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El precio de la vida

Es fama que uno de los indicadores para conocer el costo de vida o el nivel de precios de un país es el valor de una Big Mac. Por supuesto que hay otros, como un café o el minuto de telefonía celular. Esos parámetros parecen razonables en el sentido de la comparación internacional que permiten.

Es fama que uno de los indicadores para conocer el costo de vida o el nivel de precios de un país es el valor de una Big Mac. Por supuesto que hay otros, como un café o el minuto de telefonía celular. Esos parámetros parecen razonables en el sentido de la comparación internacional que permiten.

En Uruguay se ha instalado un nuevo índice por la vía de los hechos y ha trascendido por la ola de ajustes de cuentas que vienen produciéndose y que la crónica policial consigna un día sí el otro también.

Según una información volcada en este diario días atrás, en el barrio Casabó, los sicarios aceptan matar a cualquiera por 3.500 pesos, pagados con una tiza de pasta base y mil pesos en efectivo. De modo que el precio de una vida se estima en 140 dólares. O, en términos más gráficos y comprensibles, a alguien pueden matarlo por lo que cuestan un par de championes de marca.

La muerte, entonces, tiene en Uruguay su tarifa expresada en valores monetarios y en especias, porque esas 50 dosis de pasta base -flagelo que merecería una preocupación similar a la que se ha puesto en regular el mercado de la marihuana- implican que una vez cobradas se comercialicen. Con ello, el sicariato acumula delitos de sangre y de tráfico y sus ejecutores terminan empantanados en una miseria por ahora irredimible. Por supuesto que la mayoría de ellos son menores, como prueban las detenciones que a veces logra la policía.

Pero lo inquietante del asunto también es el monto de lo que se paga por un crimen. ¿Hay un mercado que determina esa tarifa? ¿Quién o qué lo regula y en función de qué parámetros o necesidades se calcula? ¿Se trata de una cifra antojadiza o ella se impone por las leyes de la oferta y la demanda? Se puede ir mucho más lejos e inferir que ese es el precio por el que cualquiera puede ser asesinado sin importar si tiene o no una cuenta pendiente con los que dominan ese mundo tenebroso y marginal. El deterioro de nuestros valores ha descendido a niveles en los que matar es para muchos una ocupación válida para hacerse de 3.500 pesos. En definitiva la vida humana no vale absolutamente nada, ya que la marginalidad empuja a que el límite moral sea inexistente y dar muerte a un semejante un acto banal. La asesina del taxista, con catorce años y embarazada, no expresó arrepentimiento alguno por lo que hizo para llevarse apenas cuatro mil pesos. El arrepentimiento necesita siempre de una conciencia que distinga el bien del mal, nociones que en ciertos estratos de la sociedad en que vivimos ya no significan nada.

De manera que tenemos un nuevo oficio prosperando en algunos barrios: el de sicario que, como en otros países de Latinoamérica, goza de un estatus que si no se toman medidas pronto adquirirá cada vez más prestigio.

Me refiero a ese prestigio que la miseria alienta en individuos que acaso no tuvieron oportunidad de ser otra cosa porque la educación y la contención familiar se han desintegrado en sectores sociales cada vez más crecientes. Derrapando en una moto pueden vaciar un cargador sobre cualquiera y levantar luego su salario. Entre sus pares nadie va a condenarlos ni a cuestionar sus acciones. Matan para vivir y tienen claro cuánto cobran por ajustar cuentas.

Es importante reparar en esta dramática realidad cuando la noche de las familias está a pocas horas de comenzar y el amor y la paz nos embargan.

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