EDITORIAL

La auténtica austeridad

La sobriedad personal es un atributo reservado, y en cambio la austeridad en el manejo de los recursos de todos debe ser una característica del servidor público responsable.

La muerte del Dr. Atchugarry ha permitido casi sin quererlo, realizar algunas comparaciones en torno a virtudes que lo adornaron, comunes en muchos políticos, y que subrayan por contraste, otras conductas como la del presidente anterior. En el primer caso destacó su austeridad republicana, en el otro simplemente el “pobrismo”, que es su caricatura.

Quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo destacan su forma austera de abordar la administración pública, cosa que debió hacer después de una crisis singular, y convenciendo de la necesidad de esta austeridad del Estado, a tantos protagonistas de la época que celebraron su liderazgo. Esta austeridad destacó en lo más importante, la de su función, haciendo de su gobierno un celoso guardián de los escasísimos dineros públicos cuando no había “espacio fiscal”, al decir de los gobernantes actuales para justificar lo que hicieron. La austeridad que lo adornó fue pues la que vale, la de su gestión. Del otro lado tenemos al presidente anterior, que bajo una imagen de austeridad personal doméstica, en lo que refiere a la función para la que se lo eligió gastó dispendiosamente en un desorden notorio de las finanzas públicas. La web de la Oficina Nacional de Servicio Civil proporciona información sobre la evolución del número de empleados públicos, sin contar a las personas de derecho público no estatal y otras empresas satélites del Estado, que se multiplicaron sin freno. El último dato a 2015 muestra que los funcionarios aumentaron desde el año 2005 en 60275: este número resume toda la política social del Frente Amplio, y nos habla de la nula austeridad en el ejercicio de la función que es lo que importa, más allá de la austeridad personal, de consumo para las cadenas internacionales de noticias. Y he aquí otro contraste: todo el mundo conoce qué auto manejaba y aún maneja el expresidente (se lo puede consultar en YouTube). Es más; es una especie de símbolo de su marca mundial. Por su parte Atchugarry, austero en lo que importa, que fue su gestión, también lo era en su conducta personal, pero con una diferencia: nadie sabe cuál era su auto, aunque algunos conocen que era también una increíble antigualla que ninguna cadena de noticias pudo fotografiar. Austero pues en la gestión y también en su vida, pero sin fotos: viviendo con la naturalidad del que actúa con señorío sobre sus bienes materiales, sin esconder la riqueza o la pobreza.

Hace poco asistimos también a un homenaje al Cr. Ariel Davrieux en la Academia Nacional de Economía, al que asistió gente de los múltiples ámbitos en los que brilló siempre: universitario, profesional, político, y de la gestión pública. Ocurrió en los días en los que saltó el drama de Ancap, de sus quebrantos y derroches, del título de licenciado, etc. Y con justicia se recordó de su persona aquella austeridad que imprimió a su gestión en OPP, la que vale; así como también en su vida personal, que no debía llamar la atención si no fuera por el contraste. Aquel ahorro hasta el centésimo en los bienes públicos era una característica a subrayar. Todos sabíamos allí que no habría existido Antel Arena con Davrieux, ni tampoco lo que ocurrió con Ancap. Y a nadie se le hubiera ocurrido destacar su austeridad personal si no fuera por lo que cambió en nuestro país la etología del gobernante.

Es obvio que administradores dispendiosos ha habido en todas las épocas; y que servidores públicos austeros en su vida personal también. La diferencia es la confusión que se ha instalado, encarnada en la valoración actual del expresidente: como vivió pobremente y dice preocuparse por los humildes, parecería que está mejor calificado para gobernar o para ser juzgado en su gestión. Pero no tiene nada que ver. Su gestión en el manejo de los recursos de todos fue decepcionante, y su conducta personal podría ser moralmente destacada, en especial si no tuviera las cámaras de TV que a lo mejor no puede evitar.

Precisamente Atchugarry y Davrieux, por citar un par de casos notorios recientes, nos muestran que la sobriedad personal es un atributo reservado, y que en cambio la austeridad en el manejo de los recursos de todos debe ser una característica del servidor público responsable (¿se acuerdan de las sillas del anterior rector de la universidad?).

Sesenta mil empleados públicos más (sin contar entidades paraestatales), con un sueldo de unos 30 mil pesos promedio -que debe ser bastante más- suponen cada año casi la mitad del déficit de 4 puntos del Producto. Dejemos que los funcionarios se trasladen en Mercedes si los hubieron con sus ingresos genuinos, pero que a la hora de administrar los recursos de todos sigan el ejemplo de aquellos dos ciudadanos.

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