EDITORIAL

Alemania y nosotros

Merkel arranca más desgastada y cuestionada de lo que era previsible. Pero la formidable líder alemana ha dado sobradas muestras de inteligencia, capacidad y liderazgo en el pasado, lo que permite abrigar esperanzas.

Las elecciones alemanas de este domingo permiten respirar a Europa y al mundo, pero al mismo tiempo fueron una señal de que el oxígeno se va agotando. Los democratacristianos (CDU) de Angela Merkel volvieron a ser el partido más votado con el 33% de los sufragios, lo que representó una caída de más de 8 puntos respecto a la elección anterior. En segundo lugar se ubicaron los socialdemócratas (SPD) con el 20,5%, una caída de más de 5 puntos. De esta forma los dos grandes partidos alemanes enfrentan un importante revés, en especial para la SPD que obtuvo su peor resultado en décadas.

Una consecuencia de los resultados de los 2 principales partidos alemanes es que se aleja la posibilidad de que se vuelva a integrar la llamada "gran coalición" entre ellos para formar gobierno. El SPD interpreta que el resultado los llama a encabezar la oposición, más aún teniendo en cuenta a quien le puede caber este papel en su ausencia.

Los liberales (FDP) y los ecologistas parecen llamados a formar gobierno con Merkel. Los liberales, partido históricamente decisivo en las últimas décadas a la hora de alcanzar mayorías parlamentarias, lograron dejar atrás su desastrosa elección anterior que los dejó afuera del Parlamento. Esta es una buena noticia teniendo en cuenta el aporte que en distintos gobiernos los liberales han logrado hacer en beneficio de su país. Los verdes, mientras tanto mantuvieron su votación y tienen una perspectiva interesante para avanzar en su agenda de temas en el nuevo gobierno.

La sorpresa más desagradable de la elección fue el crecimiento del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AFG) de escalofriantes semejanzas con el nazismo. Obtuvo el 12,6% de los votos, siendo el partido que más creció (casi 8 puntos), lo que permitirá el ingreso de un partido neonazi al Bundestag por primera vez desde la segunda guerra mundial.

Por tanto, Angela Merkel seguramente logrará encabezar un cuarto gobierno con una coalición de "verdes" y "amarillos" (por los colores de los ecologistas y los liberales) pero con un menor respaldo popular y un futuro incierto para Alemania hacia la próxima elección. La sobria, austera y pragmática Canciller sin dudas es hoy una voz de moderación y sentido común en un mundo donde desde los Estados Unidos a Corea del Norte nos encontramos con gobernantes tan disparatados como peligrosos.

Sin embargo, las políticas por las que Merkel es celebrada en el mundo parecen ser las que le cuestan respaldo electoral en su país, como la posición respecto a los refugiados, por ejemplo. El uso electoral apelando a los peores instintos de la población de AFG fue exitoso y las perspectivas de que se vuelva un partido relevante en el principal país de la Unión Europea son tan temidas como posibles.

Al empezar lo que con toda seguridad será su último período Merkel enfrenta el desafío de dejar el país en buenas manos, lo que no necesariamente es su partido, pero sí que la alternancia se dé entre los partidos hoy mayoritarios en alianza con otros de credenciales democráticas. Arranca más desgastada y cuestionada de lo que era previsible, por lo que deberá reinventarse para lograr el objetivo que no será sencillo, pero la formidable líder alemana ha dado muestras de inteligencia, capacidad y liderazgo en el pasado, que abrigan esperanzas.

¿Qué implica este y otros cambios políticos para nuestro país? En primer lugar la necesidad, olvidada por muchos en estos días, de preservar como un tesoro nacional nuestro sistema de partidos. En especial el caudal electoral por el que se han expresado históricamente la mayoría de los uruguayos que incluye desde 1971 innegablemente al Frente Amplio, el Partido Nacional y el Partido Colorado. Los partidos son entidades vivas y, por lo tanto, cada día y cada elección se juega su vigencia. Pero, indudablemente, de la articulación entre ellos es que surge la democracia ejemplar de que gozamos y que nos distingue en el mundo.

No hay democracia sólida sin partidos estables, sin políticos con tradiciones y con retratos, sean de Batlle, de Saravia o de Seregni, pero en cualquier caso encauzados y encauzables en identidades que permiten decidir su voto con criterio a los electores. La transparencia, la credibilidad y la eficacia en la búsqueda de soluciones a nuestros problemas serán las claves de su permanencia. Por el bien de todos, es deseable que sepan regenerarse, actualizarse y seguir disputando ideas y proyectos partiendo de la base común del respeto a nuestra Constitución, nuestras leyes y nuestra idiosincrasia.

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