Tomás Linn
Tomás Linn

Sobredosis de palabras

Ya está, ya pasó lo peor, en realidad no era tan grave, el villano pasó a ser un valiente y lo que pareció ser un tremendo drama terminó convirtiéndonos en un país maravilloso. Y por si faltaba algo, según la nueva vicepresidenta, su antecesor sigue siendo el que más sabe de genética en todo Uruguay.

Lo de Sendic nos hizo sufrir mientras no se resolvía y nos hizo creer que éramos el mejor país del mundo una vez que se salió de ese entuerto.

Es que esto de la autocomplacencia es todo un estilo, una forma de vivir.

La renuncia de Sendic era inevitable. Y no porque compró "un calzoncillo" con su tarjeta corporativa, como quiso ironizar el ex presidente José Mujica. Fue por mucho más. Una suma de hechos demostraron que era incompetente para ejercer el cargo de vicepresidente y el de presidente de haber llegado el caso.

Desde que el país tomó conciencia del enorme daño provocado a la principal empresa pública que presidió, Sendic no hizo más que hundirse en un asombroso lodazal de contradicciones y desmentidos.

Nunca pudo explicar los 800 millones de dólares esfumados en Ancap, menos aún pudo explicar lo de un título inexistente ni los gastos personales hechos con la tarjeta.

Ni siquiera hubo bullying, como tan orondo afirmó el presidente Tabaré Vázquez. Sendic se metió solito y con los ojos abiertos en cada uno de sus problemas.

Algunos periodistas solo hicieron lo que les correspondía. Sostener otra cosa es presionarlos para impedir que cumplan con su función.

Ahora que pasó, todo está bien. El vicepresidente renunció y le sacó al gobierno y al Frente Amplio, un problema que se potenciaba cada día que pasaba.

Renunció pero no pidió disculpas ni confesó haber estado mal. Lo cual confirmó su "modus operandi": actuó igual al explicar su gestión en Ancap y con lo del título. Eso sí, repartió culpas hacia todos lados, cosa que también es parte de su patrón de conducta.

Un Frente avergonzado y harto de sus cuentos, de golpe lo convirtió en un héroe al ver que renunciaba. No le cuestionó nada y dejó en absoluta soledad a un tribunal de conducta interno, el único protagonista en toda esta historia que hizo lo que correspondía, desde el principio al fin.

El presidente lo consideró un valiente y como es lógico, ahora Sendic se siente víctima y no culpable y así lo hace saber. El problema que el Frente pensó que se sacaba de encima, sigue ahí.

Luego, en lugar de curar las heridas y aprender de lo ocurrido, el Frente resolvió tomar la ofensiva para mostrarle a adherentes y militantes que todo está bien. Aún incluso cuando la Junta de Transparencia confirmó lo establecido por el tribunal frentista.

Por un lado, alimentó la idea de que era raro que la oposición no hablara en la sesión en que Sendic presentó su renuncia. Un problema que era solo del Frente, fue trasladado a la oposición. Por cierto, si la oposición hubiera hablado le habrían cargado con culpas de signo contrario. La oposición hizo lo que tenía que hacer: votó. Para lo demás, está su exhaustiva investigación en la comisión parlamentaria sobre lo de Ancap y luego la presentación de denuncias ante la Justicia, que involucran al vicepresidente renunciante y a otros. Es ahí donde se sabrá lo que importa saber y donde los partidos opositores tendrán mucho para decir.

La otra ofensiva es trasmitir esta idea de "los uruguayos somos geniales y hacemos renunciar a un presidente porque cargó a la cuenta de Ancap un calzoncillo que compró para sí". Ningún otro país, se dice, ha hecho lo mismo. Solo los uruguayos se pueden jactar de hacer tanto escándalo por cosas de tan poco monta.

Es la autocomplacencia desplegada a los cuatro vientos.

Sin embargo, hay democracias en el mundo donde los gobernantes caen por asuntos menos graves. Y además caen por eso y por nada más. Que no es el caso de Sendic. La tarjeta fue el desencadenante y la causa formal que determinó su renuncia. Pero todo el país sabe que además está el impresionante despilfarro en Ancap. La exhaustiva investigación parlamentaria da cuenta de ello, y un excelente libro de dos periodistas profundiza sobre lo ocurrido allí.

Por lo tanto la autocomplacencia sobra. Hubo un problema, es serio y solo se resolvió de modo parcial. Queda ahora por ver que sucederá en los tribunales cuando avance lo de Ancap.

Tampoco invita a la autocomplacencia la actitud del presidente acusando a nadie en particular de "bullying", cuando es evidente que si algo hubo fue, en todo caso, un "autobullying".

Y menos invita a la autocomplacencia las numerosas declaraciones del expresidente. La manera en que intentó subestimar el tema, tomarlo en forma liviana y burlona, muestran su desprecio a las reglas de juego.

Ahora, dos jerarcas del Partido Nacional aparecen involucrados en situaciones graves, que si bien no del todo equiparables a lo de Sendic, igual son inaceptables. El primer reflejo evidenciado por Jorge Larrañaga, no fue el mejor. Habrá que ver si el resto de su partido responde con mejor altura. Y terminar así con tanta complacencia.

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