Editorial

A no asombrarse

El apoyo del Frente Amplio y del Pit-Cnt al gobierno represor de Nicolás Maduro en Venezuela no debería causar asombro. No se trata de una excepción, sino de la regla. La izquierda uruguaya tiene una larga tradición de apoyo a "hombres fuertes" que arrasaron con las libertades y las instituciones.

El 5 de marzo de 1953 murió José Stalin. Al día siguiente, el semanario "Justicia", vocero oficial del Partido Comunista uruguayo, decía: "Una irreparable desgracia ha caído sobre la humanidad avanzada y progresista. En todos los rincones del mundo, los hombres y mujeres amantes de la paz y de la democracia han recibido, con el corazón acongojado, la dolorosa información". Se estima que las políticas de Stalin llevaron a la muerte a entre 25 y 35 millones de personas. Hacia el final de su dictadura, la población encerrada en cárceles y campos de trabajo superaba los cinco millones.

En 1968, el general Velasco Alvarado dio un golpe en Perú y se proclamó presidente de un "gobierno revolucionario". En los años siguientes impulsó la reforma agraria y un vasto plan de expropiación de empresas privadas. Su gobierno atropelló las libertades y arruinó la economía. Pero la izquierda uruguaya lo aplaudía. En 1973, el diario "Ahora", vinculado a la Democracia Cristiana y al Frente Amplio, escribía: "la Fuerza Armada del Perú se halla comprometida seria y profundamente con la liberación del país y de América Latina".

En el año 1971, el escritor cubano Heberto Padilla fue encerrado en una cárcel clandestina. Padilla era un revolucionario, pero se había vuelto crítico del régimen castrista. Tras 37 días de reclusión, Padilla se acusó a sí mismo en una reunión pública, al mejor estilo de los procesos estalinistas. El hecho alejó a muchos intelectuales que hasta entonces habían apoyado la revolución cubana, como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, por citar solo a dos muy notorios. En Uruguay, en cambio, los intelectuales de izquierda publicaron una carta en la que defendían al régimen y lanzaban acusaciones contra "la prensa reaccionaria de todo el mundo". Entre los firmantes estaban Mario Benedetti, Daniel Viglietti y María Ester Gilio.

El 8 de febrero de 1973, las Fuerzas Armadas uruguayas se sublevaron contra el gobierno constitucional y difundieron dos comunicados en los que parecían orientarse hacia una dictadura a la peruana. Casi toda la izquierda miró con simpatía la posibilidad de un golpe de Estado "progresista".

El 9 de febrero, en plena sublevación, el general Seregni dijo en un acto: "La patria es de todos y se conquista luchando junto a todos los verdaderos patriotas. La construye el obrero y el ama de casa, el estudiante (…) y tiene que construirla también el militar y el campesino. (…) La línea de acción que se ha trazado el Frente Amplio, consiste en prestar su apoyo crítico a todas las instancias económicas, políticas y sociales que beneficien la causa popular".

El 11 de febrero, el diario comunista "El Popular" sostuvo que "el dilema no es entre el poder civil y el poder militar" sino "entre oligarquía y pueblo". El diario "Ahora" titulaba: "Los 19 puntos de los militares definen bases concretas de audaz propuesta de cambio".

Días más tarde, la bancada del Frente Amplio declaró "todo su apoyo a cualquier iniciativa progresista, venga de civiles o de militares". La central obrera CNT (antecesora del Pit-Cnt, que acaba de dar su apoyo a Maduro) emitió una declaración de apoyo a los comunicados y pidió una entrevista a los militares. La delegación sindical fue encabezada por José DElía. La de los militares, por Gregorio Álvarez.

En 1980 estalló en Polonia una ola de huelgas y protestas contra la dictadura del general Jaruzelski. Hubo censura de prensa, encarcelamientos masivos, fusilamientos y desaparición de opositores. Durante todo ese tiempo, buena parte de la izquierda uruguaya justificó la represión y acusó al sindicato Solidaridad y a su líder, Lech Walesa, de ser agitadores al servicio de la CIA.

En diciembre de 1989, una revuelta tumbó al dictador rumano Nicolae Ceausescu, que había encabezado durante décadas uno de los regímenes más represivos y corruptos de Europa Oriental. Pocos días antes, Ceausescu había recibido un telegrama del Partido Socialista uruguayo, felicitándolo por un nuevo aniversario de la revolución rumana.

No es asombroso entonces que la izquierda uruguaya vuelva a ponerse del lado de un represor de su pueblo. Eso es lo que hizo siempre. Lo raro es que una izquierda con estos antecedentes pretenda erigirse en juez de los demás.

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