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Es oro lo que reluce

La última semana fue la mejor de los últimos meses para el valor del oro. Éste superó en forma constante los 1.300 dólares la onza. Esa onza que en abril de 2005 estaba a US$ 432,70 y exactamente un año más tarde a US$ 656,70, trepando a más de 800 dólares en diciembre de 2007. En ese entonces se anunciaba como una interesante posibilidad el que en los mercados áureos se llegara a un precio récord de mil dólares la onza.

Claro que esta valorización es un tanto relativa. Marc Faber, editor de Gloom, Boom & Doom Report ha dicho que ella se debe en parte al debilitamiento de la moneda estadounidense. Quienes tienen oro, si lo venden obtendrán más dólares que antes pero esos dólares tienen menor poder adquisitivo y probablemente valdrán menos aun en el futuro.

Hace cien años, al estallar la Primera Guerra Mundial y cuando los submarinos alemanes podían hundir los barcos que llevaran a Europa el oro extraído de las minas de Sudáfrica, se optó por no embarcarlo. Una part

La última semana fue la mejor de los últimos meses para el valor del oro. Éste superó en forma constante los 1.300 dólares la onza. Esa onza que en abril de 2005 estaba a US$ 432,70 y exactamente un año más tarde a US$ 656,70, trepando a más de 800 dólares en diciembre de 2007. En ese entonces se anunciaba como una interesante posibilidad el que en los mercados áureos se llegara a un precio récord de mil dólares la onza.

Claro que esta valorización es un tanto relativa. Marc Faber, editor de Gloom, Boom & Doom Report ha dicho que ella se debe en parte al debilitamiento de la moneda estadounidense. Quienes tienen oro, si lo venden obtendrán más dólares que antes pero esos dólares tienen menor poder adquisitivo y probablemente valdrán menos aun en el futuro.

Hace cien años, al estallar la Primera Guerra Mundial y cuando los submarinos alemanes podían hundir los barcos que llevaran a Europa el oro extraído de las minas de Sudáfrica, se optó por no embarcarlo. Una parte del mismo se conservaba para Estados Unidos, otra para Inglaterra, una más para Francia y así sucesivamente. Fue como resultado de ello que Bertrand Russell sugirió: "¿Por qué no dar un paso más en esta ficción y considerar que el oro ha sido extraído, dejándolo en paz bajo tierra?".

Russell decía: "Si yo digo que guardo cien libras para un día lluvioso, tal vez sea sabio. Pero si digo que, por muy pobre que llegue a ser, nunca gastaré las cien libras, éstas dejan de ser una parte efectiva de mi fortuna y tanto valdría que las hubiera regalado".

Pensamiento que, por más razonable que parezca, difícilmente se podría aplicar considerando ciertas realidades que se arrastran desde tiempos remotos. La fascinación por el oro ya existía en el Egipto de los Faraones, en la antigua Grecia y entre los nativos de América. Y el elemento número 79 de la Tabla de Mendeleiev actualmente sigue siendo atesorado en lingotes, plaquetas, pequeñas esferas, barras, medallas, tabletas, monedas y alhajas.

Recuerdo que hace años visité en los Estados Unidos a un señor que me confió que poseía más de treinta kilos de oro guardado en varios lugares diferentes. En la bóveda de un banco suizo tenía varios kilos que nunca había visto. Aun así se sentía seguro de que su oro estaba allí y que llegado un día lluvioso, podría juntarse con él. Otro tesoro no menos importante lo conservaba enterrado en el jardín de su casa. Hacía tiempo que no lo veía. Yo tampoco lo vi, pues solo señaló con vaguedad el sitio donde se hallaba y donde es posible que se halle todavía hoy.

Hay también viejas fábulas relacionadas con el tema. Como la de la desafortunada gallina de los huevos de oro o la del rey Midas, quien obtuvo de los dioses el don de que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Al principio le pareció algo muy conveniente. Pero cuando su hija quedó petrificada (o más bien metalizada) en el momento que la besó, se empezó a preocupar. Y cuando el alimento que necesitaba para sobrevivir pasó a ser oro antes de que pudiera tragarlo, el asunto empeoró y Midas se sintió tan espantado que tuvo que pedir a los dioses que lo dejaran sin aquel don.

Estamos bien entrados en el siglo XXI pero no parece que todos estos relatos añejos estén muy alejado de muchos comportamientos de la actualidad.

Entretanto y comprensiblemente, la cotización internacional del precioso metal sigue trepando.

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