Tomás Linn
Tomás Linn

No tienen otra opción

Sanguinetti sostiene que los blancos, solos, no pueden ganar la próxima elección. El expresidente tiene razón. La pregunta entonces es, ¿con ayuda de quién podrá hacerlo si hay una segunda vuelta?

Sanguinetti sostiene que los blancos, solos, no pueden ganar la próxima elección. El expresidente tiene razón. La pregunta entonces es, ¿con ayuda de quién podrá hacerlo si hay una segunda vuelta?

Nada asegura que sus posibles compañeros para de balotaje sean suficientes y fuertes como para lograr lo que el electorado opositor busca desde hace tiempo: vencer al Frente.

Ese es el dilema que enfrentan los otros partidos a medida que transcurre este año bisagra, el más complicado del gobierno y que por lo tanto genera ilusiones opositoras. En las dos gestiones anteriores, ese mismo año fue igual de difícil e iguales las esperanzas opositoras. Sin embargo, al final no pasó nada.

El desgaste del FA tras tres períodos de gobierno es enorme. Hubo un irregular manejo de las empresas públicas y un alarmante despilfarro de dineros públicos. En ese contexto, hay quienes ya imaginan un país gobernado en 2020 por un gobierno de coalición presidido por los blancos. Pero tanta certeza parece apresurada.

Es verdad que el país vive un clima peculiar. Los frentistas están desilusionados. El escandaloso manejo de Pluna, de Ancap, los episodios en ASSE, y lo que se dio en llamar “la fiesta de las empresas públicas” generó un marcado desencanto en votantes frentistas. Es difícil medir la magnitud de ese sentimiento, pero es fácil percibirlo en las redes sociales.

También hay frustración en los simpatizantes colorados que ven que su partido no logra reponerse de una crisis profunda y prolongada. La renuncia de Bordaberry a ser candidato desnudó una peculiar realidad: ejercía un liderazgo cuestionado, pero por otro lado era el único líder definido. Las preguntas entonces giran en torno a cuánto tiempo le tomará al partido reponerse y con qué perfil.

Mientras eso no ocurre hay enojo, desazón y tal vez desbande.

De estos dos grupos de desencantados surge un mensaje desconcertante. No ven a sus respectivos partidos como futuro gobierno y en su fastidio tampoco consideran que el resto de la oposición esté en condiciones de responder al desafío. No quieren que el gobierno gane, pero no confían en la alternativa. Que haya gente enojada con sus partidos no quiere decir que se deba generalizar esa frustración hacia los demás sectores opositores. Pero sucede. Por lo tanto, ayudarán a que al final, el Frente Amplio logre su cuarto período consecutivo.

Sin embargo, dentro de la oposición hay quien trabaja para ofrecer una alternativa viable. Podrá no gustar a todos, pero existe. Desde la elección pasada el Partido Nacional se muestra pronto para llegar al gobierno y cuenta con un líder claro y presidenciable. Esto es un hecho. Es posible que el estilo de Luis Lacalle Pou desconcierte a las generaciones mayores, pero genera expectativa entre sectores más jóvenes. Las dos alas del partido conviven sin mayores conflictos, más allá de que una de ellas está pasando por un revisión crítica de sus liderazgos en un proceso tal vez necesario pero problemático.

Su candidato presentó un proyecto de gobierno en las elecciones pasadas y año a año plantea medidas para cada momento concreto que vive el país. Es decir, sigue de cerca lo que el gobierno hace y propone sus alternativas.

No todo el mundo está de acuerdo con ellas ni necesariamente son las mejores. Pero lo cierto es que los blancos están atentos a la realidad, la siguen de cerca y muestran qué hubieran hecho en caso de haber sido gobierno.

Tienen sí un problema. Si bien son el segundo partido en importancia, están lejos del Frente y no logran superar un apoyo que ronda un poco por encima del 30 por ciento.

Por eso Sanguinetti dice que solos no pueden ganarle al Frente.

¿Con el apoyo de quién pueden lograr ese triunfo en caso de ir a la segunda vuelta? Quizás el Partido Independiente sea un buen socio. Pero su aporte sería insuficiente. No alcanza con ello. De los colorados, por ahora poco puede esperarse. En lo inmediato no remontarán su actual crisis. Además, en su agresiva necesidad de reafirmar su identidad y marcar diferencias, confrontan con los blancos. Quizás eso ayude en la búsqueda de una salida propia, pero servirá de poco a la hora de hacer alianzas. De Novick aún no se sabe qué esperar. Su perfil es incierto, lo que hace difícil pronosticar cuán confiable será como eventual aliado.

En este contexto, resultará complicado armar una alianza sólida y funcional, si el objetivo es terminar con el actual ciclo frentista. Por lo tanto, dado como están barajadas las cartas, los blancos están obligados a ser el socio fuerte y para ello necesitan superar por mucho su actual barrera del 30 y poco por ciento. No tienen otra salida.

Eso obliga a diseñar una estrategia electoral abierta, entusiasta y capaz de convencer a un sector disperso, diverso y marcado por sus razonables frustraciones.

Son los blancos quienes deben atraer a los descontentos. Y en la primera vuelta. No tienen otra opción. De lo contrario, seguirá habiendo una oposición enojada con gobiernos frentistas empecinados en seguir en su franco desgaste.

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