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Los olvidados

Las “casas de salud”, generalmente son ámbitos de respeto hacia el internado. Sin embargo, se han multiplicado en el Uruguay moderno las que en muchos casos deberían llamarse “casas de insalubridad”. Para quien es caminante frecuente de Montevideo, no le ha de resultar raro pasar frente a ellas, donde jardines, delantales blancos y nombres alusivos a bellos atardeceres suelen enmascarar ámbitos que en realidad rechinan con todo esto. La imagen clásica del grupo familiar de otrora, con la presencia simultánea de niños, jóvenes, adultos y ancianos, se va deslizando hacia el olvido en estos tiempos en que la vida luce más apresurada que sentimental y por lo tanto estas prisas deshumanizantes se multiplican. El encaminamiento de gente de la “tercera edad” hacia acuartelamientos donde viven en condiciones lamentables o peor que lamentables. Fue ni más ni menos que el jerarca de la Secretaría Nacional de Cuidados del Mides, Julio Bango quien habló de esto y dijo que en algunos de esos recint

Las “casas de salud”, generalmente son ámbitos de respeto hacia el internado. Sin embargo, se han multiplicado en el Uruguay moderno las que en muchos casos deberían llamarse “casas de insalubridad”. Para quien es caminante frecuente de Montevideo, no le ha de resultar raro pasar frente a ellas, donde jardines, delantales blancos y nombres alusivos a bellos atardeceres suelen enmascarar ámbitos que en realidad rechinan con todo esto. La imagen clásica del grupo familiar de otrora, con la presencia simultánea de niños, jóvenes, adultos y ancianos, se va deslizando hacia el olvido en estos tiempos en que la vida luce más apresurada que sentimental y por lo tanto estas prisas deshumanizantes se multiplican. El encaminamiento de gente de la “tercera edad” hacia acuartelamientos donde viven en condiciones lamentables o peor que lamentables. Fue ni más ni menos que el jerarca de la Secretaría Nacional de Cuidados del Mides, Julio Bango quien habló de esto y dijo que en algunos de esos recintos se violan los Derechos Humanos de los pacientes.

Pero este alto funcionario también parece dejar caer los brazos cuando agrega: “Con el Ministerio de Salud Pública tenemos un enorme desafío en cuanto a que esa cartera cumpla con su función de hacer la fiscalización sanitaria de estas residencias. En estos momentos, tendríamos que cerrar un tercio de los centros residenciales que existen en todo el país y no lo vamos a hacer porque el Uruguay no tendría condiciones de poner a esas personas en otro lugar”.

¿Se puede decir algo así frente al sufrimiento y las vejaciones que en algunas “residencias” se infligen a los internados?¿ Es aceptable que se nos diga que no hay soluciones rápidas y que habrá que esperar largamente ya que sostiene que nada menos que en cinco años este gobierno se propone “generar las políticas regulatorias y de supervisión para llevarlo adelante”?

Muchos de los internados están en el último tramo de su existencia. Tiene que haber soluciones veloces que den un sacudón a los empresarios de la tristeza, a los que comercian con la desventura. Es una lección recomendable en materia de comportamiento humano, el visitar algunos de estos lugares donde tras de rejas se respiran aires contaminados, donde personas sin afinidad alguna entre sí duermen hacinadas en grupos, comen cocidos desprovistos de todo gusto y se visten con las prendas que les tocan en suerte.

Hay residenciales clandestinos donde cabe imaginar los abismos de conducta que allí puedan manifestarse, pero yendo a datos oficiales, según el censo del año 2011, existen 903 residencias de larga estadía en el país, más o menos la mitad en la capital y la otra mitad en el resto del territorio. En esos inmuebles, según las cifras oficiales, vive el 3% de más de diez mil adultos mayores del país. No se puede creer que la sociedad nacional sea capaz de darles la espalda y causan profunda rebeldía episodios como el de semanas atrás, cuando la mayoría en la Cámara de Representantes levantó la mano para modificar el proyecto de ley de presupuesto, quitándole 400 millones de pesos que se canalizarían hacia el tema que nos ocupa. Es de esperar que esta decisión sea cambiada en la Cámara de Senadores.

Una melancólica canción brasileña dice que la “tristeza no tiene fin” pero que “la felicidad sí”. Tratemos de evitarle tal sensación a estos seres vulnerados.

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