Tomás Linn
Tomás Linn

Enojos con matices

El ministro Astori está contento. Así lo siente el buen vecino mientras carga nafta en su auto y la paga. Pero el ministro igual derrocha satisfacción porque en 2016 Ancap cerró con 15 millones de dólares a favor. Las cosas van bien.

El ministro Astori está contento. Así lo siente el buen vecino mientras carga nafta en su auto y la paga. Pero el ministro igual derrocha satisfacción porque en 2016 Ancap cerró con 15 millones de dólares a favor. Las cosas van bien.

Claro, el déficit acumulado desde 2011 es de 800 millones de dólares, por lo que ese pequeño superávit del año pasado apenas le hace cosquillas a la realidad. El agujero sigue siendo enorme. Se dirá que al menos cambia la tendencia. Pero durante muchos años los uruguayos deberán continuar tapándolo con una nafta mucho más cara, con todo el pernicioso efecto que ello tiene sobre la producción, el comercio y la actividad económica del país.

Los uruguayos ya se enojaron. Al menos lo hicieron un poco y ahora, resignados, lo del ministro los fastidia pero lo dejan pasar.

Días pasados el Fondes pidió que Alas U declarara la quiebra. Y se ilusiona con la posibilidad de recobrar parte del dinero que volcó a una empresa condenada desde antes de hacer su primer vuelo. ¿Es que todavía no dio quiebra Alas-U? ¿Hay aún gente haciendo tareas para esa empresa fantasma y por lo tanto cobrando algún ingreso?

Los uruguayos, como era de esperar, se enojaron con todo el vergonzoso embrollo que fue, y sigue siendo, Pluna y Alas-U. Entienden que no debió haber ocurrido y que las cosas se manejaron mal. Pero el tema se fue diluyendo. Lo que nadie sabe es si eso que, según el Fondes, aún no quebró, sigue drenando dinero en algún lado.

El escándalo en torno al cambio de Punta del Este se va atenuando por el solo paso del tiempo. Perjudicó a mucha gente que tomó riesgos a sabiendas. Incluso a gente que tenía claro que operaba en algún limbo financiero y por eso ni siquiera salió a denunciar o reclamar. Algunos piensan que pudo haber ayudado en forma indebida a la pasada campaña electoral del Partido Colorado. Un legislador frentista pidió hacer una comisión investigadora para averiguarlo, y el senador colorado Pedro Bordaberry aceptó y subió la apuesta. Investiguemos, dijo, y ya que estamos revisemos otros casos. Presentó una lista de situaciones similares que afectarían a un partido que no es el suyo.

Como resultado, tanto interés por hurgar se diluyó. Los uruguayos se ríen, les hace gracia como a unos les salió mal la jugarreta pero no le dan tanta importancia al tema.

La complacencia (así se llama esa actitud ambigua, indiferente, casi amoral) está instalada. No en todos lados, es verdad, ya que hay gente genuinamente indignada. Pero no es suficiente como para corroborar que hay un clima instalado de condena.

Es un enojo que tiene matices. Sí, es verdad que hubo derroches gigantescos, pero muchos entienden que fue por torpeza, por mal manejo, por burros. Cuando lo hacen otros partidos es corrupción, cuando lo hacen los amigos es apenas desprolijidad, condenable pero quizás no tan grave.

El vicepresidente de la República, que antes de su actual función estuvo al frente de Ancap en los tiempos de las pérdidas más exorbitantes, nunca pudo dar una explicación coherente de cómo se dilapidó tanto dinero. Cada vez que se le preguntaba ofrecía justificaciones diferentes, desconectadas unas de otras, lo que generó desconcierto en la gente que no lograba entenderlo.

Hasta que salió lo de su grado universitario. Y ahí, con un ejemplo sencillo, gráfico, casi elemental, el país terminó de comprender una cosa: pese a la enorme responsabilidad que se le dio como presidente de Ancap y luego al ser elegido vicepresidente, se trata de alguien que no tiene idea de lo que hace, dice o piensa. O por el contrario, es demasiado astuto para los uruguayos.

Está pagando un precio, es verdad. Si aspiraba a crecer en su carrera política, ya no será posible. Pero la condena social es suave y lo más que puede esperarse en el futuro es un moderado ostracismo que no ayudará a encontrar los 800 millones de dólares perdidos.

La casi anestesiada irritación popular no alcanza para enderazar estos problemas. En definitiva tolera que sus dirigentes políticos, responsables de estas situaciones, tranquen comisiones investigadoras, den información evasiva y enfríen el juego.

Quedan otros caminos para saber lo que se hizo con tanto dinero ajeno, cuando surgen este tipo de trabas. Siempre, al final del camino, está la Justicia. De hecho ya hay algunas causas planteadas ante los tribunales.

Pero primero hay que saber bien qué pasó. Y para eso es necesario iniciar investigaciones de fondo, con profesionalismo, sin sesgos interesados, por fuera de los partidos, con criterios de rigor, independencia y credibilidad que vayan exponiendo la información sobre la mesa.

Es al periodismo a quien le toca hurgar con tenacidad en estos temas.

Es verdad que lo que el periodismo encuentra no siempre sirve para procesar ni dictar sentencias. No es esa su tarea: a otros corresponde tal función. Pero sí informar, sí contar lo que está pasando y para ello usar los instrumentos que dispone hasta donde sea posible.

Solo de esa forma se romperá de una vez con tanta complacencia.

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