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La última columna

Como todos los jueves, Carlos Maggi había adelantado su columna para el domingo. Y este no fue la excepción. Su mensaje póstumo estuvo dedicado a una de sus grandes batallas periodísticas, el cigarro. Allí está “Philip Morris o el terror del humo”. Es que el tema del tabaquismo era un asunto que realmente le importaba y le preocupaba. Sabía era sinónimo de vidas desperdiciadas en calidad y muertes implacables. “Si convenzo a uno que deje de fumar -confesaba- habré salvado una vida. Con eso me puedo ir tranquilo…”

Como todos los jueves, Carlos Maggi había adelantado su columna para el domingo. Y este no fue la excepción. Su mensaje póstumo estuvo dedicado a una de sus grandes batallas periodísticas, el cigarro. Allí está “Philip Morris o el terror del humo”. Es que el tema del tabaquismo era un asunto que realmente le importaba y le preocupaba. Sabía era sinónimo de vidas desperdiciadas en calidad y muertes implacables. “Si convenzo a uno que deje de fumar -confesaba- habré salvado una vida. Con eso me puedo ir tranquilo…”

Hombre bueno y sabio era Maggi. Frisaba los 92 años, pero de su retiro, de optar por el camino del descanso, de “aflojar un poco” en la nutrida agenda con que empezaba cada día, ni se hablaba. No estaba en sus planes ni le interesaba. Su felicidad y su disfrute de la vida iba por otros caminos: la Tertulia de los Viernes en la radio, su columna en el diario, las presentaciones de libros, las charlas donde lo llamaran, sus reuniones políticas, sus amigos y, sobre todo, su familia. Cuando la muerte lo encontró en la madrugada del viernes, hacía 48 horas que había regresado de Venecia donde asistió a la presentación de la obra de su hijo Marco, en el pabellón uruguayo de la Bienal.

Era un hombre público, apreciado y sumamente respetado, tal vez porque nunca abandonó el trato humano y solidario fuera donde fuere. Abogado, escritor, apasionado de la historia y, sobre todo, de Artigas, prácticamente no hubo temas trascendentes que escaparan a su estudio y le fueran ajenos. Toda la amplia gama de actividades que desplegó tuvieron siempre el sello de su enorme cariño al abordarlas y una profesionalidad ejemplar para desarrollarlas.

En esta época donde los años pasan con la densidad de los siglos, Maggi había aceptado el difícil reto de estar siempre al día. Tenía una capacidad impresionante para aprender y una mente abierta a los cambios, que le permitía digerir e incorporar con rapidez el inmenso panorama que ha llegado de la mano con la tecnología. Pero a todo eso Maggi lo miraba y buscaba aplicarlo con el cristal de sus viejos códigos y principios: libertad, igualdad, solidaridad, respeto a la Constitución y al Estado de Derecho.

Colorado, batllista, fue fundador del Frente Amplio en 1971, aunque rápidamente regresó a su partido. Su identificación con esa divisa nunca le impidió juzgar los hechos con objetividad, reconocer las virtudes de los adversarios y los errores de sus compañeros. No es una tarea fácil; hay que tener grandeza de espíritu, y eso a él le sobraba. Nunca escribió para agradar a la barra, sino para decir lo que pensaba y lo que sentía, cómo eso podía beneficiar o dañar a su país.

Pocos años después del regreso a democracia, Maggi juntó a Mauricio Rosencof, notorio tupamaro, uno de los rehenes de la dictadura, con el Gral. Hugo Medina, el último comandante en jefe de ese período y luego ministro de Defensa del gobierno de Sanguinetti. Parecía difícil conciliar esas posiciones tan antagónicas. Pero Maggi lo logró. Encontró un motivo para trabajar todos juntos, con la esperanza de que eso fuera un ejemplo para la reconciliación de los uruguayos. Crearon el Inpan (Infancia Patrimonio Nacional), una organización abocada a dar alimento a niños de escuelas carenciadas (distribuyó un millón de bandejas). El Inpan funcionó muy bien, la reconciliación de los uruguayos, no.

Junto a Rodolfo Sienra Roosen (mañana, 18 de mayo se cumplen tres años de su fallecimiento), Guillermo Stirling, Adolfo Castells Francisco Faig, y Eugenio Baroffio, fundó la Concertación Ciudadana que con el tiempo devino en el Partido de la Concertación. Su objetivo era recuperar Montevideo y brindarle calidad de vida a los vecinos de la ciudad.

Podríamos seguir, porque hablar de Carlos Maggi da para mucho más. Pero hoy se trata, simplemente, de la despedida y el recuerdo de sus compañeros de El País. Se fue un Grande y lo vamos a extrañar.


PHILIP MORRIS O EL TERROR DEL HUMO


Philip Morris International (PMI) presentó una demanda contra el Estado uruguayo en busca de una reparación económica, vistas las medidas adoptadas por el gobierno del presidente Tabaré Vázquez contra el consumo de cigarrillos, en su primera presidencia.

La multinacional argumenta que tres normativas perjudican sus inversiones en el país, cercenan su derecho a utilizar sus marcas registradas.

Una de las medidas aprobadas por el gobierno en marzo del 2009, prohibió vender distintos tipos de presentaciones de esa marca de cigarrillos. Eso significó para la empresa retirar siete de los doce productos que vendía en Uruguay.

El director de comunicaciones regulatorias de Philip Morris, Morgan Rees, dijo a la publicación “International Trade Daily” que si bien la intención de la resolución era evitar el uso de términos engañosos en las etiquetas, como el “lights”, que pudieran llevar al consumidor a pensar que un producto era menos peligroso que otro, “a través de las normas reglamentarias se llegó mucho, mucho más lejos”.

Al tener que retirar productos de plaza, como el Marlboro Gold, Marlboro Greeny Marlboro Blue, la empresa argumenta que se le ha dado un trato injusto.

“No nos queda más remedio que litigar” -dijo Morgan Rees. “Creemos que la eliminación de las marcas no ha servido a los objetivos de salud pública y, en cambio ha llevado a los consumidores a cambiar por marcas locales o de contrabando” -le dijeron a “BBC Mundo” fuentes de Abal Hermanos, la filial en Uruguay.

La empresa entiende que el gobierno viola los términos del tratado de promoción y protección de inversiones, celebrado entre Suiza y Uruguay, en 1998. La controversia se resuelve en el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi), dependiente del Banco Mundial BM), donde fue radicada la denuncia.

En ese foro, se formó el tribunal arbitral con un árbitro por cada parte y un tercer árbitro, elegido y aceptado por los litigantes.

Lo que más importa en este y en todos los litigios sometidos a resolución judicial, es definir con precisión el objeto del pleito incoado.

Uruguay toma medidas para controlar el tabaquismo y Philip Morris demanda alegando que determinadas medidas violan lo acordado, cuando se realizó la inversión de la tabacalera.

La diferencia surge cuando nuestro país, siguiendo los pasos de la Organización Mundial de la salud, controla a fondo; y la venta de cigarrillos disminuye.

Pienso que así planteado, la tabacale- ra tendría chance de ganar el pleito. Al firmar el contrato en Suiza, Uruguay no encaraba el tabaquismo en toda su maldad y admitió lo que ahora está impedido de admitir.

Hay un hecho interferente a considerar entre la fecha en la cual fue firmado el contrato con Philip Morris y la fecha en la cual Uruguay cambió su actitud: se produjo una declaración del Banco Mundial que cam-bió la situación en virtud de 18 investigaciones que financiara el BM, que dieron a conocer una verdad científica que nadie pudo discutir: fumar tabaco causa la muerte de la mitad de los fumadores crónicos. Y está probado.

A partir de ese momento la Organización Mundial de la Salud, empezó una campaña para el control del tabaco, a la cual se afilió Uruguay.

Probada la terrible proporción (de cada dos fumadores, uno morirá víctima del tabaco) lo comprometido por Uruguay a la empresa Philip Morris se hizo ilícito. La ilicitud puede ser superviniente.

La Constitución de Uruguay prevé en forma inequívoca en su artículo 44: “Todos los habitantes tienen el deber de cuidar su salud”.

La ilicitud de tolerar ventajas en la ven- ta de cigarrillos mortales, se hizo palmaria y Uruguay ciñó su plan, al plan progresivo de la OMS.

Encaminados los ciento noventa países del planeta Tierra, a suprimir un agente maligno, causante de la peor epidemia voluntaria que existe, nuestro país fue uno de los más decididos en acepar y cumplir las sabias medidas aconsejadas por la OMS, en su tarea contra las fábricas de cigarrillos que mataban en nuestro país quince personas por día.

Uruguay, que recibió inversiones de Philip Morris, se comprometió a respetar los negocios del inversor. ¿Ha cumplido o no, Uruguay con lo prometido? Cumplió mientras pudo hacerlo.

“Si es así no nos queda más remedio que litigar” -aseguró Rees. La empresa ha tratado de dialogar con el gobierno, sin éxito.

El éxito lo ganó Uruguay; gracias a la política antitabaco adoptada por el presidente Vázquez desde el año 2006, el consumo cayó del 50% al 31%. Las defunciones diarias disminuyen.

La tabacalera entiende que esto va contra su derecho “nos impide mostrar nuestras marcas de manera razonable”.

Y sí. Vende menos. Uruguay es uno de los países que cuenta con normas antitabaco más estrictas en todo el mundo. Fue el primer país libre de humo de tabaco en todo su territorio y uno de los primeros en prohibir fumar en lugares cerrados como oficinas y restaurantes.

Para el presidente Vázquez, oncólogo de profesión, la lucha contra el tabaco fue una prioridad durante su primer gobierno, y una de sus últimas medidas, antes de dejar su puesto el 1º de marzo, fue subir los impuestos a los cigarrillos.

La decisión fue criticada no solo por las tabacaleras sino también por los vende- dores de cigarrillos. El director de la Aso- ciación de Quioscos, defiende su ganancia funesta.

El asunto uruguayo ha llamado la atención internacional: se juega la protección de las inversiones contra la vida de la gente. La sentencia que dicte el tribunal en este caso será importante no solo para los involucrados sino para todo el mundo, porque se estaría sentando un precedente para todos los países que estén planeando normas antitabaco similares a las de Uruguay.

Uruguay no ha sido el único blanco de Philip Morris International. La tabacalera presentó una demanda contra el Estado noruego por prohibir la exhibición de los paquetes en los estantes de los quioscos y tiendas autorizadas para su venta. El gigante de la industria argumenta que no hay ninguna prueba científica de que las medidas uruguayas logren efectos positivos para la salud. “Esta prohibición no ha logrado que más personas dejaran de fumar en los países donde se ha implementado. Hemos discutido este asunto con el gobierno sin éxito. No nos ha dejado otra opción que ir a juicio” -dijo la representante de la empresa. Pero esa queja no toma en cuenta un hecho contrario al valor supremo.

Uruguay es la prueba viva: cumplió el contrato, mientras pudo. Esa es la verdad. Cuando un contrato pierde su adecuación a derecho, deja de obligar.

Por supuesto, el juicio no se hace para cobrarle a Uruguay una magra ganancia, se hace para configurar un precedente contra la acción de la OMS. El agente exterminador, no ceja en su afán lucrativo.

El jurado tiene tres miembros y dos de ellos tienen su voto comprometido, uno de cada lado. Vale decir: el presidente de ese jurado falla por su cuenta, hace lo que quiere.

Y ¿qué querrá ese buen hombre: la bolsa o la vida?

¿Qué son quinientos o seiscientos millones para la mayor tabacalera? Ganando tiempo, ganará más que lo que cuesta el soborno. Por momentos la parsimonia noble de la OMS duele.

Si el presidente del jurado imagina to- do el bien que puede hacer, disponiendo de una fortuna interminable… estamos perdidos.

¡Ah!... Si ese presidente vota a favor de Uruguay, lo veremos salir por la ventana, hecho un ángel volador. ¿Usted cree en los ángeles? Yo creo en la OMS, que mueve los hilos invisibles de la razón y de la vida. 

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