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Berlín: ya no queda nada

Veinticinco años después de haber sido tumbado, el muro de Berlín sobrevive en apenas algunos retazos testimoniales. Voy caminando por la Potsdamerplatz y contemplo la gente que alegremente recorre aquello y toma cientos de fotos. De repente, aparecen dos guardias fronterizos de la antigua Alemania Oriental. A primera vista infunden un poco de temor. Sin razón de ser, ya que sus uniformes hoy no representan más que el recuerdo de un pasado trágico. Probablemente fueron comprados en alguna feria. Sus usuarios no esperan más que una propina de quienes acceden a fotografiarse con ellos. Acepto la foto, entrego un par de euros y sigo mi camino por ese Berlín otrora fragmentado y hoy alegre, pujante, incomparable, ya que la Alemania comunista se derrumbó hace un cuarto de siglo.

Veinticinco años después de haber sido tumbado, el muro de Berlín sobrevive en apenas algunos retazos testimoniales. Voy caminando por la Potsdamerplatz y contemplo la gente que alegremente recorre aquello y toma cientos de fotos. De repente, aparecen dos guardias fronterizos de la antigua Alemania Oriental. A primera vista infunden un poco de temor. Sin razón de ser, ya que sus uniformes hoy no representan más que el recuerdo de un pasado trágico. Probablemente fueron comprados en alguna feria. Sus usuarios no esperan más que una propina de quienes acceden a fotografiarse con ellos. Acepto la foto, entrego un par de euros y sigo mi camino por ese Berlín otrora fragmentado y hoy alegre, pujante, incomparable, ya que la Alemania comunista se derrumbó hace un cuarto de siglo.

Esto me retrotrae a mi anterior visita a esas tierras. Fue en 1986. Berlín estaba dividido desde 1961 por una muralla de 45 km de largo que marcaba claramente dos sistemas. Uno comunista, terrible, sombrío y el otro democrático, feliz. Sembraba confusión la denominación de los dos países: el totalitario era la República Democrática de Alemania, mientras que el del mundo libre era la Alemania Federal. Miles de personas quedaron varadas en aquella dualidad. Muchos se negaron a admitir la circunstancia y en 1986 ya habían muerto asesinadas por guardias fronterizos de la RDA, decenas de desesperados. Yo caminaba junto al muro, del lado “bueno” recordando que asimismo decenas de miles incluyendo guardias de la RDA habían logrado huir. Pude ver el museo del muro con datos de quienes murieron tratando de cruzarlo, quienes vivieron, quienes inventaron artefactos usados para llegar a la libertad: globos, un avión casero, el autito que pasó bajo las barreras de Checkpoint Charlie, el camión con compartimiento secreto, las fotos del túnel de 145 metros que en las noches 3 y 4 de octubre de 1964 permitió escapar a 57 alemanes.

Al día siguiente crucé en un tren semivacío, desde el cual se veía la “tierra de nadie” controlada por guardias con ametralladoras. Llegué a la estación de la Friedrichstrasse, en el centro del Berlín Oriental. Allí me sumé a una cola que llevaba a una puerta que una vez franqueada no admitía retorno. Un guardia revisó mi pasaporte y mi aspecto hasta que me fue entregada la visa para permanecer en Berlín Oriental hasta la medianoche de aquella jornada. Si no me iba antes de medianoche pasaba a ser un fugitivo. Otro requisito: comprar 25 marcos de la RDA con valor ficticio a la par de los marcos occidentales.

La primera impresión fue como si hubiera entrado en la máquina del tiempo y llegado a un pasado más cercano a la inmediata postguerra. Ancianos sentados en una plaza lucían temerosos y no quisieron conversar con extranjeros. Tal vez como yo mismo, creían que el muro se mantendrá sine die. Ni en un sueño podíamos pensar que un par de años más tarde las rígidas dictaduras marxistas se desmoronarían. Que la plaza Potsdamer donde el 17 de junio de 1953 fue reprimida la sublevación popular contra los soviéticos, recuperaría sus brillos de antaño. Menos aun que esa plaza en 2014 sería centro turístico y que los uniformados de “Vopos” no serían más que una broma al régimen que, como el muro, cayó sin remedio. 

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