nivel de presión tributaria, el impacto del Estado en la economía, la dimensión de la intervención del Estado en las decisiones individuales, ya no es solo una discusión económica, ni siquiera ideológica. Se trata de entender que un país así, ahoga.

Los episodios que se suceden todos los días en USA, van generando altos niveles de sorpresa por cuanto el mundo ya no es el mismo, y múltiples interrogantes se plantean en el horizonte tanto económicas como —más aún— de naturaleza política. Pero aunque son numerosos los análisis sobre lo que le pasará a Norteamérica, a México, a China, a Irán, se escucha muy poco sobre una agenda de temas que Uruguay por sí y ante sí, debería pensar ante esta circunstancia, para tomar decisiones que dependen solo de nosotros, no de Estados Unidos. Estos temas son por lo menos dos: la inserción externa y el alcance del nacionalismo uruguayo en la actualidad.

En cuanto a la inserción internacional del Uruguay, la misma no depende de Trump. La pregunta es si el país puede soportar un nivel de precios internos que vuelve insoportable no solo competir cada vez que agregamos trabajo uruguayo, sino apenas retener nuestra más joven y mejor gente, que no resiste quedarse en Uruguay al aparecer cada vez más opciones de trabajo afuera. Nuestro nivel de presión tributaria, el impacto del Estado en la economía, la dimensión de la intervención del Estado en las decisiones individuales, ya no es solo una discusión económica, ni siquiera ideológica. Se trata de entender que un país así, con una explosión del empleo público, con empresas como Pluna o Ancap, con inversiones que solo vienen si se les arma un estatuto fiscal a medida, con un nivel de intervencionismo tan detallado que ahoga, con un desborde sindical que reniega de la iniciativa y de la excelencia individual, no solo vamos a ser cada vez menos competitivos, sino que el país se va a vaciar de los mejores. Si cuando se emprende hay que entregar el 32% de la renta, recibiéndose servicios espantosos; si el estado de derecho cede espacio cada día, nos vamos a quedar solos.

En este sentido la inserción externa en lo económico, debe ser la ocasión para hacer cada vez más transables los bienes que no lo son, y someter todos los precios a la prueba ácida de la competencia, de la productividad comparada. Todo esto supone decisiones propias, nacionales, en las que la inserción externa es una buena ocasión para corregir precios relativos y abandonar un sueño autárquico que quizás Trump tenga, pero que para nosotros claramente no está disponible.

Queda el tema del nacionalismo, sobre el que también vale la pena pensar con ocasión del exacerbado de Trump. Hemos perdido claramente en los últimos años muchos elementos de unión entre los uruguayos. No solo ya no se ven banderas de la patria en ningún evento, ni se canta más el himno; notoriamente hay muy pocos y deteriorados factores de la "uruguayidad" en la actualidad. Es la zanja que ha propiciado la izquierda con la exclusión en su administración de todos los que piensan diferente, lo que ha contribuido a perder elementos de ligazón.

Uno de ellos es la historia, muy importante como factor de unión: hay una parte del país que escribió una —y la enseña en los liceos— y otra que la entiende falsa. Pasa lo mismo con los caudillos: hay una mitad del país que cree que desde Carpintería —lo dijo Benedetti— hubo una dominación que terminó en 2005; y hay otra mitad que sigue reverenciado Rivera, a Oribe, a Artigas. Hay una mitad del país que cree en el respeto a la Constitución, a los valores que trasmite; hay otra que descree de la misma, que la ve como una expresión burguesa, con su respeto a la propiedad, a la seguridad. Pocas cosas van quedando que identifiquen a todos los uruguayos, a todos: la celeste es una, pero no hay muchas más. La fragmentación política que acompaña a la globalización económica, con borroneo de fronteras o con su contracara que es el nacionalismo exacerbado, también pega en Uruguay, país con poca historia, poca geografía, poca economía… Si los uruguayos no estamos en condiciones de tender puentes, más aún de tender la mano, a todos sin excepción, si no cultivamos algún tipo de afinidad por todos los compatriotas por el solo hecho de serlo, vamos a componer una nacionalidad cada vez más deslucida. Y será cada vez más difícil generar raíces, pertenencias.

El partido de gobierno con todo su lenguaje de lo inclusivo, es gran responsable precisamente de lo contrario. A base de no reconocer el pluralismo, de excluir a todos los que piensan diferente no solo de la administración sino de su credo de verdades absolutas, no negociables. Con este tipo de enfoques se va perdiendo también por ello pertenencia, uruguayidad. Y solo un renovado planteo nacionalista puede ayudar a empezar a cerrar estas divisiones, peor aún, este borroneo de la identidad de todos.

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