Diego Fischer
Diego Fischer

Delmira y un maestro de vida

"Un tsunami de afecto que me rompió el plan que preparé. Ando al encuentro de las palabras dignas de este momento", dijo con la voz quebrada por la emoción don José María Obaldía, el maestro que ayer lunes, a sus 92 años de edad, recibió la condecoración Delmira Agustini.

La sala Hugo Balzo del Sodre, colmada de público, fue el escenario para que la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz le entregara al docente, escritor y miembro de la Academia Nacional de Letras, el máximo galardón que otorga el MEC. En palabras de Muñoz, el MEC entrega la distinción a personalidades por sus grandes aportes a la educación y la cultura. En el caso de Obaldía fue por "su profesión de maestro y la forma de contar la vida de la gente del campo".

La ceremonia estuvo presidida por una muy lograda interpretación de un fragmento de la obra "Como pata de olla", basada en varios cuentos del homenajeado, algunos de ellos contenidos en su libro más célebre Veinte mentiras verdaderas. Con este espectáculo, los actores de El Galpón llevan más de diez años recorriendo el interior profundo del Uruguay y lo han representado también en México.

Don Obaldía, nació hace 92 años en Treinta y Tres. Llegó a Montevideo en 1950 becado por sus brillantes notas para continuar sus estudios. Terminó Preparatorios y decidió cursar Magisterio. No tenía vocación de docente, pero el primer día que se enfrentó a una clase de sexto año, se dio cuenta que lo suyo era la enseñanza.

Fue maestro durante 25 años consecutivos. Sus alumnos recuerdan como memorables sus clases y las rondas que se armaban los viernes, al final de hora en el patio, para escuchar sus historias del Olimar y del Yerbal.

En la dictadura militar fue destituido. Nunca supo la razón, porque jamás militó en política. Tal vez porque había escrito para los Olimareños algunos de sus primeros éxitos. No hubo ninguna explicación y a esta altura no vale la pena buscarla. Se dedicó entonces a escribir tiempo completo.

La escritura lo llevó a la radio, donde durante muchos años, en las tardes de Sarandí, contaba sus historias y recuerdos de su pago. Allí, donde, como dice una de sus canciones, "en una esquina escondida está esperando mi infancia".

Conocedor como pocos de la obra de José Enrique Rodó, no debe ser mera casualidad que hoy, en la Academia Nacional de Letras, ocupe el sillón que lleva el nombre del autor de Ariel. No menos admiración y conocimiento profesa hacia el minuano Juan José Morosoli, cuyo poema El vendedor de pájaros analizado en clase durante la primera inspección que tuvo, le valió la máxima calificación que un docente podía aspirar entonces.

Maestro, escritor, narrador oral excepcional y por sobre todas las cosas Obaldía es un hombre bueno, en el buen sentido que Antonio Machado le dio al término. Pese a que hace un par de meses perdió a su esposa doña Elsa Miraballes, luego de más de seis décadas de matrimonio, está agradecido a la vida.

Las palabras con que cerró su discurso lo dicen todo: "Sea dado o sea prestado has de agradecer. Solo el ladrón se va callado".

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