Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Una, grande y libre

Imagine lector, por un momento, que a un grupo de diputados españoles se les zafaran las tuercas, se pusieran de pie en medio de la Cámara Baja de las Cortes Generales, y en un arranque de arcaico nacionalismo les diera por entonar la vieja tríada franquista de: España, ¡una!, España, ¡grande!, España, ¡libre!.

Imagine lector, por un momento, que a un grupo de diputados españoles se les zafaran las tuercas, se pusieran de pie en medio de la Cámara Baja de las Cortes Generales, y en un arranque de arcaico nacionalismo les diera por entonar la vieja tríada franquista de: España, ¡una!, España, ¡grande!, España, ¡libre!.

¿Qué sería de ellos?

¿Qué repercusión tendría tal delirio extemporáneo?

Fácil respuesta. En un país donde construir una de las democracias más avanzadas de Europa en solo cuarenta años, ha costado litros de sangre (derramada por terroristas de fabricación nacional y extranjera), sudor y lágrimas, con total justicia serían unánimemente condenados legal y moralmente por mancillar una vez más el sagrado recinto donde se ejerce la representación de todo el pueblo español.

Ahora bien, como sabemos (y más por estas tierras) todo en este mundo es relativo, y no se trata igual a un loco de derechas que a un loco de izquierdas. Porque a un chalao de izquierdas, ya ni es posible llamarlo loco aunque así esté, sin ser políticamente incorrecto, y quedando automáticamente descalificado y excluido del debate público. En todo caso será un simpático extrovertido… pero nada más. Un inocente revolucionario defensor de los débiles y los incomprendidos.

Pues bien, a riesgo asumido, les cuento que a mi juicio el parlamento catalán ha sido tomado por un atado de dementes, solo que no entonan cánticos franquistas. Pero merecen igual rechazo, legal y moral. Dementes de izquierdas, claro está, que han logrado hipnotizar cual flautista de Hamelin a los pocos nacionalistas cuerdos que andaban en la vuelta.

Y sin perjuicio de que hasta hace un tiempo consideraba que desde el punto de vista del derecho internacional los catalanes en su intentona secesionista estaban siendo mucho más espabilados de lo que habían sido los vascos en su momento (con el plan del Lehendakari Ibarretxe), el atropello del pasado miércoles, convocando al ilegal referéndum de independencia del 1 de octubre, ha demostrado por la vía de los hechos que en el camino del nacionalismo de tinte zurdo no hay sensatos. ¿O acaso la precoz actitud de Ángels Martínez retirando las banderas españolas de los escaños del Partido Popular Catalán antes de votar la ley del referéndum no es una muestra clara de cómo entienden estos voluntaristas la política? ¡Pero es que es así que entienden la vida, no solo la política! Vale recordar que la simpática diputada quitabanderas integra la coalición “Catalunya Sí Que Es Pot” y es miembro de Podemos, el partido de ultraizquierda liderado por Pablo Iglesias, cuyos vergonzosos vínculos con la Venezuela chavista solo son comparables con los de alguna “fuerza política” por aquí conocida.

La crisis institucional desatada irresponsablemente por los independentistas no tiene ribetes en la historia de la España contemporánea. Hace tiempo que esta sociedad tan consolidada no enfrentaba semejantes desafíos. Mientras el parlamento catalán ha votado la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la república, el Tribunal Constitucional ha suspendido la ley del referéndum y ha apercibido a diferentes actores de la sociedad catalana, entre ellos a todos los alcaldes, a los efectos de que no intervengan en el ilegal acto.

Pero, ¿qué es lo más interesante de todo esto?

No es por cierto el delirio nacionalista de Puigdemont, ni el totalitarismo de izquierda de Ángels Martínez, ni la prepotencia del resto de los actores secundarios. Ni la alianza de todos estos personajes.

Es lo que podemos aprender de todo este lío.

¿Qué enseñanza nos deja entonces una crisis institucional de este envergadura?

La que una vez más nos da el Presidente Rajoy: firmeza, serenidad, aplomo, apego al Estado de Derecho, a la Constitución, y confianza en la Justicia.

Vaya lección, y vaya momento para darla.

Y qué bien nos vendría por aquí a nosotros abrir los ojos, parar las orejas, y entender de una vez que la democracia es precisamente esto, Estado de Derecho, Justicia, y dignidad de los gobernantes.

Ha dicho el Presidente del Gobierno: “Quiero decirles a los ciudadanos de Cataluña y a los funcionarios que estén tranquilos. Nadie les puede obligar a hacer nada ilegal. La ley les obliga, pero también les protege frente a cualquier arbitrariedad”. “Soy muy consciente de lo que está en juego. Sé lo que se espera de mí y sé cuáles son mis obligaciones, y les puedo asegurar que no he dedicado tantos años a mi país y al interés general como para permitir ahora que se pueda liquidar de un plumazo nuestro modelo de convivencia. Eso no va a suceder y haré todo lo necesario, sin renunciar a nada, para evitarlo”.

Esto es responsabilidad, ejercicio de la autoridad, esto es gobernar señores lectores, ni más ni menos. Y estas cualidades no son de izquierda o de derecha. Surgen de la mera aplicación del puro sentido común.

Es lo que debe hacer un político en serio, cuando se enfrenta a un gran desafío. No es un riesgo menor el que hoy corre España. Pero tiene la suerte de tener en el puente a un estupendo timonel.

Quizá sea verdad aquello de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, por esto, por aquí deberíamos recapacitar un poco.

Aguzar nuestro sentido institucional, como lo está haciendo hoy todo el espectro político español, y darnos cuenta que también nuestra sociedad corre peligro. Que nuestro “modelo de convivencia” también está siendo borrado de un plumazo por la pasividad de un gobierno que se deja atropellar por la prepotencia ideológica voluntarista de algunos de sus miembros, por organizaciones internacionales, y por un sindicalismo omnipotente y desbocado.

Imaginen no una, sino mil y una vez cómo sería la vida si nos animáramos a cambiar. Si estuviéramos dispuestos a darlo todo para que nuestro modelo de convivencia fuera el que nos merecemos.

Si de una vez por todas dejáramos de ser espectadores pasivos de nuestro destino, y como el gallego de Rajoy tomáramos el timón mirando al horizonte con firmeza, avanzando hacia lo que queremos.

Como los españoles, que con gran determinación mantendrán unida a su nación sin lugar a dudas, nosotros también deberíamos buscar gobernantes que, ceñidos al Estado de Derecho, nos den libertad, soberanía, seguridad, paz, educación y desarrollo.

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