Tomás Linn
Tomás Linn

Montevideo, ciudad hostil

Montevideo no cambia. Sigue siendo una ciudad sucia, fea, malquerida y hostil y lo será por mucho tiempo más. Los enojados de turno ahora son los cientos de personas que viven cerca de boliches ruidosos que funcionan toda la noche. Protestan, reclaman, tienen razón, pero nadie les resuelve el problema.

Montevideo no cambia. Sigue siendo una ciudad sucia, fea, malquerida y hostil y lo será por mucho tiempo más. Los enojados de turno ahora son los cientos de personas que viven cerca de boliches ruidosos que funcionan toda la noche. Protestan, reclaman, tienen razón, pero nadie les resuelve el problema.

Hay otros enojados: están los que viven cerca de un contenedor (que es como vivir cerca de un basural endémico), o aquellos cuyas casas dan frente a calles en obras largamente inconclusas.

Son demasiadas las decisiones perniciosas que toma la Intendencia Municipal de Montevideo y que afectan a quienes viven en la capital y pagan impuestos por hacerlo.

Los habitantes de Palermo y Parque Rodó están rodeados de bares y boliches que despliegan su actividad toda la noche y convierte sus vidas en una pesadilla.

Los vecinos de la calle Cufré están sumergidos en una gigantesca obra de saneamiento desde hace años, sin miras a que sea terminada en un plazo razonable. No son meros trabajos para retocar partes del pavimento y que generan incomodidades menores; se trata de un profundo zanjón de vereda a vereda que hace imposible llevar una vida que tenga un atisbo de normalidad, tanto para quienes viven como para los que tienen comercio allí.

Respecto a los contenedores basta hacer una simple operación aritmética. Por un lado están los que tienen uno ubicado frente a sus puertas o ventanas. Por otro, los que viven en la acera de enfrente. La suma indica que cada contenedor (suele haber dos por cuadra) afecta a no menos de media doce- na de hogares. El número aumenta si en lugar de casas hay edificios de apartamentos. Habría que multiplicar eso por la cantidad de contenedores distribuidos en todo Montevideo.

Son un foco de riesgo sanitario y generan un basural endémico. Pero nada se hace para liberar a los afectados de su tribulación. Ni siquiera se les libera del pago de impuestos, lo que sería lógico dado el deliberado castigo cotidiano que sufren.

Nadie se inmuta en el inmenso palacio municipal, ni en los CCZ y ni siquiera el desconocido alcalde del correspondiente barrio.

Los reclamos de los vecinos de los boliches, que viven acosados por una impresionante batahola que dura hasta el amanecer, reciben respuestas tibias y promesas difusas. Les urge que el experto municipal en medir decibeles llegue en el peor momento y no horas después, cuando todo ya terminó. Para ellos, esa medición técnica es la prueba irrefutable de que tienen razón.

La anormalidad en que viven, ¿no es evidente en sí misma? ¿Es necesario recurrir a tales mediciones?

Por cierto, la clientela de esos locales tiene derecho a pasar un buen momento. El dueño lo tiene a vivir de su negocio. Pero no al extremo de pasar por encima de derechos aún más obvios.

La solución no pasa por acondicionar acústicamente el interior de esos locales. Buena parte de la clientela conversa y bebe afuera, en la calle. Sucede porque así lo disponen las medidas contra el tabaquismo, y también por el simple hecho de que ya no hay lugar en el interior.

En cada entrada y cada esquina hay verdaderos racimos humanos, con gente que conversa a voz en cuello, que pasa a los bocinazos con total prescindencia de que en ese mismo lugar viven personas que necesitan descansar porque trabajan al día siguiente. Gente común, gente enferma, menores.

“Qué se vayan, qué se muden a otro barrio”, dicen los habitués respecto a los vecinos gruñones. Mudarse no es tan sencillo. Las viviendas perdieron valor justamente por esa razón. Merman los compradores pues nadie está dispuesto a vivir en esas condiciones.

Esto no es nuevo. Recuerdo el caso de un amigo interesado en comprar una casa en un determinado barrio. Mientras la revisaba, se asomó a una ventana y desde ella vio a media cuadra el techo de un enorme galpón. Le dijeron que era la sede de un conocido club donde todos los febreros había un tablado carnavalero. No compró la casa.

Protestar por ruidos molestos en barrios donde hay boliches o tablados es mal visto, es propio de un aguafiesta.

En otras ciudades del mundo las soluciones son sencillas. O bien esos locales funcionan en las afueras, donde no reside nadie, o bien se aplican estrictas restricciones horarias. A medianoche esos locales cierran. Y la norma se cumple a rajatabla.

Los vecinos de Palermo y Parque Rodó no aceptan una medida así porque están convencidos que nadie controlará su cumplimiento. Perdieron la confianza. Por lo tanto, piden que se vayan bien lejos.

La incapacidad de escuchar y atender tales reclamos y este disfuncionamiento que afecta a la ciudad, convirtió a Montevideo en un lugar hostil. La gente no es amable, interactúa con agresividad e insultos, en un entorno degradado donde el espacio no se respeta y campea el deterioro y el mal gusto.

Los que protestan por estos ruidos tienen derecho a que su problema se resuelva. Los que viven rodeado de contenedores mugrientos, también. Pagan impuestos. Por lo tanto solo esperan soluciones eficientes y de puro sentido común.

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