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Un País llamado Titanic...


@| Comencé a pagar mi pasaje un lejano 5 de febrero de 1971. Soñaba con participar de aquel viaje hacia la igualdad, la justicia y la esperanza. Confiaba -y aún evoco con respeto- en aquella tripulación capitaneada por el Honorable Liber Seregni, secundado por Zelmar, el Toba, Erro, y tantos otros luchadores honestos e indoblegables.

En las durísimas tormentas que sobrevendrían, jamás abandoné el barco. Tampoco fui ningún “héroe”, ni reclamo protagonismo alguno. Pero sé -y por suerte aún vive gente que puede refrendarlo - que di mi batalla desde donde estuviese, calladamente y algunas veces, exponiéndome mas de lo razonable para mi integridad o la de mi familia.

Y a bordo estaba cuando en el 2004, el barco zarpaba entre fanfarrias y grandes expectativas. Ahora si poníamos rumbo hacia “la tierra prometida”. En mi euforia, me desentendí del análisis de idoneidad de la tripulación de turno. El barco era “hinundible” ! Y estaba propulsado por la fuerza legítima de un pueblo cívicamente consciente, que vigilaría su derrotero .

Navegué los primeros 5 años con alguna incomodidad y dudas, fundamentalmente por que veía acceder al puente de mando a ilustres desconocidos, ineptos y oportunistas. Pero… me enrolé por 5 años mas. Seguramente, los errores se subsanarían, y los viejos y justos ideales reflotarían llevándonos a buen puerto.

¡Y me equivoqué radicalmente!

Y al mirarme al espejo debí reconocer con bronca y frustración que, con mi pequeño aporte y apoyo de tantos años, había colaborado a crear una mayoría de una fauna compuesta de arribistas, protegidos por una absoluta impunidad.

Y se me mezclaron los conceptos cuando los veía repetir el discurso de “anti oligarquía”, y presenciaba una nueva clase social que, a la sombra de un quinchado y asado de por medio, reunía al presidente, ministros, empresarios cuestionados por corruptos, delegados sindicales, princesas de “rancio abolengo” y capitales millonarios, el Pato Celeste...

Y los millones de dólares volaban y no se le rendían cuentas a nadie. Ni siquiera al Tribunal constitucionalmente designado para fiscalizar. Vendíamos aviones en los boliches, a gente que no existía pero que avalaba el Bco. Central. Después, no los cobrábamos y se los alquilábamos a una Cooperativa inviable, cuyo único respaldo era el dinero nuestro, que le había dado el gobierno. Comprábamos hornos de 80 millones de dólares para la Fabrica de Portland de Ancap, y los dejábamos (aun están) tirados a la intemperie por años. Después, para cumplir los compromisos adquiridos con los clientes… le comprábamos portland a las empresas privadas, para entregar a terceros. Organizábamos fiestas faraónicas para agasajar a personajes que hoy enfrentan decenas de juicios, por haberse robado “miles de millones de dólares”.

Comprábamos aviones para uso personal, que realizaban vuelos “sin pasajeros” a lugares extraña -y oficialmente- sindicados como base de operaciones en traslado de dinero negro y mal habido.
Hacíamos inmensas inversiones en una terminal de Gas que nunca se cristalizó.

En una verdadera tómbola circense, se adjudicaban cargos y ministerios a personas que no tenían la mínima formación para las tareas. Así, un panadero podía terminar de Ministro de Defensa, o un Guarda de Ómnibus o un Encargado de Mantenimiento de una mutualista de Ministro de Obras Públicas. Llegamos al colmo de poner a dirigir la empresa estatal mas importante del país a un individuo que “nunca” había trabajado en nada, ni administrado siquiera un kiosco.

Obviamente, la fundió.

A la vista y beneplácito de sus “compañeros” incondicionales.
Después, como penitencia de expiación por todos las malversaciones y transgresiones que generó... ¡lo nombramos Vicepresidente de la República!
Ahí supe, definitivamente, que nos íbamos a pique.
Algunos creen que el último personaje que nombré es el iceberg que desmembrará el barco.

No lo creo.

Ese incapaz es solo un ejemplo de la bandada de cuervos que nos asola. No tienen la menor idea de como mantener el rumbo, ni les preocupa y el único norte que parecen conocer son sus intereses y beneficios personales.
Lo mas grave es que, mientras los mas humildes se ahogan -y se llevan a otros en su manoteo por sobrevivir- ellos siguen desguazando el barco… ¡y la orquesta sigue tocando!

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