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La oposición visible y la secreta

Dijo el Presidente Mujica: “La gobernabilidad de un país es muy difícil cuando no se tiene respaldo parlamentario (!) y los hechos cuentan y demuestran desgraciadamente que las tonalidades políticas priorizan por encima de todas las cosas; y no estoy criticando a la oposición actual. Es muy difícil gobernar si no se tiene, un gran peso en las organizaciones sociales (?) porque gobernar con viento en contra implica correr el riesgo de paralizar el país”. (El País, 11/6/14).

Dijo el Presidente Mujica: “La gobernabilidad de un país es muy difícil cuando no se tiene respaldo parlamentario (!) y los hechos cuentan y demuestran desgraciadamente que las tonalidades políticas priorizan por encima de todas las cosas; y no estoy criticando a la oposición actual. Es muy difícil gobernar si no se tiene, un gran peso en las organizaciones sociales (?) porque gobernar con viento en contra implica correr el riesgo de paralizar el país”. (El País, 11/6/14).

Es evidente que si el Presidente no se refiere a la oposición formal, cuando habla del gran peso de las organizaciones sociales, solo puede referirse a los entes autónomos y a los sindicatos privados, que son los únicos que pueden paralizar el país. Cuando a la Constitución se le alteran los verbos, cuando ella dice: habrá un Poder Ejecutivo y nadie puede ejecutar; cuando el gobierno resuelve y el resultado es otro diametralmente opuesto a lo que quiere el gobierno, la Constitución se cansa y cada vez rige menos, se desentiende porque es desatendida, arrumbada, inerme.

Por eso las grandes reformas que se barajan, cuanto más grandes, más imposibles. Los países no se curan con recetas jurídicas, ni con remedios políticos. ¿Qué pasaría en el Congo Belga si de pronto entrara a regir la constitución francesa? Habría un caos. Los ciudadanos deben empezar por elevar su cultura para ser capaces de entender y hacer lo más adecuado.

Una constitución es en sí, un mero conjunto de palabras dormidas, que solo entran a regir en la medida que los usuarios las sienten en todo su alcance: un sentir fraterno hace la unión en la cual convive una sociedad de compatriotas.

No son cosa banal los hechos disolventes en una república. Hay repúblicas que se disuelven voluntariamente. Los ciudadanos prefieren romper el sentimiento que los une. Checoeslovaquia , Yugoslavia son ejemplo de lo que digo. También hay movimientos separatistas, en España y el Reino Unido.

La existencia de una constitución republicana no radica en su vigencia formal, sino en el acatamiento que genera en los ciudadanos y especialmente en el cuidado que pongan los gobernantes electos, encargados de hacerla cumplir.

Que se presencie, como hemos presenciado aquí y no hace mucho, resoluciones inconstitucionales tomadas por el parlamento uruguayo, a sabiendas de que eran contrarias a la Constitución, es un hecho disolvente que va contra el lazo que nos que une. En cualquier sociedad fuertemente apasionada, basta proceder de manera excéntrica, para perder prestigio. El sentimiento nacional es condicionante. La frase “lo peor no es lo peor” (que tantas veces se repite entre nosotros) refiere a un pensamiento vinculado a la inestabilidad constitucional. Lo peor no es o peor, cuando se piensa que el sistema republicano y democrático, no es el más conveniente.

Los ultras no cometen ningún delito por pensar así, mientras no incurran en las conductas previstas en el código penal. Es más: puede suceder que los ultras, lejos de ser apartados por no seguir la línea de la mayoría, tengan éxito; y puede pensarse más allá: que si llegan a ser mayoría ejercerán el poder y podrán sustituir el sistema actual. Nuestra república otorga varios modos de modificar su letra, siempre y cuando una mayoría suficiente, abra la vía de una reforma.

Quien meramente piensa y hace pensar, pasa de una filosofía a otra sin engañar la buena fe, no es un traidor, es nada más que un desconforme profundo, al cual la academia de la lengua llama “tránsfuga”, sin que tal denominación implique otra cosa que calificar a quien pasa de una opinión a otra. Asunto inverso sería acompañar con violencia, las diferencias de opinión.

Quienes desprecian el país en el cual viven, tienen derecho a buscar una solución acorde con su rechazo.

Del grado “países en desarrollo” no es fácil salir; por lo regular se sale por todo lo alto, atendiendo a una cultura generalizada, capaz de superar las “organizaciones sociales” que anteponen su interés personal, al bien general; y así, impiden el desarrollo y la concordia.

Cuando uno logra hacerse votar, exaltando la pasión partidaria, y después resulta que se desapasiona de golpe y se va de sus principios y tira para el lado de su conveniencia particular o del grupo ¿No corresponde tratar a esos insinceros, por lo menos, como abusadores de la función que ejercen? La grosería política en cuanto comete un acto en provecho personal, es francamente inmoral y descalifica. Y esto vale tanto en el caso individual, como en el caso de una asociación para morder todos juntos. En este punto exacto, se separa la defensa del interés legítimo de los sindicatos, de la maniobra para medrar sin considerar los daños causados a terceros.

El abuso de derecho se hace claro, en el caso de la enseñanza pública. Si se atiende al caso de los estudiantes, son los rehenes de los cuales se saca provecho. La acción gremial para conseguir lo que piden, determina indirectamente que más de la mitad de los estudiantes de los barrios pobres pierda para siempre, su oportunidad de formarse y quede indefenso de por vida. La mera contemplación de los números resulta dramática. No queda ni la sombra de una duda; los resultados denuncian una violación de lo dispuesto por la Constitución. Se configura inequívocamente, un abuso de derecho. Para obtener un bien personal se produce un mal ajeno irreparable contra personas ajenas al litigio, sin defensa.

La acción sindical desmedida no es lícita, aún cuando la reclamación sea legítima. La acción, por ser sindical, no legaliza todas sus consecuencias. La gravedad de las interrupciones del trabajo docente puede comprobarse y medirse.

Las comprobaciones aseguran que nuestra escuela valeriana y nuestros liceos en los barrios pobres donde nacen la mayoría de los orientales, están arruinados, como si hubieran sido el blanco de un bombardeo. En Maroñas los repetidores son más del 50% desde hace años y el Pisa avisa que las zonas difíciles del Uruguay ostentan los peores resultados. ¿Qué estamos esperando para salvar a nuestros muchachos desamparados? La idea, según se ha publicado, es suprimir la repetición ¡No divulgar el fracaso, completaría el abandono de las víctimas!

El Diccionario de la Academia confirma, en su definición lo que pretendo demostrar: Traición: “se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.”

El docente que se concierta con sus colegas para no cumplir con su trabajo, actúa contra el Estado exigiéndole algo que el Estado no le da y su huelga se justifica, pero en cuanto a la fidelidad o lealtad que se debe guardar con los alumnos, comete una traición profesional. Un médico no puede abandonar a sus enfermos por razones sindicales; los enfermos morirían, que es un hecho irremediable. Del mismo modo, los docentes no pueden abandonar a sus estudiantes por razones sindicales; la vida adulta de los estudiantes depende de la continuidad de sus estudios.

Está probado por las cifras de repetición y de deserción. Ha pasado demasiado tiempo de horrible castigo contra chiquilines, cuyo único delito es ser pobres.

Tiene razón el vice presidente Raúl Sendic, la enseñanza pública, la educación y más educación, es un servicio público esencial y como tal debe ser encarado para exigirlo y para pagarlo. Y nada malo va a suceder. Los trabajadores no van traicionar a sus hijos.

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