EDITORIAL

El "beso futbolero" y la libertad

La imagen buscaba generar un escándalo. Era el dibujo de dos hombres, uno vestido con la camiseta de Peñarol y otro con la de Nacional, abocados a un apasionado beso, y con un sutil cartel debajo que decía "todos putos".

El cuadro, colocado en primer plano en un paseo familiar como el Mercado Agrícola, apenas generó algún comentario, lejos de lo que pretendían el autor y los cerebros de la IMM que lo idearon.

Analizar el hecho aislado no aporta demasiado, ya que tiene algo adolescente, en el sentido de pretender agredir y provocar a ese Uruguay conservador, en buena parte imaginario, contra el que los impulsores de este evento creen luchar. Pero hay otros hechos que ocurren en una línea semejante, que obligan a reflexionar sobre un proceso peligroso que se está desarrollando en el país.

Días atrás, por ejemplo, un grupo de ocho personas se congregó en la Plaza de Cagancha para "enchastrar" al diario El País por supuestas ideas racistas, homofóbicas y misóginas. Más allá de la pobre gente que trabaja en las agencias de viaje de la galería (la redacción del diario está en otro lado) fue nula la repercusión del hecho. Aunque dejaron una proclama pretendidamente incendiaria donde, de forma confusa, y repitiendo 20 veces la palabra "colectivo" en un texto de media carilla, esbozan una serie de lugares comunes y agreden a cualquiera que ose criticar algunos postulados tan radicales como alejados de la historia nacional. Y, por supuesto, no señalan ni por un momento qué texto motiva tanto enojo.

¿Qué tienen en común ambos hechos? Revelan el germen de un sentimiento de intolerancia y fascismo, que pretende decirle a la gente lo que es correcto decir y pensar. Y parten de un discurso que no tiene nada que ver con la historia de la sociedad uruguaya.

En el caso de los manifestantes, el tema es bien claro. La protesta tiene que ver con el hecho de que hay gente en El País y en otros medios, que ha criticado las concepciones de corrección política que pretenden marcar las líneas dentro de las cuales se puede dar el debate público. Más allá de lo delirante de buena parte del planteo, el fondo es claro: usted no puede usar determinadas palabras, usted tiene que aceptar lo que ellos imponen como verdades absolutas, usted no puede dudar de que hay un lado bueno y otro malo en la sociedad, o si no se convierte de inmediato en agente del lado oscuro, merecedor de agravios, denuncias y "escraches". Toda similitud con el fascismo no es mera coincidencia.

En el caso del "beso" lo que se busca justamente es enojar a un cierto público al que le cuesta aceptar la diversidad sexual. Generar una polémica que ponga el asunto sobre el tapete, "normalizar" y "visibilizar" el tema, para usar dos muletillas horribles propias de este discurso, y mostrar que todavía hay en el país grupos de gente anacrónica dispuesta a enojarse por algo tan trivial.

El planteo está profundamente equivocado. Por un lado porque la sociedad uruguaya es mucho más abierta de lo que los impulsores de estas ideas quieren aceptar. Estos planteos surgen de sociedades foráneas realmente intolerantes y con gran peso de la religión, cosa que en Uruguay nunca pasó. Pero claro, aceptar eso implica asumir que quienes han hecho de este esquema de provocación una profesión con pingüe financiamiento, no tiene razón de existir. De hecho, salvo por esta pieza y algún comentario en redes sociales, nadie dio mucha importancia al cuadro y su significado.

Por otro, porque pretender modificar a una sociedad chocando y agrediendo las convicciones y sentimientos de su gente, sobre todo de la que tiene más edad y va aceptando algunos cambios a su ritmo, no solo es absurdo sino que es una muestra de intolerancia infantil. Lo único que se logra es el enfrentamiento y abroquelar al que se siente agredido, cosa que salvo a los profesionales del conflicto, no beneficia a nadie.

Pero todo esto solo revela algo más profundo y grave que va creciendo en la sociedad uruguaya a lomos de estas políticas y posturas: un miedo atávico a la libertad individual. Es que todos estos pretendidos conflictos se resuelven desde la libertad. Si usted quiere besarse con alguien del sexo que sea en público, pues muy bien, hágalo. Pero ¿qué aporta refregárselo en la cara al resto de esa forma? Si usted cree que hay que luchar contra el racismo y la misoginia, pues muy bien, hágalo. Pero ¿por qué pretende imponerle a los demás cómo tienen que hablar y cercenarle el derecho a la libertad de expresión? Las sociedades cambian a su ritmo y en base a ejemplos positivos. Agudizar los conflictos, agredir a los demás, y limitar la libertad de pensar y expresarse, nunca fueron caminos constructivos para lograr nada.

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