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España y Cataluña

La independencia


@| Cuando un pueblo está oprimido, esclavizado, sin futuro y muerto de hambre, tiene el derecho y hasta la obligación natural de alzarse en armas y uñas contra sus opresores e independizarse de ellos.

Cuando no es ese el caso y son otras las oscuras motivaciones personales de sus iluminados líderes de turno, debiera ser deber de los promotores, metidos a sediciosos de opereta, advertir a sus inducidos sobre los riesgos que tal extremo conlleva. Por supuesto que no lo harán: son iluminados, no estúpidos.

Es de personas muy ruines y canallescas alentar una rebelión pro independentista haciéndoles creer a los movilizados que se podrá alcanzar éxito con sentadas, caceroleos, cánticos, flores y sonrisas. Cualquier mal cañón truena y truena más que un millón de cacerolas juntas. Las cacerolas solo aturden a quienes las percuten.

No es honesto exponer a inocentes como muralla de carne tras la cual se esconde la cobardía de los agitadores, que saben, muy de antemano, que las guardias del orden, en cuanto instrumentos son, habrán de cumplir con lo que les ordene la ley.

Me temo que pronto correrá sangre inocente.

Los mártires instigados, ya se sabe, siempre los pone el pueblo llano, a pie de calle. Los discursos y arengas parten de las tarimas y los balcones.
La fantasía suele ser mala consejera de cara a la vida real. No hay país, feudo, imperio, unión, dinastía, dictadura, reino o tribu, que resigne territorios buenamente, seducido por la belleza floral o la piedad. No conozco, en toda la historia universal, ni una sola independencia o conato de ella, que lo haya sido sin derramamiento de sangre.

Es de irresponsables azuzar a los pueblos en contra de la legalidad que ellos mismos, junto con otros actores sociales, mediante sus legítimos representantes, se votaron y aprobaron. Y especialmente infame es agitar viejos fantasmas, por suerte resecos como papiros, para fomentar odios artificiales.

Para bien de toda España, Franco, la Inquisición y el garrote vil, no resucitarán. Ya aquel otro fanático iluminado hizo todo el mal que pudo. No le temamos a los muertos, sino a algunos vivos, demasiado “vivos”...
Hoy las aspiraciones regionales y las injusticias de cualquier tipo podemos discutirlas y corregirlas en los Parlamentos.

¿Cómo confiar en la justicia futura y el buen criterio de unos mandos que ajustan como un cinturón de látex, de acuerdo al tamaño de sus cráneos y su panzas, la ley que nos obliga y protege a todos?

Cuando se lucha por una independencia de verdad imprescindible, se alzan banderas contundentes, no consignas infantiles.

Cuando la Banda Oriental, desnuda de todo recurso material y rodeada de enemigos, luchaba por su imprescindible independencia entre colosos americanos, no se anduvo con cobardes mariconadas de “estoy y no estoy”, “soy y no soy”, “sí pero no”. Escribió claramente y sin ambigüedades ni complejos, en la franja central de su tricolor bandera de guerra: Libertad o Muerte. O todo o nada.

Doscientos años después de aquel grito corajudo, ese concepto de patria hecha a diente y sangre, sigue brillando en el Himno Nacional de la pequeña y digna nación sudamericana: ¡Orientales! ¡La patria o la tumba! ¡Libertad o con gloria morir!

Solo quienes están dispuestos a ganar o perder todo por la dignidad, como aquellos 33 Orientales, tienen el coraje de escribir y enarbolar su posible epitafio. O merecer su independencia, si la hubiesen. Los demás es puro cuento. Puro sainete.

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