Editorial

La alternancia política

La alternancia en el gobierno beneficia a todo el sistema de partidos. En una democracia consolidada no se acaba el mundo si gana la oposición. Sin embargo, en la lógica populista, cambiar de mayorías significa una tragedia.

  •  
lun oct 6 2014

En la región estamos acostumbrados a los argumentos populistas. Son los que han inspirado reformas constitucionales para extender en el tiempo la reelección presidencial inmediata. La idea es que solo el presidente y su movimiento o partido es capaz de conducir el país en el sentido correcto. La oposición, muchas veces calificada de "vende-patria" y siempre entendida como contraria a los intereses populares, es deslegitimada por este discurso que siente que, de perder las elecciones la conducción oficialista, el rumbo del país estará en peligro. En este esquema, la institucionalidad democrática está en función de los gobiernos de "signo correcto" que son definidos por el talante populista en su discurso y en su práctica política.

Pero esta forma de ver las cosas no es la regla del mundo democrático. En los países de primera el cambio de partidos que significa la alternancia no pone en tela de juicio el rumbo general del país. Por supuesto, introduce cambios en la política económica, de exterior, de defensa, de educación, etc. Es decir, la alternancia no es desdeñable: no da lo mismo que gane uno o que gane otro. Pero las campañas electorales de los partidos no se tientan por el discurso populista-fundacional que define el triunfo del adversario como una ruptura con una especie de designio político-moral superior. Designio fijado, claro está, por el partido-movimiento populista.

La realidad es que la posibilidad de alternancia es fundamental para la calidad democrática. Porque hace más exigente en su tarea al gobierno, que arriesga a perder el poder. Porque hace más exigentes a los partidos de oposición, que tienen que plantear propuestas responsables ya que efectivamente pueden ganar el gobierno. Finalmente, porque hace más exigente también al ciudadano, que sabe que en sus manos está la posibilidad cierta de mantener o cambiar los partidos en el gobierno.

Aquí está el sentido latente de la actual campaña electoral. Al inicio, el Frente Amplio cedió completamente al argumento populista: si ganan los enemigos, el país irá para "atrás", a un limbo político y moral propio de la naturaleza misma de los partidos tradicionales. Solo el proyecto de izquierda asegura mantener lo que se reivindicó, sin ambages, como el "único" proyecto político del país. En este sentido, no pasó desapercibido el cambio constitucional de la reelección presidencial, típico del populismo, planteado por Vázquez en esta campaña.

Pero en estas últimas semanas la certeza generalizada de que nadie contará con mayorías parlamentarias dio mayor legitimidad y pertinencia al argumento democrático de que es necesario encontrar acuerdos entre rivales políticos. La lógica populista frenteamplista que situaba sin problemas al resto del sistema político en una denostada "derecha", mutó entonces en una izquierda que se plantea alcanzar concordancias con "wilsonistas y batllistas".

El cambio es importante a la vez que difícil de manejar. ¿Cómo se acumulan voluntades denostando rivales y luego, sin transición, se pretende arreglar con sectores blancos o colorados para gobernar juntos? En la acrobacia, la izquierda pierde credibilidad. Porque, además, su brazo sindical-electoral sigue negando la alternancia por los motivos populistas de siempre, y sin bajar sus decibeles.

Del otro lado, conviven tradiciones políticas distintas que razonan desde la clásica lógica de partidos de democracia consolidada: el Partido Independiente, con su espíritu de izquierda democrática; el Partido Nacional, con su planteo de modernización social-liberal; y el Partido Colorado, con su costumbre republicana. Todos son diferentes entre ellos. Sin embargo, todos asumen que no puede haber espíritu refundacional ni lógica populista. Asumen pues, que la alternancia en el poder es posible y que implica acuerdos interpartidarios entre actores que piensan distinto pero que, todos, tienen cabida en la conducción de un gobierno plural. Inclusive, claro está, la integración de una representación del Frente Amplio.

Aceptar la alternancia política sin dramas es parte de una democracia de primera.

Pulse aquí para volver a la versión mobile.