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La chabola y la chacra

Nadie ignora que el uruguayo con más difusión mediática es, desde hace casi un lustro, el presidente Mujica. La exposición de su figura en los medios audiovisuales tiene un volumen de tiempo acumulado que es muy superior al del resto de los que suelen aparecer. A eso se le suma su programa radial que difunde semanalmente sus comentarios y pareceres sobre cuanto tema le place hablar.

Nadie ignora que el uruguayo con más difusión mediática es, desde hace casi un lustro, el presidente Mujica. La exposición de su figura en los medios audiovisuales tiene un volumen de tiempo acumulado que es muy superior al del resto de los que suelen aparecer. A eso se le suma su programa radial que difunde semanalmente sus comentarios y pareceres sobre cuanto tema le place hablar.

En medios escritos también está presente y hasta elige algunos a los cuales les concede notas para lanzar iniciativas u opiniones que suelen sorprender, no solo a la opinión pública, sino a los propios integrantes del gobierno. El presidente es hoy, por lejos, nuestro principal mediático.
Pero su proyección más notable se produce en el exterior. Mujica es nuestro compatriota más conocido en el mundo y actualmente solo se le aproxima Luis Suárez, el astro del Liverpool. Ningún presidente uruguayo logró antes la fama y el grado de presencia en los titulares de los medios internacionales que hoy ostenta Mujica. Ese logro no sólo es producto de la repercusión de lo que el presidente hace o piensa sino, en el caso específico de los europeos, también de cierta mala conciencia que los acusa a la hora de valorar a Mujica.

Cómo no van a asombrarse los medios de esos países ante alguien que los seduce con sus opiniones, gestos, declaraciones, modo de vida, informalidad y aspecto, si se lo compara con gobernantes corruptos y sumidos en escándalos como por ejemplo Silvio Berlusconi en Italia.
La figura de Mujica los atrae, en el fondo, desde sus propios pecados y carencias, desde la debacle económica y moral que los ha subsumido estos últimos años y de la cual recién están emergiendo, en especial los españoles. Sin ir más lejos eso explica que El País de Madrid haya enviado especialmente a una de sus plumas más talentosas —Juan José Millás— a hacerle un reportaje in situ.

De ese reportaje, cito una perla del inicio del encuentro entre el periodista y el entrevistado, en donde el primer asombro es su casa: “Se ha dicho de ella que es una casa modesta. Falso. Es pobre. Una chabola de alto standing, podríamos decir, con el techo de chapa, a cuya puerta nos aguardaba ese anciano que había puesto de moda a su país. Llevaba unos pantalones de chándal desgastados y una camisa azul de todo a cien.”

Lo primero que ha comprado Europa y en especial España del fenómeno Mujica es la austeridad —que ellos llaman pobreza— y la distancia sideral que existe entre la hipócrita realidad de sus propios ámbitos de poder y el precario ambiente donde los recibe nuestro presidente, que para Millás es “una chabola”, término extraño para referirse a la famosa chacra.
Desde el británico y liberal The Economist al cineasta bosnio Emir Kusturica —que está filmando un documental sobre Mujica— todos parecen reeditar una variante siglo XXI del mito del buen salvaje, un tópico de la literatura y el pensamiento europeo de la Edad Moderna, que nace del contacto con las poblaciones indígenas de América.

Este mito todavía forma parte del imaginario de muchos. Desde esa mirada eurocéntrica y tal vez simplista y desde el malestar que sus ejemplos propios les traen, es que en parte se explica la admiración hacia nuestro presidente, elogiando sin reservas en él lo que quizá no admitirían para ellos.

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