Tomás Linn
Tomás Linn

Se debió investigar

Se debió haber hecho la investigación. Sin embargo la negativa del Frente Amplio a formar una comisión que hurgara sobre las llamadas “tupabandas” impidió confirmar o desmentir las sospechas y acusaciones que sacudieron a Uruguay en las últimas semanas. Y eso es lamentable porque el país necesita despejar con urgencia las dudas surgidas de denuncias tan graves.

Se debió haber hecho la investigación. Sin embargo la negativa del Frente Amplio a formar una comisión que hurgara sobre las llamadas “tupabandas” impidió confirmar o desmentir las sospechas y acusaciones que sacudieron a Uruguay en las últimas semanas. Y eso es lamentable porque el país necesita despejar con urgencia las dudas surgidas de denuncias tan graves.

Se habla de hechos que pretenden involucrar a un expresidente y a un exministro de Defensa. Las respuestas ante esas denuncias no fueron todo lo convincentes que se esperaba. Por eso mismo, la investigadora parlamentaria hubiera ayudado a aclarar el punto.

Es probable que en caso de comprobarse alguna culpabilidad, los supuestos delitos hayan prescrito. La fiscal a quien se le pidió estudiara el tema, primero le quitó importancia y ahora quiere ahondarlo. Pero más allá de lo judicial, una comisión investigadora del Senado hubiera ayudado a aclarar la polémica desde el punto de vista político.

No se trata de investigar cosas ocurridas ni antes ni durante la dictadura, sino hechos sucedidos en democracia y cuando los integrantes de la guerrilla gozaban de los beneficios de una amnistía amplia, si bien no total. Por eso impactan. Era un momento en que la gran pregunta era si los tupamaros terminarían integrándose a la vida democrática o seguirían actuando desde afuera.

Mucho se estudió sobre la dictadura y aún queda más por descubrir. Sin embargo, no es tanto lo que se revisó sobre la actuación guerrillera. Hay libros publicados por ellos mismos o de gente allegada y son, por lo tanto, versiones apologéticas que buscan afianzar el mito tupamaro. Recién en los últimos tiempos se publicaron investigaciones con más rigor que cuestionan tanto al mito como a algunos de sus emblemáticos líderes. Allí están trabajos como los de Alfonso Lessa, Leonardo Haberkorn y Pablo Brum.

Fue en ancas de esa leyenda hábilmente construida por los propios tupamaros desde su liberación en 1985, que consolidaron a su grupo como el más fuerte del Frente Amplio y accedieron a puestos claves del gobierno: un ministro del Interior, otro de Defensa y un presidente de la República.

Por lo tanto, cuando surgen planteos tan explícitos en el libro de María Urruzola (y ya presentes en uno de Federico Leicht sobre Zabalza y otro anterior de Adolfo Garcé) es natural que la población y los partidos opositores quieran saber qué pasó, más allá de si lo que encuentran da o no lugar a posteriores juicios. Es necesario y saludable saberlo.

Los afectados fueron rápidos para desmentir al libro de Urruzola. O a dar la apariencia de que desmentían pues en realidad subestimaron a la autora, descalificaron el texto, razonaron por la vía del absurdo, pero nunca ofrecieron un desmentido tajante, contundente y definitivo.

La gente se dio cuenta de ello y eso aumentó su deseo de conocer más.

Es que los hechos afectaban ni más ni menos que a un popular presidente como lo fue Mujica y a su ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro.

La popularidad de Mujica se apoya en una imagen que él mismo construyó y trasmitió al país y al mundo. Nada tiene que ver con la información revelada en el libro ni tampoco con su pésima presidencia, inconducente e ineficiente. Pero dado que Mujica se encargó de consolidar un mito en torno a sí mismo, es lógico que haya gente que quiera saber sobre qué se sustenta y exija una investigación.

Ante lo que entendió como una embestida, Mujica respondió días atrás con un impactante discurso en el Senado. Pero no se dirigió a la pregunta central. Tan solo relató cómo financió la compra de su chacra y los medios de su grupo. Sin embargo, lo aclarado no explica lo demás y más porque llegó a reconocer que esas “tupabandas” existían: “es muy probable que tres o cuatro militantes fuera de nuestra disciplina hubieran emprendido otro camino. No sabemos si por otro proyecto político o una desviación de carácter bandidista”. Admitió que alguna idea tenían de lo que sucedía: “teníamos indicios de desconfianza, pero nada más”, dijo.

Es sobre esos mismos “indicios” que los partidos opositores querían investigar. Si Mujica y otros a quienes se los involucra con esas bandas tenían más que simples indicios, que se sepa. Si no, que se sepa también.

Una enorme y desagradable sospecha se instaló en el país. La única manera de despejarla es con una investigación. Pudo haber sido parlamentaria pero los frentistas no quisieron. Tal vez al final tampoco sea judicial. Tendrá que ser entonces periodística. Pero importa saber qué ocurrió para eliminar dudas, terminar con las leyendas y en el mejor de los casos, establecer que quienes parecen involucrados no lo están.

Quizás no se descubra nada y todo este ruido termine en la nada. Para ello no era necesario ir a un duelo, como pareció reclamar el expresidente: hubiera bastado instalar la frustrada comisión. Pero los afectados no lo quisieron así.

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