Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Soledad de María

Hoy es Sábado de Gloria, Jesús está sepultado, es un día de luto e introspección para los católicos.

Hoy es Sábado de Gloria, Jesús está sepultado, es un día de luto e introspección para los católicos.

Dijo Lope de Vega en una de las mejores y más sentidas descripciones de la lengua española: “Sin esposo, porque estaba José de la muerte preso; sin padre, porque se esconde; sin hijo, porque está muerto; sin luz, porque llora el sol; sin voz, porque muere el Verbo; sin alma, ausente la suya…” Así transmitía el poeta la soledad de María, aún en compañía de Juan, luego de dejar a Cristo en el sepulcro.

No importa si uno cree en Dios o no, si es católico o no, o si no profesa ninguna fe. Cada cual en este país cada vez menos laico hace lo que puede y/o lo que le dejan con su conciencia.

Por eso está bueno acer-carse a los hechos históricos (religiosos para algunos de nosotros) cuando se conmemoran y mirarlos en perspectiva. A veces, también para los que están en legítimo desacuerdo con los mismos puede ser útil. Ayuda a entender un poco más el ahora en que vivimos corriendo como ratones en la ruedita. Una nueva mirada sobre una vieja arista de estos acontecimientos quizá sin querer pueda develarnos cosas que tenemos en las narices y no las vemos. Cuestiones como ¿quiénes somos? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué cree-mos que las personas deben gozar de determinados derechos fundamentales? ¿Por qué hay pueblos que van para adelante?

Y vaya si hechos tan significativos para Occidente como la muerte de Cristo o el padecimiento de su madre pueden ser interesantes a estos efectos. Y esto aun sin importar lo que cada uno piense o crea que esta muerte significó. Para algunos será el mayor regalo de amor a la humanidad, el mayor hito de la historia. Para otros no será nada, pero aun así ahí está y ha marcado a nuestra civilización a fuego. La ha delineado como es.

La soledad que padece la Virgen ese sábado luego de la muerte de Jesús es reveladora y contiene un gran mensaje cargado de humanismo en una historia divina. Enfrenta también ella un martirio corporal y sicológico. Un dolor dual. Por un lado el peor horror que se puede sufrir como es la muerte de un hijo, un padecimiento terrenal que la somete al desamparo, al dolor físico, a la pérdida de lo tangible, algo cruel y sencillamente bien humano.

Pero por otra parte, ese sábado María padece aun algo peor, pero algo que logra superar y la eleva. Su soledad físi-ca; la desolación de ver disparar a casi todos los que rodeaban a su hijo se ve agravada por una orfandad mística generalizada. Ese día nadie, o casi nadie, cree. Solo ella cree, en ella vive la fe.

Imaginen ese sentimiento, traten de sentir por un momento el dolor de María, el dolor humano inigualable que padeció, y a la vez la angus- tia existencial de ser por ese único día, por ese único sábado en todo el planeta, por ese único momento en toda la historia de la humanidad, la única portadora de la fe y de la esperanza.

Muerto Cristo, toda la Iglesia se cobija en María hasta la Resurrección. Es por esto que la soledad de María, ese gran misterio, devela algo mucho más importante, más original, nos revela su fortaleza (humana) al recoger el testigo que le entrega su hijo al morir como hombre, lo cual pesa mucho más que su padecimiento como madre. Nos da un gran ejemplo. María estaba sola físicamente, pero también lo estaba moralmente en cuanto era la única sosteniendo el palo del barco de la Iglesia. Ella convierte en ese único momento el dolor en vida, y junto con la Resurrección ambos acontecimientos marcarán el inicio de una tradición que nos dará a los cristianos el sentido de nuestra existencia. El más profundo sentido de comprensión de nuestra existencia y del mundo.

A esta altura me imagino que los laicistas de siempre, (esos que harían que el sobretodo se hinchara de orgullo), ya habrán abandonado la lectura. No sea cosa que algún germen religioso contamine su impoluta y relativista conciencia que todo lo tolera, menos claro, la forma de creer de otros. Aunque esta sea la mismísima laicidad dentro de la que todos tenemos espacio para creer o no, precisamente.

Pues se equivocan hoy, no hay peligro religioso en estas líneas, sino todo lo contrario. Lo que cada cual haga con su fe o no fe, es tema personal.

Pero bueno, más se perdió en Cuba, y ya se sabe que a algunos cuando les da por el laicismo (que no es laicidad) se pasan tres pueblos. Este es un país de mezquinos que no admite una imagen pública de María pero se banca bustos del pistolero Ernesto Guevara sin chistar. Dicho esto, a los que aún me siguen les comento lo que pienso. Esta historia de la soledad de María es fenomenal. Y es así aun mirándola despojada del misticismo cristiano, mirándola únicamente desde su perspectiva humana. Si advertimos la historia de la humanidad, hechos parecidos se repiten, y generalmente han significado un quiebre en la historia de los pueblos, un dejar atrás lo conocido o inevitable para dar un salto hacia adelante.

En el caso que relataba es una parte fundamental del nacimiento del cristianismo.

Pero como María ese sábado, otros hombres han estado solos frente a la adversidad individual o colectiva. Solos sosteniendo un estandarte de fe, no siempre necesariamente religiosa. Y así, han sido ellos con su determinación física y moral los que han salido adelante. Sacando del agujero también a sus pueblos muchas veces.

¿O no había que tener fe y de lo otro para abordar una carabela y salir navegando desde Palos a encontrar dra-gones más allá de donde se ponía el sol?

¿Alguien es tan iluso como para creer que Lincoln no se sintió solo en su cruzada?

¿Alguien puede pensar que Churchill no se fue a dormir nunca solo con su miedo en Downing Street?

¿Creen que Luther King no vio venir la bala?

¿Qué habrá sentido Wilson cuando el marinero tiraba las amarras al muelle del puerto de Montevideo aquel día en que volvió?

Estas historias humanas, en su medida son equiparables a la de María.

Todos ellos estuvieron solos y sufriendo el dolor físico y moral de tener que tomar decisiones importantes, asumiendo el riesgo de la fe, de ir para adelante por lo que sentían o creían correcto.

Todos en algún momen- to estamos solos, pero no debemos perder la fe de ir para adelante. Como individuos y como país.

Estamos en sus manos Sr. Presidente.

Aunque esté solo, tenga fe. Sáquenos adelante.

Felices Pascuas.

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