EDITORIAL

Ataques al Memorial del Holocausto

En las dos últimas décadas el Memorial del Holocausto del Pueblo Judío ha sido víctima de pintadas que niegan el holocausto y defienden al nazismo. Son episodios repetidos en estos últimos días que no pueden ignorarse y merecen indagarse a fondo para evitar males mayores.

La reciente profanación del Memorial del Holocausto del Pueblo Judío, ubicado en la rambla en la zona de Punta Carretas, muestra que el antisetimismo perdura entre nosotros, algo que debería mover a las autoridades a extremar la búsqueda y sanción de los responsables de estos atentados. Las pintadas en ese monumento atacan a la colectividad judía e integran el llamado negacionismo, esa antihistórica tesis según la cual el Holocausto no existió y que la muerte de más de seis millones de judíos europeos es un invento.

Desde que se inauguró ese memorial en 1994 a impulsos del gobierno de Luis Alberto Lacalle y con la cooperación de la intendencia de Montevideo, las agresiones contra el monumento suman seguramente más de una docena. En todos los casos los enchastres a pura brocha de alquitrán niegan la masacre de judíos en la Segunda Guerra Mundial y pretenden ensayar una defensa del nazismo.

Es posible que sus autores se hayan envalentonado por los recientes avances de grupos políticos pronazis en países europeos y quizás también por la algarada de nazis, "supremacistas" blancos y miembros del Ku Klux Klan en Charlotesville, Virginia, Estados Unidos. En este último caso los manifestantes corearon eslóganes contra los judíos al tiempo que exhibieron carteles con esvásticas. Lo más lamentable del caso fue la reacción del presidente Trump que no condenó de entrada a estos extremistas con la contundencia esperable en el presidente de un país que ofrendó la vida de cientos de miles de soldados en combate contra el nazismo.

Volviendo al ataque a nuestro memorial del Holocausto, más allá de si pudo ser o no un coletazo de esos episodios tan publicitados, hay que decir que se inscriben en esa línea de defender al execrable régimen de Hitler, el insano líder político que llevó la guerra a toda Europa afirmando la superioridad de la raza aria. Afirmación esta última que lo condujo a exterminar ante todo al pueblo judío, después a los gitanos, para terminar lanzándose a destruir a todo aquel que no se plegara a su prédica de odio y muerte.

Para quienes dudan del Holocausto o discuten su magnitud procurando rebajar la cifra de víctimas o el uso de las técnicas empleadas para la matanza, el ideal sería poder mostrarles un campo de concentración. Allí verían hasta dónde puede llegar el uso de refinados elementos tecnológicos puestos al servicio del mal en construcciones realizadas para convertir a esas usinas de la muerte en perfectas máquinas de matar.

También deberían mostrarles las imágenes captadas por fotógrafos y camarógrafos norteamericanos en esos campos del horror o invitarlos a revisar las confesiones de los jerarcas nazis en los juicios de Nuremberg, en donde muchos admitieron su culpabilidad en el genocidio aunque aduciendo, como lo hizo Adolf Eichman, que asesinaron a mansalva porque debían cumplir órdenes superiores.

Tan conocidas son estas cosas que corresponde pensar que el único objetivo de los atacantes del Memorial de Punta Carretas es expresar odio hacia la comunidad judía integrada en nuestro país. Una integración pacífica en todos los planos, herida solamente por intolerantes y racistas, algunos de los cuales han cobrado víctimas como fue el caso del comerciante judío asesinado a puñaladas en Paysandú el año pasado. El matador, un maestro de escuela rural que se había convertido al islam años antes, fue declarado inimputable por la justicia e internado en el hospital Vilardebó. Crímenes de este tipo, que se dan de tanto en tanto en nuestro país, revelan la presencia de personas resueltas a llevar su intolerancia hasta las últimas consecuencias.

Gestos como ensuciar el monumento al Holocausto provienen de sectores que pueden ser el caldo de cultivo de esta clase de futuros criminales. Por esa razón el ministerio del Interior debería atender más a quienes dan tales señales reveladoras de una cierta capacidad de organización. Ese monumento en la rambla ha sido un objetivo recurrente para los antisemitas en las dos últimas décadas. Lo peor es dejar pasar el asunto una vez más, borrar rápidamente las afrentosas pintadas y actuar como que si aquí no hubiera pasado nada.

Minimizar este tipo de actos es la peor de las actitudes. Los graves atentados ocurridos en diversas ciudades del mundo suelen acompañarse con expresiones tales como "sabíamos que tal o cual persona era sospechosa, sabíamos que había grupos capaces de hacerlo, había pequeñas señales de peligrosidad, pero los dejamos y los perdimos de vista, lo que fue un error". Que no tengamos algún día que escuchar aquí algo parecido.

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