Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

¿A dónde van los patos?

Desde su primer gobierno y siguiendo el menú global de todo buen partido político que se precie de progre, el Frente Amplio nos ha regalado un sinnúmero de leyes pintorescas.

Desde su primer gobierno y siguiendo el menú global de todo buen partido político que se precie de progre, el Frente Amplio nos ha regalado un sinnúmero de leyes pintorescas.

No las voy a enumerar ni a analizar, dado que lo que interesa no es su contenido concreto, sino lo que representan en conjunto.

Este conglomerado legal es la fiel representación de una colectividad política con complejo de génesis y que piensa que todo se arregla legislando.

No es novedad ya que varios de sus integrantes aún babean con las tonterías del hombre nuevo con las que divagaba el pistolero rosarino. Creen que antes de ellos esto era un páramo jurídico, y todos nosotros unos buenos salvajes que nos matábamos a palos, sin la más mínima noción de cómo vivir en una sociedad civilizada.

Y así para hacernos más modernos y queribles globalmente, nos regularon y desregularon a su antojo asuntos como el consumo de drogas y tabaco, la ingesta de sal, la velocidad a la que circulamos por la rambla, la sexualidad, la familia, la educación, el derecho a la vida (aborto mediante), los medios, el proceso laboral, los impuestos, la salud, le cambiaron la denominación a algunos feriados e inventaron otros, se trajeron el guardián, y nos obligaron a meter nuestras pesetas en manos del sistema financiero, nos guste o no.

De a poco fuimos diciendo adiós a las libertades individuales que por tanto tiempo gozamos y que habíamos dado por inmutables y tan sólidas.

Eso sí, todo por el bien común (que justifica cualquier pataleta voluntarista), y para estar más aggiornados con el mundo desarrollado no sea cosa que alguna organización internacional nos ponga en una lista gris, o gris oscura (porque claro, ahora tampoco se puede decir negro, que nos lo han quitado de la paleta de colores por políticamente incorrecto, y la comisión que designaron para estudiar cómo rebautizar al color caído en desgracia aún no se ha expedido sobre un seudónimo aceptable…).

Esta suerte de obsesión refundacional no es casualidad, ni es novedad del voluntarismo oriental, y tiene un claro objetivo estratégico de dominación, de no soltar el poder real.

Otros países ya la han sufrido… ¡y de la mano de los mismos!

El pensador Alejandro Llano decía hace años en La Gaceta de España: “Cuando el Estado, o autoconscientes élites ilustradas, pretenden transformar al hombre y a la sociedad -entrando a cambiar de arriba abajo la configuración de la familia, el contenido de la enseñanza o el mantenimiento de la vida- lo que están emprendiendo es un ejercicio de manipulación al que es preciso oponerse con firmeza.

Desde luego, el Gobierno socialista no está mejorando nuestras condiciones de vida. Pensemos, por ejemplo, en las infraestructuras, en la vivienda o en la calidad de la educación a todos los niveles. La competencia y la eficacia brillan por su ausencia.

Donde las Administraciones Públicas ponen el énfasis es en la mutación ética de las costumbres: lo que estaba permitido se prohíbe y lo que estaba prohibido se permite.

No, el objetivo es un profundo cambio de las mentalidades juveniles, como base permanente para una transformación de la sociedad hacia un modelo del que se han suprimido las referencias estables, los valores firmes y, en definitiva, los recursos en los que se basa la libertad política de los ciudadanos comunes”.

Lo que sufrió España en su último fracaso socialista es lo mismo que padecemos ahora en Uruguay.

Nos han despatarrado los valores fundamentales.

La intención refundacional del Frente Amplio tiene como objetivo estratégico reconstruir nuestra sociedad con una nueva base, y esta dista muchísimo de la que soñaron nuestros padres fundadores y los principales líderes del siglo XX.

El proyecto de sociedad frenteamplista, con claro fundamento en la dicotomía nosotros/ellos y en la cultura del conflicto, toma distancia de la dimensión antropológica que otorga al ser humano la dignidad que no le pueden dar siquiera las declaraciones de derechos humanos mejor intencionadas. Toma distancia de los valores verdaderos, de esos que indisolublemente unidos a la naturaleza del hombre lo hacen ser quien es y lo diferencian del mono: justicia, verdad, caridad, compasión, honor, honestidad…

Para esto han sometido a las nuevas generaciones a un bombardeo mediático de palabras cargadas de falsos contenidos éticos a las que es muy difícil resistirse. Con su ideología han cambiado el lenguaje a prepo. ¿Quién puede no utilizar los vocablos inclusión, solidaridad, diversidad, participación, o tolerancia (aunque sea ciega), sin ser marginado por insensible? No se puede siquiera discutir sobre esto, si todo parece tan justo y razonable… ¿quién va a hablar de caridad o compasión cuando se debe hablar de inclusión? Si está clarísimo que caridad y compasión son comportamientos puramente capitalistas… ajenos a toda solidaridad.

Pero lo que nadie dice es que todo es puro cuento frenteamplista. Es pura invención ideológica traducida en dominación semántica sin contenido ético, y lo que es peor, sin resultado práctico.

Nadie o muy pocos se benefician, y los más se embroman.

No es tarea del Estado meterse en esto, y no merecemos ser sometidos a este recorte de nuestras libertades.

Merecemos un gobierno que no se preste para ello, que le ponga límites a su partido y a las organizaciones que lo secundan cuando trazan tales estrategias.

Debe ser así porque el gobierno es de todos, de los que lo votaron y de los que acatamos a la mayoría cuando se expresa. En democracia no sólo tenemos el derecho a disentir y a decirlo, tenemos el derecho a exigirlo, porque son las reglas del juego.

Detrás de la pregunta ¿a dónde van los patos en invierno? que se plantea Holden Caulfield en El Guardián entre el Centeno se esconde el conflicto individuo-sociedad. Los patos no van a ningún lado. Se quedan en el lago porque no se apañan frente a la adversidad y se bancan el invierno como pueden.

No podemos ser como los patos, no hay final feliz para los hombres y las sociedades que no se plantan con firmeza ante la arbitrariedad.

No podemos acostumbrarnos al atropello de nuestras libertades.

Hay que bancar y dar pelea, sin callarnos y sin irnos.Tomás Teijeiro, ¿a dónde va los patos?

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te puede interesar
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)