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La faz de la tierra


*|El Museo Nacional de Artes Visuales ofrece al público, hasta el próximo 15 de octubre, una selección de las obras donadas por los artistas Enrique Silveira y Jorge Abbondanza, producidas a partir de 1960 en su taller. La iluminación que enriquece luces y sombras de estas piezas esculturales se debe al artista Javier Bassi.

El Museo Nacional de Artes Visuales exponía ya estas cerámicas en dos grupos de piezas que ocupaban un considerable espacio en el salón principal de la planta baja. Al acrecentar su acervo con la colección entera donada por los ceramistas, el Museo muestra una selección de toda su creación permitiendo ver la evolución de los artistas de una cerámica virtuosa, llamativa en su simplicidad, iluminada en su color y de carácter utilitario, al despojamiento de piezas esculturales que reflejan su mirada a “la faz de la tierra” considerando los cambios de la realidad histórica.

Si en aquel momento fue un impacto el cambio, no lo es menos hoy el contraste que esta selección permite sentir al ver el conjunto de las piezas, tan recordadas como admiradas en el transcurso del tiempo. Sin color, sin el apoyo expresivo de anteriores texturas que a las cualidades formales sabiamente agregaban una importante calidad sensual, Silveira y Abbondanza pudieron arrancar del bizcocho notas expresivas de alto contenido creando figuras esquemáticas y dramáticamente desnudas. Habían conseguido poner la cerámica no ya al servicio de una función utilitaria y estética, sino de una idea. Los grupos de piezas se ordenan mostrando la masificación de los individuos, la producción en serie, la dificultad para sobrevivir en comunidades grandes y chicas, ciudadanas o rurales.

Porque el hombre, como integrante de un gran rebaño que sigue su destino, parece haber perdido aquella libertad sin límites que a principios del siglo podía provocar la angustia de la elección.

Llegó la hora, también para los artistas, de elegir y dejar atrás aquellas piezas de refinado, depurado oficio artesanal, de superficies rugosas, texturadas, en cuyo interior el color brillaba con esmaltes que cubrían lisos espacios destinados a proteger lo esencial, lo que no está a la vista, la intimidad celosamente guardada en el secreto y la reserva. Surgieron así, las figuras de menudo tamaño, que al multiplicarse imitaban en su efecto el de las masas, cuando arrasan con su poder, superando tal vez con creces el de la suma de los individuos que las componen.

Aglutinando o separando incontables piezas, formando filas o grupos, extendiéndose como blanca expresión o como un color natural que igualaba individuos dentro de cada grupo, las figuras escultóricas, desnudas y expresivas se levantaron sobre la faz de la tierra, signos de un tiempo en que el peso de los acontecimientos amenaza con romper el equilibrio. La plasticidad de los conjuntos está dada por esas formas que se repiten y que por su propia dimensión van llenando vacíos, van equilibrando espacios, así como en la humanidad el dolor de unos y el gozo de otros compone un drama único que es en definitiva la historia del hombre de todos los tiempos.

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