Tomás Linn
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El país espera

Lo que el presidente hizo fue pedirle a Sendic que renuncie, que se vaya. Diga lo que se diga, esa fue su clara intención. Por esa razón, el país entero supuso que ello ocurriría esa misma tarde, tal vez en la noche, o a la mañana siguiente.

Lo que el presidente hizo fue pedirle a Sendic que renuncie, que se vaya. Diga lo que se diga, esa fue su clara intención. Por esa razón, el país entero supuso que ello ocurriría esa misma tarde, tal vez en la noche, o a la mañana siguiente.

Las horas pasaron y Raúl Sendic sigue siendo el vicepresidente de la República y por ahora sin intención de irse. Al menos hasta el momento en que esta columna fue entregada.

“Creo que cuando se presenta una renuncia se presenta una renuncia”. Con esas palabras el presidente Tabaré Vázquez habló del caso Sendic en una rueda de prensa. El estilo presidencial es bien conocido: elude a los periodistas toda vez que puede, pero cuando necesita decir algo de modo deliberado los busca y se expresa con frases que parecen enigmáticas pero no lo son.

Los distintos sectores del Frente fueron dando su parecer: los socialistas, la Vertiente Artiguista, el Partido Demócrata Cristiano, el intendente de Canelones. Todos en la misma dirección. No es ético usar una tarjeta corporativa para comprarse un colchón, joyas, ropa. El sector de Sendic, la lista 711, guardó un intrigante silencio hasta que al final le dio su apoyo.

El que no entiende esto es el propio vicepresidente. Lo que es obvio para todo el país no lo es para él y en lugar de renunciar, suspendió una licencia que había pedido y se volvió a su lugar de trabajo.

Tampoco queda claro si Sendic no entiende, así como no pareció entender cuál era el problema de las tarjetas, el del grado universitario que no tiene, el de su calamitosa gestión en Ancap. ¿O será que sí lo entiende, incluso más que el resto de los uruguayos?

Los países vecinos miran con curiosidad a Uruguay. Ven a un país que sospechosamente no se juega frente a la dictadura venezolana, pero sí es estricto con sus propias reglas.

En Argentina, quien fue vicepresidente en el período anterior está acusado de gigantescos negociados. Nunca renunció. A un ex ministro y actual senador, procesado por la Justicia, no lograron quitarle sus fueros. Eso contrasta con un Uruguay que pretende hacer caer a un vicepresidente porque usó una tarjeta empresarial para comprarse… ¡un colchón! El caso sería similar al del primer ministro escandinavo que renunció por usar una tarjeta de ese tipo para comprarse unos chocolates de marca.

Tal vez sea el colchón lo que haga caer a Sendic. Dado el procedimiento formal elegido, esa terminará siendo la causa. Todo indica, además, que el Frente Amplio hubiera preferido no llegar a eso. De hecho, no hizo gran escándalo por su incompetente (por decir lo menos) manejo de Ancap y casi no se perturbó cuando mintió respecto a su licenciatura. Es más, la senadora Lucía Topolansky aseguró haber visto el título que luego, a las cansadas, Sendic reconoció nunca haber tenido. Pero las papas queman y que continúe en la vicepresidencia puede significarle un costo político al Frente, ante la indignación generalizada de la población, indignación que atraviesa todas las fronteras partidarias.

Pero el tema de fondo no es el colchón ni es el inexistente título, si bien ambos muestran un “modus operandi” inescrupuloso, indignante e inaceptable. El tema de fondo es que Sendic hizo desaparecer 800 millones de dólares de la empresa pública que presidió durante un lustro. En otras palabras: fundió a Ancap. El gobierno debió rescatar la empresa con una inversión monstruosa que los uruguayos pagarán con combustibles caros por los siglos de los siglos.

Y nadie sabe, en realidad, a dónde fue a dar ese dinero. Se esfumó.

Alguien que nunca pudo dar una explicación clara de qué pasó en Ancap, que nunca asumió su genuina responsabilidad en ese gigantesco despilfarro y que concentró su defensa en trasladar la culpa a otros, incluidos ministros del anterior gobierno y hasta las estaciones de servicio, no está en condiciones de gobernar el país, llegado el caso.

Luego vino lo demás. Nadie exige que el vicepresidente tenga un grado universitario, pero él quiso tener el suyo. Cuando se descubrió que no era cierto, volvió a dar múltiples y dispares explicaciones, a confirmar y desmentirse a sí mismo una y otra vez. La catástrofe llegó cuando intentó decir que los gastos de la tarjeta eran para comprarse ropa por haberse perdido sus valijas en un aeropuerto. ¿Llevaba en su maleta un colchón que era imprescindible reponer, joyas, ropa comprada en Montevideo cuando estaba varado en el exterior sin su equipaje? Para aclararlo, otra vez volvió a culpar a terceros, en especial a la prensa.

El presidente, al principio, compró ese verso y pidió que no lo hicieran “bullying”. Nadie le hacía “bullying”. Él solito se autoinfligía su propio daño.

El daño que Sendic le hizo al país, a la gente que confiaba en él, a su sector político y a sí mismo, muestra un asombroso y deplorable patrón de conducta.

Por eso el país entero ha pasado estos días esperando una renuncia que Sendic sigue siendo renuente en presentar. Se resiste, es verdad, pero al final será solo cuestión de tiempo.

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