EDITORIAL

¿Quién se beneficia?

La obsesión por comenzar a vender marihuana en las farmacias no tiene relación con las supuestas causas que llevaron a votar esta ley, y a los únicos que beneficiará es a los burócratas y empresarios que lucran con un tema tan delicado.

Finalmente se completa el ridículo. O al menos eso se dice, ya que los anuncios sobre la venta de marihuana en farmacias, que ahora se pronostica para el mes de julio, se vienen acumulando en el cajón de las promesas rotas desde hace cuatro largos años. Pero este último paso es la fiel prueba de que todo este bochornoso proceso ha sido impulsado en base a voluntarismos, ignorancia y flagrantes mentiras.

Empecemos por el principio. Cuando se anunció con bombos y platillos que Uruguay se embarcaba en lo que el ex presidente Mujica llamó "el experimento" de la ley que legalizaba el comercio de marihuana, y estatizaba la mayor parte de su producción, se dijo que se hacía con tres fines centrales: evitar la injusticia de que alguna gente fuera presa por un delito absurdo y sin víctimas, reducir el daño de quienes consumían pasta base al proveerles de forma legal de una droga alternativa, y eliminar el negocio de los narcotraficantes al terminar con el mercado negro de la droga.

Para cualquiera medianamente informado, estas tres declaraciones eran una gran mentira. De arranque la gente que iba presa por marihuana en el Uruguay del 2013, un país azotado por la pasta base y la criminalidad violenta, era ínfima. Y su situación se solucionaba con una simple medida administrativa que aclarara el monto aceptado para consumo personal. Decir que proveer de marihuana va a controlar el consumo de un pasta base tiene tanto soporte científico como afirmar que dos gotitas de limón cada mañana previenen el cáncer. Y el mercado de marihuana en un país donde ya el autocultivo era una realidad floreciente lucía tan poco lucrativo para los traficantes que la escasez del producto en el circuito era vox populi hace años.

Pero aunque diéramos por buenas estas visiones, todas se "solucionaron" con las medidas ya en vigor: la regularización legal del autocultivo, y la legalización del circuito de clubes cannábicos. Entonces, ¿para qué es necesario que el Estado plante y venda en farmacias esta droga? ¿Quién se beneficia de este paso?

Los consumidores, no parece que mucho. Habiendo más de 6 mil personas involucradas en clubes cannábicos, que además proveen a sus "socios" con unos 40 gramos de producto de alta calidad por mes (al menos tres veces más de lo que requiere un consumidor "normal"), sumado al boom del autocultivo (los growshop son los nuevos videoclubes), existe hoy un mercado paralelo saturado de producto. ¿Quién va a ir a una farmacia a poner su huella digital al lado de la vecina chusma que compra aspirinas?

Las farmacias tampoco. De hecho, buena parte de la demora en implementar esto se debió a que no querían participar, y para no quedar en el ridículo más absoluto, se debió negociar con una gran cadena de ellas a cambio de beneficios que nunca se aclararon a la opinión pública.

La sociedad en general, menos. Más allá de la banalización del consumo de algo que no deja de ser una droga, este último paso es lo que justifica la creación de toda una estructura burocrática cuyo costo millonario (y tampoco nunca informado) deberá pagar el contribuyente. Ese contribuyente al que el Estado hace malabares para no pagarle las medicinas para el cáncer, y que dice no tener plata para mejorar una educación que expulsa al 50% de sus jóvenes en el liceo.

Los únicos beneficiarios de todo este proceso absurdo son las empresas que cultivan para el Estado, los burócratas y académicos que cobran por manejar y evaluar este sistema, y los que se dedicarán a dar conferencias por el mundo diciendo que fueron los pioneros del movimiento. O los que inventan negocios satélites como "museos" donde por 200 pesos se puede ver un acervo enigmático. ¿Qué puede mostrar un museo del cannabis uruguayo? ¿Una pipa de Eduardo Mateo? ¿La ficha policial del Tato López? Un lugar donde, eso sí, se reúnen a cenar señoras elegantes que después posan sonrientes en las páginas de sociales tras vivir una noche de gran transgresión. Bob Marley y Timothy Leary se deben revolcar en sus tumbas.

Pero todo eso son detalles menores. Ahora vendrán las notas en la BBC, en el New York Times, y al aldeano uruguayo se le inflará el pecho de ser vanguardia mundial en un tema tan importante. Mientras paga la luz y la nafta más caras del planeta, mientras la educación pública se cae a pedazos, mientras Astori piensa en cómo achicar las jubilaciones y aumentar los impuestos para seguir financiando gastos improductivos en el Estado. Gastos como los que insumirá toda este experimento absurdo que la sociedad nunca pidió, ni ningún político jamás prometió en una campaña.

Así vamos…

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