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La banda pop

Hace unos días la artista argentina María Agustina Fernández Raggio obtuvo el Gran Premio Nacional de las Artes Visuales en su edición 2014, que otorga el Ministerio de Educación y Cultura. La obra premiada es una miniatura de la banda presidencial bordada según la técnica usada en Uruguay para este símbolo, y se complementa con un video que muestra a la Hermana Lourdes, que confeccionó las últimas cuatro bandas presidenciales, enseñándole las destrezas del bordado. Por esta obra, la artista obtuvo la suma de 350 mil pesos. Fernández Raggio es afecta a pintar perros y además está muy interesada en los símbolos patrios, por lo cual ha realizado una serie de retratos del presidente y su mascota Manuela luciendo esta la banda presidencial.

Hace unos días la artista argentina María Agustina Fernández Raggio obtuvo el Gran Premio Nacional de las Artes Visuales en su edición 2014, que otorga el Ministerio de Educación y Cultura. La obra premiada es una miniatura de la banda presidencial bordada según la técnica usada en Uruguay para este símbolo, y se complementa con un video que muestra a la Hermana Lourdes, que confeccionó las últimas cuatro bandas presidenciales, enseñándole las destrezas del bordado. Por esta obra, la artista obtuvo la suma de 350 mil pesos. Fernández Raggio es afecta a pintar perros y además está muy interesada en los símbolos patrios, por lo cual ha realizado una serie de retratos del presidente y su mascota Manuela luciendo esta la banda presidencial.

Por lo que he visto en fotografías, la obra es de una minuciosa calidad imitativa y se trata, sin duda alguna, de la banda presidencial reproducida en sus más mínimos detalles de material y textura, trabajo que a la premiada le insumió tres meses de ardua dedicación. La obra es una especie de versión bonsái del atributo visual más notorio de los presidentes uruguayos. Quizá lo más interesante sea ese gesto: la miniaturización o empequeñecimiento de un símbolo. Convertir una tela que cruza el pecho y la espalda en algo más pequeño, una banda presidencial de bolsillo, un suvenir comprable en un kiosco, un objeto pop.

La pregunta que muchos se han planteado y plantean, inclusive en las redes sociales, es: ¿esto es arte? Por supuesto que esta interrogante tiene solo una formulación retórica porque el premio ya fue otorgado y sería de una inutilidad supina, cuestionarlo. Hubo una convocatoria, se reunió un jurado y falló, punto. Quizá la respuesta sea otra pregunta: ¿y por qué no? Es pertinente esta pregunta, porque engloba, no solo la banda presidencial bonsái, sino a todo el arte contemporáneo y aún el venidero.

Una de las maneras de responder a esta cuestión es a través del ejemplo de Damien Hirst, el artista británico más prominente y famoso del grupo llamado Young British Artists. Nacido en 1965, ha dominado la escena del arte en Inglaterra desde principios de los 90. La muerte es el tema central de su trabajo y es conocido en especial por sus series de Historia Natural, en las cuales animales muertos (como tiburones, ovejas o vacas) son preservados en formol. Uno de sus trabajos más icónicos es La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo. Se trata del cadáver de un tiburón tigre de cuatro metros de largo inmerso en una vitrina con formol. Debido a la descomposición de la materia orgánica, el tiburón original fue reemplazado con un nuevo espécimen en 2006. No obstante, por la venta de esta obra, el artista cobró en 2004 diez millones dólares. Este ejemplo es solo una muestra de que hoy el concepto de arte remite a la suprema voluntad del artista que lo define desde su propia obra con la anuencia de jurados, público y mercado que lo avalan o legitiman.

Hace unos meses tuve oportunidad de ver en el Whitney Museum de New York la muestra de su última bienal en donde lo anterior comentado se multiplica hasta el vértigo. Desde instalaciones que ocupan media sala de exhibición a objetos incomprensibles, pasando por videos caseros, anodinos y familiares, o caóticas mesas que acumulan objetos personales del artista, todo está permitido y es posible en el arte actual. En el catálogo de la muestra se proclama que son los propios artistas los que deben definir las fronteras en el arte, siempre para expandirlas. Aquella sentencia de James Whistler de que “el arte sucede”, hoy es una coartada para el todo vale.

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