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Qué me van a hablar de amor


@| Tengamos una visión cósmica de nuestro planeta. Flotando en el silencio y en la negrura del espacio, veremos claramente la superficie de la tierra. Sin embargo, sobre esa superficie, lo más milagroso de la naturaleza es imperceptible a los ojos. La vida. Esta reflexión es solo de mensura. No califica. Pero lo cotidiano, lo plural en la noticia, los millones que en toda vida nacen y mueren de continuo, le quita notoriedad al milagro, opaca su asombro, oculta sus estupores y sus magias. Si. La vida.

Esa lotería insólita que hemos ganado, por la cual asistimos obligados a un acotado reality, donde seducir, conquistar y sobrevivir son las pautas de un sistema que poco lugar deja, muchas veces, a la propia convivencia. De todo lo que vive, la especie humana sobresale por una condición. Se da cuenta. Y lo traslada, de generación en generación, en una información ya incontrolable por si alguno quisiera. No digo a progresar, pero si es la única especie que está condenada a evolucionar. También como todo lo que vive, necesita para su existencia y perduración, obviamente de los dos sexos. El imán que los une, el deseo sexual, hace la lógica multiplicación de toda especie. Sin embargo, nuestra especie, la humana, es la única que ha incentivado este deseo a través de los siglos haciendo, paradójicamente lo que, mirá vos, pareciera buscar todo lo contrario. Ha inventado estupideces respecto al nacimiento de sus seres. Ha prohibido en casi todas sus religiones las prácticas sexuales antes y fuera de la madurez o el matrimonio, y ya no hablemos de la individual. Es la única especie que cubre su cuerpo. La única especie que hace el sexo en privado. La única que tiene lugares para andar casi desnudos y otros lugares para andar vestidos. Y si no, imaginemos una muchacha de tanga caminando por Ejido y San José, y no sé porque dije una muchacha. Es además, la única especie que tiene medias tintas como el erotismo o la sensualidad, donde quizás alimente más el deseo, insinuar que mostrar. Es la única especie donde existe la pornografía. Sería imposible imaginar una película porno de tigres, vista por otros tigres, o de jirafas, o de ardillas. Ya ni hablar de la prostitución, impensable en otra especie.

Todo, o casi, en la especie humana, trata de incentivar solapadamente, la conquista y el deseo sexual. La moda, la estética, las apariencias, las propagandas, por ejemplo de perfumes, de ropa interior o de higiene bucal, hacen que los techos sexuales que ofrece el sistema sean, a veces, tan inalcanzables como la riqueza y el bienestar de los notorios, generando una lógica e inconsciente insatisfacción y frustración que alimenta, en mayor o menor grado, al continuo consumo y deseo sexual, así sea solo marital.
Por eso esta especie no tiene época de celo, salvo el lapso de la niñez a la vejez. Por eso cada vez somos más, además de la evolución de la ciencia. No se nace híbrido. Se nace mujer o se nace varón. El sexo no es una elección. Sí lo es cambiar de sexo. Y no solo es una elección, también y sobre todo, es un derecho.

Suele suceder que para afirmar este derecho caigamos en su promoción. Ante el oprobio de la discriminación sexual, promocionar el derecho, y hasta luchar por él, considero fantástico. Lo que no se puede es magnificar a tal punto la inquietud, que raye en una aparente virtud. Si alguno piensa que se necesita “educación sexual” para la libre opción, es un desmemoriado o un hipócrita. El deseo nace antes que la razón y la deshinibición. Por eso las primeras relaciones sexuales que la mayoría hemos tenido, han sido, justamente en la niñez y en forma homosexual, a gusto o a falta de otra. El secreto y la obvia clandestinidad de esta etapa, formaban parte de uno de los primeros derechos mas esenciales de la individualidad, la fantasía y el crecimiento. Y vaya si hemos tenido opción de elegir.

No se puede educar sexo. Se puede, y se debe, informar, de tal manera que se erradique cualquier tipo de culpa o estigma. La educación sexual en la niñez queda a cargo de quienes progenitan, a cargo del ámbito familiar y social donde se crece. Y no porque sea mejor. Nada bueno sería que un niño, a esa edad, tenga un triple discurso. La escuela, el hogar, y el personal, creándole, obligadamente, un conflicto que lo afecte de por vida. Por eso el sexo, desde la niñez en adelante, es privado.
Dejemos que natura haga su trabajo, sabiamente como lo hace siempre. Conformémonos con difundir y defender la incondicional aceptación igualitaria. El amor. El amor es el corazón en la piel. Y hoy, sinceramente, después de tanta palabra no llego a la altura para hablar de él.”

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