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Solo tres palabras

Días atrás, la crónica policial recogió la noticia de que un comercio de la ciudad de Rivera había sido asaltado. Hasta aquí, nada muy extraño en estos tiempos. Pero el asunto tenía otra faceta: se trataba del robo número cien de los que ha sido víctima dicho almacén.

Días atrás, la crónica policial recogió la noticia de que un comercio de la ciudad de Rivera había sido asaltado. Hasta aquí, nada muy extraño en estos tiempos. Pero el asunto tenía otra faceta: se trataba del robo número cien de los que ha sido víctima dicho almacén.

Todo lo cual lleva a preguntarse cómo se podrán historiar en el futuro las cosas que ocurren en estos años de comienzos del siglo XXI. Volviendo al tema de los asaltos, cabe recordar que en otros tiempos uno solo bastaba para alimentar por lapsos prolongados, la imaginación de los uruguayos. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el asalto al Cambio Messina, protagonizado por anarquistas, una tarde de octubre de 1928. Ese hecho de sangre motivó comentarios de todo color, durante años. Ahora un solo local comercial contabiliza más de un centenar de robos y la cosa sigue.

En otros rubros también. Hace algunas décadas, un choque entre dos motos era una curiosidad. Algo extremadamente inusual. Y el día que el que esto escribe vio a un motociclista impactando contra un caballo, quedó estupefacto. Hoy los choques de birrodados, suman miles y miles, con los de moto versus moto o moto versus animal, agregándose a la larga lista sin mayores asombros. No otra cosa ocurre con muchos otros temas donde, además, se acumula información de un volumen que pocos años atrás habría sido impensable.

Esto nos lleva otra vez a lo planteado más arriba: cómo en el futuro se escribirá la historia de nuestro tiempo. Algo que conduce a recordar cierto relato de Anatole France. Un texto que si no es verdad está por lo menos bien logrado.

El Premio Nobel de Literatura del año 1921, que en realidad se llamaba Francois-Anatole Thibault, cuenta que en Medio Oriente había un príncipe que llegó a reinar cuando aun era muy joven. Juzgó entonces que necesitaba conocer la historia de la humanidad para poder actuar. Fue así que sus cortesanos convocaron a cuanto sabio había a su alcance y les encomendaron el trabajo de redactar esa historia. Los sabios se retiraron. Al cabo de largos años, los habitantes del palacio real vieron llegar una caravana de camellos cargados con enormes tomos. Era la caravana de los sabios que habían hecho su trabajo.

Cuando los viajeros fueron recibidos, el rey les agradeció su esfuerzo, pero explicó que lo que le traían no le servía: necesitaba una versión abreviada de la historia. De lo contrario, no podría jamás llegar a conocerla en forma completa. No podía leer todos aquellos volúmenes.
Los sabios se retiraron. Otra vez pasaron los años y una nueva caravana, más reducida pero con varios tomos a cuestas, llegó. El rey recibió a los sabios y nuevamente explicó que no podría enfrascarse en la lectura de todo aquello. Quería algo aún más breve. Se repitió la instancia y cuando los sabios volvieron con algunos libros, el rey les dijo: “No, no. No puedo leerlos. Piensen que ya tengo mucha edad. Me quedan pocos años de vida. Hagan algo mucho más corto y en menor tiempo.”

Una vez más los sabios treparon a sus camellos y partieron. Pero esta vez volvieron poco tiempo después. Aun así ocurrió que el día que llegaron al palacio, el rey moría. No pudo leer lo que le habían traído. Los sabios se fueron como habían llegado: con una sola hoja de papel en sus manos. Allí habían escrito tres palabras: “Nacieron, vivieron, murieron”.

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