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Regreso a Vilcabamba

Hace algunos años llegué a Vilcabamba, un pequeño pueblo en la provincia de Loja, en Ecuador. Quería conocer ese sitio famoso por la longevidad de sus felices habitantes. Me establecí en una posada sin puertas (no hay ladrones o merodeadores en Vilcabamba) y recorrí la zona. Primer paso, el hospital: allí los médicos estaban jugando a las cartas porque, explicaron, hay poco trabajo para ellos. Segundo paso, el pueblo: munido de una lista de lugareños centenarios suministrada por los doctores, visité a buen número de ellos. Cada uno cantó su edad y, de buen humor, uno a uno fueron describiendo su estilo de vida. En general faltos de dinero, se dedicaban alegremente al trueque, a la comida natural, al trabajo al aire libre.

Hace algunos años llegué a Vilcabamba, un pequeño pueblo en la provincia de Loja, en Ecuador. Quería conocer ese sitio famoso por la longevidad de sus felices habitantes. Me establecí en una posada sin puertas (no hay ladrones o merodeadores en Vilcabamba) y recorrí la zona. Primer paso, el hospital: allí los médicos estaban jugando a las cartas porque, explicaron, hay poco trabajo para ellos. Segundo paso, el pueblo: munido de una lista de lugareños centenarios suministrada por los doctores, visité a buen número de ellos. Cada uno cantó su edad y, de buen humor, uno a uno fueron describiendo su estilo de vida. En general faltos de dinero, se dedicaban alegremente al trueque, a la comida natural, al trabajo al aire libre.

Estaba seguro de haber encontrado el valle de la felicidad. Sin embargo, más recientemente hallé un informe de estadounidenses que sostienen que Vilcabamba y sus habitantes de hasta 135 años de edad, configuran un mito. Algunos sostienen que la longevidad de los que allí viven no es nada más que el resultado benéfico de ejercicio, dieta sana y buen tratamiento de los viejos por la comunidad. El Dr. Alexander Leaf, de la Harvard Medical School sostiene que sus sospechas respecto de las largas vidas fueron despertadas por los nativos que, dice, mentían sus edades. Por ejemplo, dijo que en 1971 se había encontrado con un hombre que decía tener 122 años, pero cuando Leaf volvió tres años más tarde la misma persona dijo tener 134 años.

Luego de eso Leaf persuadió a otros dos doctores para que lo ayudaran a determinar las edades correctas de las personas mayores de Vilcabamba. Llegaron a la conclusión de que no había ni un centenario en Vilcabamba. Según ellos el más viejo tenía 96 años y la edad media de los que decían tener más de 100 años era 86 años.

Cuando ya estaba por caer de espaldas ante este socavamiento del ámbito feliz que había creído encontrar en un sitio de clima templado y estable, en aquel rincón paradisíaco del sur de Ecuador, encontré que hay múltiples búsquedas de la felicidad. Hasta hay una búsqueda científica. Entre quienes hacen la disección de la felicidad para buscar sus ingredientes figuran psicólogos, economistas y sociólogos. Miles de artículos científicos sobre este tema han sido publicados y hasta hay una Revista de estudios sobre la felicidad y una base de datos mundial que recopila información.

Por su parte, la Unión Europea financió el proyecto Happiness que analiza cómo influyen las condiciones ambientales en el bienestar subjetivo. Todo esto ha llevado a Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía de 2002 a razonar así: si la felicidad es el motor del comportamiento humano, hay que determinar cómo medirla. Para ello están las respuestas a la pregunta “¿Cómo es usted feliz?” lanzada por el European Social Survey. Hay otras encuestas similares. El World Values Survey o el Eurobarómetro, por ejemplo. Pero los resultados de estas encuestas nos dan a grandes rasgos el siguiente panorama: en los países ricos se es más feliz que en los pobres, pero superado un nivel mínimo de riqueza, dinero y felicidad, aunque la capacidad adquisitiva se multiplique, el sentimiento de bienestar apenas varía.

A esta altura da la impresión de que más vale no desmenuzar excesivamente el asunto. Tanto análisis científico desdibuja la felicidad.

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