Editorial

¿Hasta cuándo?

Otra vez llegaron tarde. El policía Marcos Melo, de 45 años, casado y padre de dos hijas, quien trabajaba extenuantes horas en el Comcar y luego con el 222, para poder cobrar a fin de mes algo más de sueldo, vivía en un barrio muy malo, compartido con delincuentes.

Por ese motivo, una y otra vez , había denunciado la situación, según datos del sindicato. Pero nunca hubo respuesta o cooperación de parte de la institución. Recién cuando lo estaban velando, cuando yacía en el féretro, rodeado de las lágrimas y la tristeza de los suyos, dieron señales de vida las autoridades. Y hasta le ofrecieron una vivienda a la viuda. Es la cuarta vez este año que agentes son atacados por vecinos.

Pero llegaron tarde. Melo ya no podría rehacer su vida de hombre honesto y trabajador, en un lugar más seguro. Unos desalmados lo mataron con dos balazos por la espalda, rematándolo una vez en el piso con otros dos en el pecho.

Hacía como 20 minutos que la desgraciada maestra, Diana Gonnet, de tan solo 36 años, cayó al suelo por los balazos que acabaron prematuramente con su vida. Otra vez, (salvo alguna excepción como la del secuestro del 11 de junio) llegaron tarde.

Una vecina comenzó a llamar al 911 al oír la balacera y ver a la joven tirada en un charco de sangre. Pero el servicio daba siempre ocupado. Por más que las autoridades hayan salido a aclarar que desde que el operador tomó la llamada, hasta que se presentaron en el lugar del hecho, pasaron 3,39 minutos, llegaron tarde. Dos hombres, dado que ni la policía ni las ambulancias aparecían, la cargaron en una camioneta y la llevaron a un sanatorio cercano. Los ojos verdes que miraban al vacío tras recibir dos impactos de bala, ya sugerían que esta chica que había ido simplemente a comprar unas pastas para el mediodía, no sobreviviría a esta cruel jugada del destino. O más bien, de los criminales, pasando a engrosar la lista de muertes provocadas por la delincuencia en auge que campea en nuestro país, ante una sociedad en estado cuasi catatónico, del que no consigue evadirse y reaccionar. Solo así puede entenderse que ante el franco deterioro de la seguridad y la incompetencia demostrada por los últimos gobiernos, haya vuelto a ganar las elecciones el mismo partido. Y no sólo eso, sino que seguimos con personajes repetidos al mando del Ministerio del Interior. Eduardo Bonomi al frente de la cartera y el hermano del Presidente, Jorge Vázquez, como viceministro. Y lo peor es que si uno habla con ellos le van contar maravillas de su gestión, de lo bien que están haciendo las cosas, de cómo ha mejorado la seguridad, al tiempo que hacen gárgaras hablando de los nuevos equipamientos, de los adelantos tecnológicos que han incorporado.

¿Qué les pasa? ¿No se dan cuenta de que no se puede andar por la calle con tranquilidad? ¿Que la vida ya no tiene valor? Que muere gente todos los días, sean ajustes de cuentas, inocentes que se cruzaron en el camino, comerciantes, policías que intentan cumplir con su deber, repartidores que llevan mercadería o personas que ni aún dentro de sus casas pueden sentirse seguras? ¿Su pasado guerrillero será uno de los motivos de su incapacidad para cumplir con su deber como garantes de la seguridad ciudadana? Ese pasado que no se cansan de reescribir a su favor para mostrarse como idealistas transgresores, aunque, al igual que los delincuentes de hoy, robaron, secuestraron y mataron. Por lo tanto, tienen en el fondo más cosas en común con esa gente que con cualquier honesto ciudadano.

En el primer semestre del año hubo un asesinato por día, o sea, unos 180, sin contar estos dos últimos. A su vez, quedan anualmente unos 110 crímenes sin resolver. Por ejemplo, el 2014 cerró con un récord de 262 muertes violentas, por lo tanto, unas 121 siguen impunes. En 2013, sucedieron 260 asesinatos y 111 sin resolver. Entre el 1 de enero y el 31 de marzo de 2015, hubo 83 muertes de las cuales 39 no fueron aclaradas. Año a año, disminuye el porcentaje de aclaración de homicidios. En los primeros 6 meses de este año, el 47% está sin definir. Uno de cada dos asesinatos no se resuelve. Además de que el alto grado de impunidad no sólo se da en los crímenes mayores, sino a todo nivel. Hurtos, rapiñas, arrebatos, al punto de que las estadísticas no reflejan la realidad, pues son muchas las personas que ni siquiera denuncian. Porque no creen que les vaya a servir de algo y porque han perdido la confianza en quienes los tienen que proteger. Una repentina marcha surgida tras estos crímenes pudo ser muy grande. Sin embargo, la ciudadanía está harta y ha llegado la hora hacerse oír.

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