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Hablo de los traidores ocultos

La cultura no fue considerada la variable más importante, hasta la reciente humanización del pensamiento liberal, que enfatizó el valor de las personas. Hasta entonces, dominaba en las “ciencias” sociales, un grosero materialismo dedicado del modo más objetivo, a sopesar cosas y no, a apreciar el talento y las virtudes; la formación de la gente; el hecho inaudito de inventar.

La cultura no fue considerada la variable más importante, hasta la reciente humanización del pensamiento liberal, que enfatizó el valor de las personas. Hasta entonces, dominaba en las “ciencias” sociales, un grosero materialismo dedicado del modo más objetivo, a sopesar cosas y no, a apreciar el talento y las virtudes; la formación de la gente; el hecho inaudito de inventar.

La metrología se preocupó del peso, del tamaño y de la repetición de los objetos, inventó patrones y medidas y sistemas de unidades; compuso fórmulas matemáticas; el esfuerzo medidor se dirigía ceñudamente, a las entidades físicas. Cuando se descubre la electricidad se registra la existencia del voltaje o del amperaje y en seguida se logra un acuerdo universal que fija la magnitud de un voltio, un amperio, un columbio, un ohmio. Del mismo modo, hay metros, litros, kilos, horas, decibeles, vatios y megavatios, balanza de pagos y balanza comercial que aprecian el intercambio, en moneda. ¿Y qué se ha hecho, para ponderar con precisión lo que más importa: los fenómenos culturales? No hay Producto Culto Interno que tenga una unidad¸ nadie creó patrones de medida que determinen el grado de mejoría de la gente, en cuanto gente. Una canción de Daniel Amaro decía con amarga ironía, por los años 70: “Al nacer era tan joven / que no supe comprender/ la ventajas hemisféricas, / entrando por Sudamérica / me puse el mundo al revés.” Se cantaba bajo la dictadura, siempre dura de entender.

Veinte años después, en 1990, las Naciones Unidas empezaron a fijarse en ese detalle, sin haber escuchado la canción (se perdieron a Daniel) pero cuantificaron lo que decían sus versos “las ventajas” de nacer en uno u otro lugar. Un paquistaní memorable, Mahbub ul Haq, escribió:
-- “Hace nada más que treinta años se hubiera considerado una herejía poner en tela de juicio la suposición tácita de la escuela del crecimiento económico. El propósito del desarrollo era el incremento del ingreso nacional. Actualmente, sin embargo, se acepta de manera generalizada que el propósito real del desarrollo es ampliar las opciones al alcance de la gente en todas las esferas: económica, política, cultural”. ¡Sorpresa! La duración y la calidad de la vida depende de la cultura; y la cultura depende de la educación.

La palabra cultura que sirve para casi todo, empieza por discriminar entre los grupos humanos según el respeto que le merecen, a cada uno, los demás; con mayor precisión: la sensibilidad ambiente en cuanto a la percepción del otro. De esta manera ponderada de apreciar la realidad, surge que la abundancia de riqueza, no siempre crea el mejor sitio donde vivir; y mucho menos, el mejor modo de gozar el jugo entero de la vida. Para simplificar: la caída del muro de Berlín (1989, hace 25 años) puso en tela de juicio la simplificación marxista que afirmaba terminante: la economía determina la realidad. Se hizo fácil poner en duda ese apotegma.

Las Naciones Unidas crearon entonces un Programa para que se considere el Desarrollo Humano. La criatura humana está dotada para producir las más formidables infracciones a la rutina. Se dieron cuenta que la mente en funciones, no es cosa del mundo que nos rodea.
El Informe anual que empieza a publicar el Programa de Naciones Unidas para de Desarrollo contiene bajo otros nombres, resabios de esperanza, hilachas de preferencias apasionadas, propósitos velados; pero cuenta los teléfonos, las horas de clase, los divorcios o la esperanza de vida al nacer, como quien le toma el pulso a un enfermo. Seguí con pasión el nacimiento de esta notable iniciativa; y por lo mismo que puse entusiasmo; cuando el PNUD se equivocó crasamente, contra el Uruguay, lo mostré en toda su aberración.

-- “Ha llegado el instante de concertar un nuevo pacto internacional sobre el desarrollo humano: un acuerdo que le dé garantía a cada persona internacional para que no sea traicionada por un grupo de burócratas. El crecimiento económico no es el fin del desarrollo humano ese criterio murió. Aunque sea un rubro a contar, no es todo. ¿Qué quedó de aquella manera de entender el mundo en el Informe del 1998? Ahora exaltan el mérito de una tiranía opulenta (Singapur) y halagan un conglomerado turístico, socialmente horroroso (las islas Barbuda y Antigua). El Informe 2003 del PNUD marca una vuelta atrás en la ordenación de los valores; es un desmentido a la iniciativa noble de Mahbub ul Haq, que justamente falleció en ese año y al cual el Informe le dedica una necrológica encendida.

El mejor modo de honrar al maestro, hubiera sido mantener la fidelidad a su pensamiento: afinar los criterios de humanidad, investigando más a fondo los signos comparables que demuestran la mejor o peor calidad de vida que reina en cada país. La contradicción con quienes crearon el PNUD y estos de ahora, se hace palmaria, si se compara el ranking mundial actual, con sus primeras versiones: 90, 91, 92.
Las Naciones Unidas no explican por qué en los últimos años, países donde es notorio que hay menos desarrollo humano, suben en su ranking. A las Naciones Unidas dejó de preocuparle ese “detalle”. Mahbub ul Haq, hubiera llorado.

El desarrollo humano empezó a medirse según tres indicadores: la enseñanza, el promedio de vida y la renta per cápita. Y sucede que esta tríada, cada vez más anquilosada, desatiende ahora, dos índices de primordial importancia: el promedio de vida y la educación. La salud y la formación de las personas, no pueden variar de un año a otro de manera radical; en cambio el dinero, el Producto Bruto Interno puede venirse a la mitad en unos meses (el 2002 fue eso, para nosotros).
¿Un país puede quedar colocado en un lugar del ranking muy inferior, por un barquinazo en su PBI? Esta aberración pone en duda la razón de ser del Instituto medidor del desarrollo humano.

Comparar Antigua y Barbuda con el Uruguay como ámbitos iguales, fue un desatino. No resulta fácil refutarme. El propio PNUD, demostró la verdad de lo que digo. El PNUD hundió al Uruguay del puesto 21 de su Ranking hasta el puesto 56; y poco antes, había demostrado lo aberrante de ese movimiento. Copio un fragmento del Informe del PNUD titulado “Desarrollo humano en Uruguay, 1999”:

-- “Uruguay es hoy considerado el país de mayor desarrollo social en América Latina, dado que es en la distribución del bienestar y de las opciones individuales donde presenta su mejor comportamiento; más que en los promedios agregados de longevidad, educación y PBI que conforman el IDH.”

Es cierto que desde año 2000 pasaron muchas cosas en este país.
El PBI del Uruguay, bajó de 20 mil millones de dólares en el año 2000, a 11 mil millones en el 2002.

¿A partir de esos números histéricos (durante una crisis de cual se salió al año siguiente) nuestro desarrollo humano baja y sube al compás del producto bruto? ¡En 12 meses!

No lo creo. Sigo creyendo que la calidad de vida es algo mucho más estable y profundo que los vaivenes financieros de los bancos quebrados.”

Releo mi furia del año 2003, cuando los técnicos del PNUD, en pleno delirio, nos pasaron del lugar 21 al 56 (y tuvieron que reconocerlo y corregir); y compruebo que ahora (2014, después de diez años de una expansión económica, como jamás habíamos tenido) estamos justicieramente colocados en el lugar 51 del ranking mundial del PNUD. ¡Y no puedo quejarme!

“Educación, educación, educación” – dijo el Presidente Mujica. ¿Quiénes lo traicionaron y nos llevaron a esto?

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