Tomás Linn
Tomás Linn

Los que paran y pierden

Un paro hecho contra los que hacen el paro: así podría definirse la jornada del jueves pasado en que el Pit-Cnt realizó el primer paro general del año, con reclamos referidos a la Rendición de Cuentas que afecta a los trabajadores del Estado.

Un paro hecho contra los que hacen el paro: así podría definirse la jornada del jueves pasado en que el Pit-Cnt realizó el primer paro general del año, con reclamos referidos a la Rendición de Cuentas que afecta a los trabajadores del Estado.

Es su causa la que explica mi presunción de que por lo menos la mitad de los que hicieron paro lo hicieron contra sí mismos. Una vez más la central sindical demuestra que sus verdaderos intereses son exclusivamente los de los funcionarios públicos, no los de los demás asalariados del país.

Los reclamos que hace el Pit-Cnt vienen disfrazados de una retórica que hace pensar que esas mejoras harán más eficaz el servicio prestado por dichos organismos. En realidad solo quieren ganar más. Es todo lo que les importa. Lo cual podrá ser legítimo, pero no quiere decir que beneficia a los demás trabajadores sindicalizados; más bien los perjudican y por tanto no deberían contar con su apoyo.

Que ganen más implicaría agrandar el déficit fiscal. Para taparlo, habría que recurrir a un mayor endeudamiento o a más impuestos. O a ambas. Cualquiera de las dos alternativas serían pagadas por todo el país y por los trabajadores del sector privado que no forman parte de lo que se pide en este paro general.

La consecuencia directa de atender estos reclamos, serán nuevas recargas para los uruguayos. Ya la Rendición de Cuentas, tal cual fue entregada, aplica subas tributarias e impuestos a nuevos rubros. La consigna del gobierno parece parafrasear aquel pensamiento de Martín Fierro: “todo bicho que camina va a parar a la DGI”.

El presupuesto entero del Estado está basado en la idea de que nada alcanza.

Cada noche, en los noticieros se escucha a diferentes protagonistas decir que no hay plata suficiente para aplicar el nuevo código procesal, que los recursos son insuficientes para mejorar servicios, que se necesita más para la educación, que no hay dinero para ejercer controles, que es imposible patrullar las aguas territoriales, que el nuevo sistema de salud necesita un refuerzo extra, que el sistema jubilatorio también, que no hay dinero para terminar con el hacinamiento carcelario, que se necesita mucho más para poner las rutas a nuevo y a todo ello se suma el prolongado déficit de Ancap que debió ser cubierto con una inversión que será solventada con más impuestos y el alto costo de los combustibles.

Cuanto más tributos pagan los uruguayos, menores son sus ingresos y su capacidad de consumo. Ese dinero va a un Estado que se lo devora sin devolver mejores servicios.

Los sindicatos de empleados públicos entienden que merecen ganar más. Quizás tengan razón. Pero lo que suponen un legítimo interés de su parte, afecta los intereses, también legítimos, de otros. En particular los de los trabajadores privados.

El Estado no es un barril sin fondo. No hay más dinero para dar. La única otra forma de obtener dinero para esos sueldos es quitándoselo a terceros. Y estos ya están sofocados.

La historia reciente del movimiento sindical le dio una aureola que intimida a quienes quieren cuestionarlo. La gesta del PIT, con sus jóvenes líderes a la salida de la dictadura (hace ya más de 30 años) permitió que cada acción tomada fuera considerada irreprochable.

Ya no es así. La fortaleza adquirida por los empleados públicos sindicalizados ensombreció a los otros gremios. Nadie se anima a decirlo, pero lo cierto es que sus luchas y sus intereses son muy diferentes.

Por más radical que parezca el conflicto con empleados estatales, estos arriesgan poco. Por lo general (aunque la tendencia empieza a revertirse), siguen cobrando su sueldo pese a que no concurren a trabajar. Un paro nunca afectará la continuidad de esa dependencia estatal ni la seguridad del empleo. La inamovilidad sigue siendo sagrada en este país.

Los sindicalistas del sector privado, en cambio, están contenidos por la dura realidad. Si piden más de la cuenta pondrán a la empresa en una situación complicada que llevaría al cierre o a la reducción de puestos de trabajo. Cada paro que hacen es descontado de su ingreso.

Ese realismo impide que se radicalicen. Basta ver lo sucedido en Tienda Inglesa. Dada una situación complicada en la empresa, se recortaron prerrogativas obtenidas por sus trabajadores. El sindicato tomó medidas para negociar mejor, pero también debió ceder. No perdió todo lo que tenía pero tampoco retuvo todo. La realidad obligó a una negociación sabiendo que los buenos tiempos se terminaban. Eso es hacer sindicalismo cuando la realidad es compleja. Exige saber detenerse justo antes de llegar al punto en que se cree ganar pero se está perdiendo.

Por eso sorprende que el sindicalismo entienda que el paro del jueves era para bien de todos. No lo era y no reconocer que los intereses son diferentes, hace que siempre pierda el sector más débil.

No es sensato que ante medidas como las de un paro general, vayan todos unidos y contentos a ver qué tajada saca una parte, mientras la otra va directo al degolladero. Por algo se impuso la expresión “los nabos de siempre”.

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