Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Trabajo: agarrados del pincel

Según el Instituto Nacional de Estadística, entre enero y marzo del presente año se perdieron casi 20.000 puestos de trabajo, por lo que el país asiste a la mayor tasa de desempleo desde el año 2010.

Según el Instituto Nacional de Estadística, entre enero y marzo del presente año se perdieron casi 20.000 puestos de trabajo, por lo que el país asiste a la mayor tasa de desempleo desde el año 2010.

Por otra parte, es noticia habitual que empresas de diferentes rubros, ya sea por problemas de competitividad, o, fundamentalmente de productividad, se retiren de Uruguay buscando destinos donde se les otorgue un mejor tratamiento (ya sea por parte de sus empleados, de la ley, de quienes la aplican, de las autoridades gobernantes, o de las cúpulas sindicales; aunque cueste creerlo no en todos lados se confunden una y otra creando un torpe Golem).

Con estos dos botones alcanza para que hasta el más tonto olfatee que el viento de popa hace rato que está dejando de soplar, y que si el país no espabila en materia de política y regulación laboral, rápidamente puede andar a los bandazos.

En que se traduce esto: el trabajo es parte fundamental de la economía, y es un factor de producción también escaso, por lo que (por más que les pese a los devotos de Marx & Co.) se compra y se vende en el mercado, y lo que se paga por él se denomina salario (el que también debería estar determinado por el mercado y no en negociaciones tri-(bi)-partitas).

Trabajo y salario, sí, también dos vacas sagradas del imaginario uruguayo (junto con la bendita laicidad que oculta al laicismo jacobino/montañés, al relativismo campante, y al naides es más que naides emparejador para abajo), que decenas de años de voluntarismo social (antes colorado, hoy frenteamplista, siempre batllista) han sabido rodear del gran cerco protector del derecho laboral uruguayo.

En la introducción de su obra Los Principios del De- recho del Trabajo, Américo Pla Rodríguez sostenía que “Cuando se afirma la autonomía del derecho del trabajo, se sostiene generalmente que este tiene principios propios diferentes a los que inspiran otras ramas del derecho” y que “el derecho laboral necesita apoyarse en principios que suplan la estructura conceptual, asentada en siglos de vigencia y experiencia que poseen otras ramas jurídicas”. Traducción: lo que es bueno para el resto del derecho, no lo es tanto para el laboral.

Entre estos principios, el citado profesor enumera dos fundamentales:

El principio protector, y el principio de la irrenunciabilidad de los derechos del trabajador.

En la práctica, no significan otra cosa más que: 1- el derecho del trabajo busca amparar al trabajador (en obvio detrimento de los intereses de la otra parte: el empleador), y 2- el trabajador no puede privarse voluntariamente de los beneficios que le otorga el derecho del trabajo. (Básicamente porque no se entera, parece ser la tesis más leve).

Todo esto, fundado según Plá Rodríguez, además en el criterio de que “Las desigualdades solo se corrigen con desigualdades de signo opuesto. Durante un tiempo la desigualdad compensatoria se logró porque el Estado puso a favor del trabajador el peso de la ley. (El derecho del trabajo). Pero, luego, la desigualdad compensatoria se obtuvo por otra vía más propia -en el sentido de más suya y más apropiada- creando la fuerza de la unión”.

¿Qué pasa entonces cuando en una sociedad como la nuestra actúan en forma conjunta y cuasi coordinadas las dos desigualdades compensatorias a la vez? Es decir el derecho del trabajo y sus principios, más la fuerza de la unión (los sindicatos).

Los resultados están a la vista: 1- el derecho del trabajo deja de ser protector para ser distributivo (por lo que se desnaturaliza como ciencia deslegitimándose además, más vale una mala transacción que un buen juicio…) y por ende, aquel a quien le toca aportar en la distribución buscará escenarios más favorables (otros países, donde además compita y produzca), 2- los salarios se fijan coactivamente y en forma intervencionista en la defensa del salario mínimo, o del mantenimiento del salario real, lo cual genera un solo fenómeno: paro.

En la primavera de 2007 España tenía casi el mismo desempleo que Uruguay hoy, y todos miraban para el costado, esperemos que nuestros gobernantes sean más lúcidos que ZP, no teman avizorar ni llamar a la crisis por su nombre, y tomen rápidamente las medidas de política laboral que el país necesita para ser competitivo y productivo.

Básicamente tratar bien a quien emprende, con justicia, no más.

Si no es así, el Golem nos dejará agarrados del pincel. Y en mitad de la tormenta.

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