Editorial

Almagro, el Frente Amplio y Mujica

El Secretario General de la OEA, Luis Almagro, ha dejado de ser una sorpresa para convertirse en un adalid de la democracia.

Su actitud valiente y ajustada a las exigencias jurídicas que impone la Carta del organismo panamericano, lo han llevado a enfrentarse cara a cara con el gobierno venezolano de Nicolás Maduro en su intento de avasallar el acto electoral del 6 de diciembre para asegurar su permanencia por cualquier medio.

Almagro cambió el talante de los gobiernos de la región, muchos de los cuales lo votaron porque era el único candidato que competía. Llegó incluso con la pesada mochila que le dejó su antecesor, el socialista chileno José Miguel Insulza, un Secretario General con mucho de Caifás y el resto de Pilatos a la hora de enfrentar los excesos del entonces presidente Chávez para hacer cumplir la Carta Democrática. Duro con los opositores al régimen del chavista y sus satélites, mansito con sus desmanes y atropellos. Tras sus 10 años en el cargo, la OEA había perdido peso y prestigio. Su imagen era de debilidad. No tenía credibilidad ni protagonismo en la defensa de sus cometidos y era sumisa. La cosa cambió y hoy el régimen de Venezuela está donde siempre debió haber estado, si de compromiso con la democracia hablamos.

Pero la actitud de Almagro también desató una tormenta en nuestro país, en la interna de un partido de gobierno que aparecía fracturado en dos bloques y desnudó en toda su intensidad esas dos ideologías claramente enfrentadas.

El primero en aplaudir públicamente la carta que el secretario de la OEA envió a la presidente del Consejo Electoral de Venezuela, Tibisay Lucena, fue el ministro de Economía Danilo Astori, que la calificó de "magnífica" y "muy equilibrada, en defensa de los ciudadanos de Venezuela". El canciller Nin Novoa, con el argumento de ser presidente de la Unasur, se excusó de hablar —aunque la excusa sea poco válida porque primero es canciller— y el presidente Vázquez mantuvo silencio, pero nadie duda de sus sonrisas cómplices cuando escucharon a Astori.

Pero del otro lado, hicieron cola para pegarle.

Arrancó el Partido Comunista con su tradicional diatriba sobre la "utilización de la carta (de Almagro) por parte del imperialismo, la derecha continental, social, política y mediática, y en particular, la oligarquía venezolana empeñada en una furibunda campaña de desestabilización, deslegitimación y restauración conservadora". Nada nuevo bajo el sol.

Lo siguió el MPP —sector por el cual Almagro fue electo senador— que en tono menos payasesco afirmó que la carta "no solo no ayuda a ese proceso (el proceso electoral venezolano), sino que contribuye a deslegitimarlo y a dificultar la convivencia democrática en ese país". Y remató el ex presidente Mujica: "Lamento el rumbo por el que enfilaste y lo sé irreversible, por eso formalmente te digo adiós y me despido".

Y nadie dijo nada cuando Maduro calificó a Almagro de "señor basura" por decir que "el asesinato de un dirigente político es una herida de muerte de la democracia" y que "no debe haber un muerto más, no debe haber una amenaza más. Es hora de ponerle fin al miedo". Parecería algo tan elemental en una democracia y sin embargo, por expresarlo, alguien se convierte en una "basura". "Basura" debería ser —entre otras cosas— el que contrató, pagó, mandó o impulsó a un asesino a matar a una persona. O el que enloda a un muerto para justificar su homicidio.

El lío se agravó cuando el FA consideró que era necesario emitir una declaración como tal acerca del proceso electoral en Venezuela. Hacer coincidir las posiciones de los sectores de Astori y Mujica, atar esas dos moscas, no resultaba nada fácil, por lo que en definitiva se emitió una declaración que no dice nada. Una especie de "aspiramos a que todo salga bien… y buena suerte".

La vacuidad del FA contrastó con la firme posición del Partido Nacional sobre la falta de garantías en el acto electoral, la responsabilidad de Maduro y las jerarquías militares en el clima de crispación de vive ese país, y el respaldo a la actuación de la OEA y de su Secretario General.

No hay dudas de que quedó atrás el pasaje de Almagro por la cancillería del presidente Mujica, donde acompañó todas las herejías jurídicas que se llevaron a cabo bajo la consigna de que lo político está por encima de lo jurídico y terminó con una imagen deplorable. Hoy, con el peso del cargo y su responsabilidad ante los 34 países miembros que lo eligieron en la OEA, Almagro se ha plantado en defensa del Derecho contra viento y marea, por más que les moleste al propio Mujica, al MPP y al Partido Comunista.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te puede interesar
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)