Tomás Linn
Tomás Linn

Vigencia del debate

Que el debate siga vigente”. La frase dicha por el periodista Mauricio Rabuffetti sintetizó el sentido del libro “El año En Perspectiva”, presentado en diciembre pasado por los editorialistas del conocido programa radial.

Que el debate siga vigente”. La frase dicha por el periodista Mauricio Rabuffetti sintetizó el sentido del libro “El año En Perspectiva”, presentado en diciembre pasado por los editorialistas del conocido programa radial.

Allí se reúnen las columnas que salieron al aire tres veces por semana durante todo el año, leídas por cada uno de sus autores: Emiliano Cotelo (conductor del programa), Mauricio Rabuffetti y Rafael Mandressi. Su orden es temático, no cronológico, con enfoques y opiniones sobre las noticias más relevantes de 2016. La intención es aportar a lo que entienden debe ser un saludable y vigoroso debate sobre cuestiones que conciernen a los uruguayos. “Fomentar la reflexión, sacudir preconceptos, derribar muros y quitar anteojeras”, como señala Cotelo en el prólogo del libro.

Este comentario viene a cuento porque hace un par de semanas falleció Ramón Díaz, un extraordinario contribuyente a ese debate de ideas que siempre entendió como la confrontación respetuosa y tolerante, con argumentos y no como un choque personalizado.

Ramón Díaz tuvo enorme importancia en el debate nacional respecto a la función del Estado y la libertad económica de las personas, las libertades individuales así como la libertad de pensamiento y de expresión. En un país envuelto en décadas de dirigismo rígido y estatismo duro, su voz liberal gravitó en las discusiones que surgieron tras el retorno democrático y tuvieron notoria influencia. Fue un fuerte argumentador, de ideas claras, convicciones firmes y pluma elegante que no temía la controversia ni le preocupaba quedar solo con sus posturas si creía tener razón. No pretendía agradar ni ser popular, solo buscaba provocar para hacer pensar. Y lo logró aún con aquellos lectores que no concordaron con el. En aquellos primeros años de democracia recibí una vez un inesperado comentario suyo respecto a una columna mía publicada en el desaparecido semanario “Aquí”. Dirigido a un público frentista, mi texto advertía que no bastaba tener certezas ideológicas para rebatir los puntos de vista de Ramón Díaz. Había que manejar argumentos sólidos y fundamentados si la intención era ganarle un debate. Es que Díaz planteaba una forma nueva, y ciertamente saludable, de discutir. No se centraba en la descalificación personal (muy en boga en ese época), ni en suponer que su ocasional contrincante respondía a intereses oscuros y perversos. Simplemente razonaba y argumentaba. Por lo tanto para retrucarle había que responder con la misma moneda.

Si bien hubo dirigentes frentistas y sindicales que entendieron lo que quise decir y me dieron la razón, ese mensaje no a todos cayó bien. ¿Cómo pude decir semejante cosa, para colmo desde un semanario frentista?

A los pocos días recibí una carta de Díaz en que me dio su “bienvenido al club”, el de los que opinaban con independencia de criterios. Se extendía sobre lo que significaba la soledad de escribir con cabeza propia. A el le deleitaba la posibilidad de oponer ideas diferentes con gente que no tuviera pruritos en hablar desde otras convicciones, con honestidad y fundamento.

Díaz protagonizó dos grandes debates públicos, siempre por escrito pues era más claro y vigoroso cuando escribía que cuando hablaba. Uno fue con el sacerdote jesuita Luis Pérez Aguirre. Con gran altura, clase y respeto tuvieron, desde posturas opuestas, un enriquecedor intercambio de ideas en el semanario Búsqueda.

El otro debate, publicado como libro, fue con el filósofo Pablo da Silveira, desde visiones diferentes del liberalismo. Leer cualquiera de los dos intercambios da la sensación de estar ante alguien que goza con la posibilidad de una discusión frontal, hecha con calidad.

Mucho se dijo estos días sobre su aporte, inmenso por cierto, al pensamiento liberal. Pero además hay que recordarlo por su vital entusiasmo provocador para incitar la discusión sin temor al “que dirán”; respetuoso y tolerante, pero no por eso menos firme. Los debates siempre alentaron la posibilidad de avanzar en las ideas y encontrar las mejores soluciones. Legendario fue el que protagonizó en 1858, Abraham Lincoln con Stephen Douglas sobre la abolición de la esclavitud en Estados Unidos.

La prensa uruguaya contribuyó mucho a la discusión de ideas gracias a un importante periodismo de opinión, diferente del de información, pero aún así valioso. Es conocida la trayectoria de los dos grandes semanarios, Brecha y Búsqueda (este último fundado por el propio Díaz), del diario El Observador, del interesante camino que en los últimos tiempos recorrió El País al darle más peso a las páginas de opinión, o del semanario Voces que siendo frentista abre espacio a gente de diferentes corrientes de pensamiento, justamente con el objetivo de alentar una rica y compleja discusión.

Recordar este derrotero es una manera de recordar el invalorable aporte que hizo Ramón Díaz. Es una manera de que siga siempre vigente el debate, como señaló Rabuffetti al presentar el libro mencionado. Mientras haya debate, estará garantizada la libertad.

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